“Harry Potter y el misterio del príncipe”
El fin de la infancia
Ignacio Andrés Amarillo
En “Harry Potter y el misterio del príncipe” la palabra clave es “tensión”. Es que a la tensión dramática que va ganando la saga del juvenil mago se le suma la explosión hormonal propia de la etapa vital que están atravesando los protagonistas. Es que mientras los mortífagos que sirven a Lord Voldemort sólo buscan asaltar Hogwarts, los ánimos y los fluidos se caldean, las habladurías e internas en la escuela se asemejan a los de cualquier secundaria santafesina y reina una histeria familiar, habitual incluso en gente de mayor edad que estos aprendices de encantamientos.
Pantalones largos
Acá se acabó la tranquilidad (las cosas se pusieron serias ya desde el filme anterior) y los finales tranquilizadores con el fin de curso: película de pasaje hacia la resolución, con hechos oscuros de por medio, deja en el espectador esa mezcla de tristeza, vacío e inquietud que (valga el ejemplo histórico) generaba “El imperio contraataca”.
Dumbledore convence a Harry de volver a Hogwarts, luego de los sucesos de “La Orden del Fénix”. Draco Malfoy es casi un fantasma entre los estudiantes, luego de la caída en desgracia de su familia por culpa de su mortífago padre Lucius. Pero Voldemort quiere usarlo como peón en su guerra: así, las temibles hermanas Bellatrix Lestrange y Narcissa Malfoy (tía y madre del peliblanco muchacho) pactan con Snape su ayuda para que Draco cumpla (o encuentre, veremos) su destino.
Así comienza un relato que, para que pueda tomar forma de filme, no ofrecerá demasiados momentos de la vida escolar, aunque para los fanáticos sí habrá esta vez algo de quidditch, ahora que Ron busca incorporarse al equipo que defiende los colores de la casa Gryffindor y que capitanea su amigo Harry. Entre esto y la guerra en ciernes, con el descubrimiento de los misteriosos horrorcruxes, sólo un par de momentos incómodos entre chicos y chicas que no dejan de serlo por estar entre ceja y ceja del más oscuro señor.
Del papel a la carne
David Yates vuelve a ponerse nuevamente en la dirección, en la dura tarea de meter en dos horas y media unas novelas que alcanzan las 800 páginas (ya se confirmó que “Las reliquias de la muerte” estará a su cargo, en dos partes): logra con éxito generar un relato con muchos hechos y sobrecarga informativa, sin demasiados momentos de distensión.
Como justamente la que manda es la historia, algunos actores se pierden un poco la chance de mostrar lo que pueden hacer con sus personajes. De todos modos, los lucimientos están a la orden del día: Helena Bonham Carter demuestra ser la elección perfecta para la mortífaga esquizoide Bellatrix Lestrange, un personaje que parece salido de la oscura imaginación de su marido Tim Burton.
Daniel Radcliffe vuelve a ponerse en la piel de un Harry más maduro que nunca: acá podrá mostrar su ductilidad, pasando del tono severo que fue ganando al personaje, a la soltura que le provoca la ingestión de la “suerte líquida”. Sin duda, el tono distendido y cómico lo aporta, como de costumbre Rupert Grint, como Ron: en este momento particular, será el más atribulado por las idas y vueltas amorosas, siempre sazonadas con alguna poción alusiva.
Michael Gambon (Albus Dumbledore) y Alan Rickman (Severus Snape) sí tendrán la oportunidad de mostrar su oficio en el ajedrez en el que se mueven sus personajes, y Jim Broadbent (Horace Slughorn) es la renovadora incorporación en el elenco para este episodio.
Entre los juveniles, cabría destacar a Bonnie Wright, haciéndose cargo de la madurez y la energía ganadas por Ginny Weasley, y las refrescantes apariciones de Evanna Lynch como Luna Lovegood: según la autora J. K. Rowling, la única actriz que logró meterse en su cabeza mientras escribía los últimos tramos de la saga. Y otro dato curioso: la incorporación de Hero Fiennes-Tiffin como el pequeño Tom Riddle, etapa infantil de quien se convertiría en Lord Voldemort, papel que suele interpretar su tío Ralph Fiennes.
Mucha gente siempre se preguntó por qué Rowling decidió que Hermione estuviera destinada para Ron y no para el protagonista, encantado con la entrañable Ginny. Seguramente algo se transformó en el personaje de Hermione (al menos, frente al ojo del público) al encarnarse en la piel y el acento de Emma Charlotte Duerre Watson, quien (si no abandona la actuación, tal como ha amenazado) puede convertirse en una juvenil diva británica de la década venidera (no se ponga nervioso, amigo lector: seguramente Sienna Miller también estará en esa lista). Poco margen le queda en esta cinta, pero su presencia basta.
El crescendo está casi en la cima, el clima de la batalla final se huele en el aire enrarecido. El tiempo de los juegos terminó, y el elegido tendrá que demostrar que lo es, luchando por su destino y el de todos. Pero eso será el año que viene.




