Al margen de la crónica
¿Yo señor? No, señor
Al margen de la crónica
¿Yo señor? No, señor
¡Qué lindas son algunas frases! “Por una Argentina más justa”, “Para que todos tengan acceso a salud, educación y trabajo”, “Para repartir mejor la riqueza”, son innumerables los “buenos deseos” proselitistas. Porque ¿qué son si no eso?, nada más que juegos de palabras.
Particularmente desde el comienzo del año, desde que la locura ambiciosa nos arrojó a una de las más despiadadas como vacías campañas de las que registre la memoria, esas frases, huecas, mediáticas, tentadoras, aguijonean los oídos, aun de los de que hacen un esfuerzo para no escuchar.
Anhelos mentirosos, pretensiones vacuas que una gran parte de los gerentes de nuestro destino no ahorran cuando quieren ganar un sillón cómodo y viáticos importantes.
Si no es culpa de la liviandad con la que se dicen algunas cosas, ¿por qué en una escuela ubicada en un rincón lejano de la mano de Dios, los chicos dan clases a oscuras y muertos de frío? El del Centro Educativo Radial 511 del paraje El Bonete -localidad La Gallareta, departamento Vera- es apenas un caso testigo de los muchos que se desparraman a lo largo y ancho del país y que tiran a la desesperanza, sueños, ilusiones y porvenires de miles de chicos que también son dueños de derechos humanos.
¿Por qué los maestros deben golpear puertas durante años mendigando lo que deberían tener sin necesidad de pedirlo? Si las aulas se convierten en comedores, se pierde gran parte de la esencia del aprendizaje pero, ¿qué puede aprender un chico con hambre?, ¿cómo puede estudiar un niño muerto de frío?
La burocracia obligó, en el caso del Centro Educativo Radial, a padres y docentes a emitir numerosas notas, apelando no ya al sentido común, sino a la conciencia de los funcionarios y aun así, todavía siguen esperando. La pelota va de una a otra dependencia y siempre falta un dato más. Si apenas una pequeña parte de lo que se anunció durante campañas anteriores hubiese sido hecho, hoy nadie tendría hambre porque seguiríamos siendo el granero del mundo, no tendríamos analfabetos porque habríamos ganado la batalla contra la ignorancia; y la desnutrición no azotaría a miles de chicos porque la distribución de la riqueza sería la justa.
Como una burla lingüística, en ese paraje del norte santafesino, parece que el destino les asignó a los chicos el papel de la demanda en un juego que los entretiene, el del Gran Bonete: ¿Yo señor? No, señor.