Una hogaza redonda

María Teresa Rearte

Los evangelios dicen que Jesús tomó pan para darlo como alimento a los suyos. E hizo otro tanto con el vino, para ofrecerlo como bebida. (Cfr. Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-24; Lc. 22, 17-10).

Ambos, pan y vino, adquieren particular elocuencia en nuestro tiempo, por causa de la pobreza y el hambre. Sin hacer lecturas idealistas, la pobreza es una realidad compleja y polifacética, en la que se configura “la destructiva gravedad de los pecados que claman al cielo” (NMA 36).

La pluriforme realidad de la pobreza no es sólo un tema para la reflexión sociológica, política, económica o religiosa. Sino también para la concreta existencia creyente, porque en quienes la padecen se patentizan para los demás miembros de la sociedad las mínimas exigencias del sentido de humanidad. Y para quien cree las obligaciones que derivan de la fe en Cristo. En ellos, se manifiesta el clamor del Espíritu, que llama a compartir el pan y los bienes de la tierra.

Los evangelistas subrayan que Jesús partió el pan. Para que todos puedan comer es necesario la partición de la gran hogaza redonda y santa, que es la Eucaristía. “Esto es mi Cuerpo, que por vosotros es entregado... Ésta es la Copa de mi Sangre, derramada por vosotros...”. La lectura confesante de estas palabras, que reconoce un vínculo de fe con la Escritura, nos deja ver que en esta frase fundacional Jesús se ha hecho Don.

La liturgia no es una celebración abstracta. Sino que expresa, con signos y palabras, realidades que tienen que ver con la vida y la historia humana. Por lo que el sacrificio de la misa no pierde su carácter sagrado si lo vinculamos con situaciones que, cotidianamente, están en el camino de cada persona.

En aquellos que nos son cercanos en nuestra Patria, cuyas aflicciones nos duelen. Y donde el amor y la responsabilidad social no se consideran realizados por alguna tibia oración, distraídamente rezada al final de la misa. El sacrificio de la misa es más que un ritual que tenemos que cumplir, o una obligación que semanalmente observamos. Es menester descubrir todo el sentido de la Encarnación del Hijo. Su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección. Y comprender que el misterio de Cristo recorre la historia y se constituye en centro y vértice. Que otorga un sentido a nuestra marcha.

La adoración de Dios se da en la contemplación silenciosa. Pero también en la búsqueda de un orden dinámico. Del sentido de las cosas tal como han sido creadas por Dios. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, / la obra de sus manos anuncia el firmamento; / el día al día comunica su mensaje / y la noche a la noche transmite la noticia” (Sal. 19, 2-3). No son las palabras que forman parte del griterío y la confusión general, ni el desorden que observamos a nuestro alrededor, sino el orden armónico y justo, lo que canta la gloria de Dios.

El orden injusto, el mal que incluso observamos en las instituciones, no es ni puede ser un canto a la gloria de Dios. La armonía, la unidad, la salvación, la paz, que proclamamos, los gestos litúrgicos, se vacían de contenido si esos bienes y dones que Dios otorga y son también el fruto de nuestra tarea, no son buscados y realizados con empeño. Si la liturgia y todo el ceremonial y ornato se constituyen como una disciplina apartada de los rigores y esperanzas humanas. O en una expresión estética, agradable e incluso sentimental; pero que no pasa de ser una simbología vaciada de contenido y sentido con relación a la vida. Lo cual, de algún modo, configura un drama para quien cree. Por eso, desventurados, los satisfechos y conformistas, que ya no tienen hambre de verdad, justicia, amor...

Es necesario desentrañar la naturaleza y el valor de los signos sagrados, en medio de las complejas realidades del presente, que incluye la escandalosa situación de los pobres, tanto como las consiguientes responsabilidades sociales, que cada uno debería examinar. “Yo recibí del Señor lo que os he transmitido”, dice San Pablo (...). “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por lo tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, reo será de Cuerpo y de la Sangre del Señor” (1 Cor. 11, 23 y 26-27).

¿Cómo entender -pregunto- la Eucaristía fuera de ese contexto social, en el que se verifica nuestra relación con Dios y con el prójimo? ¿Cómo hacerlo -insisto- fuera de la historia? Creo que hay un tiempo para el amor, que no se agota en el tiempo histórico, porque el amor perdurará. Y es el que mueve las transformaciones sociales. Los proyectos de amor colectivo. Pero también hay que decir que el amor está en la raíz de nuestras decisiones. Mueve al arrepentimiento. Y esto merece una particular reflexión, sobre todo si de verdad queremos un cambio social.

Es el amor el que nos da aliento en esta marcha en la que se mezclan la verdad con la mentira, lo sublime con lo vil. Logros y pérdidas. Incluso voluntarias renuncias para no traicionarse a sí mismo y las propias convicciones. Entonces es posible escuchar, como dirigidas a nosotros las mismas palabras que oyó el profeta Elías: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti” (1 Rey. 19, 7).

Una hogaza redonda

“La última cena” (1595), de Pablo de Céspedes.