EDITORIAL
EDITORIAL
Política real y buenos modales
La invitación al diálogo formulada por el gobierno nacional como correlato inmediato y necesario de la derrota electoral, produjo una módica distensión política con la oposición, pero ningún acercamiento de posiciones que pueda derivar del intercambio de opiniones y eventualmente traducirse en iniciativas o medidas consensuadas. Naturalmente, esto requiere tiempo y no se puede pretender resultados inmediatos, pero éstos nunca se producirán sin un auténtico compromiso.
De hecho, que el objetivo de la convocatoria se agotase en el de oxigenar a una gestión acorralada por el curso de los acontecimientos era una de las hipótesis que con mayor fuerza se manejaron en el momento en que se produjo, y fue formulada a manera de reserva por quienes no vieron margen para rechazar el convite.
Y es en este punto en que la meneada sucesión de rigurosamente fotografiados encuentros revela su artificiosa condición. La discusión sobre quién estaba dispuesto a sentarse a la mesa y quién no, las razones y condiciones de unos y otros, las pullas contra los que prefirieron no hacer concesiones a este despliegue de supuesta buena voluntad, modificaron el contenido de los espacios mediáticos, montados sobre una convención más propia de la corrección política que de los términos en que se desarrolla la actividad en nuestro medio.
Usufructuando esa convención, el gobierno entrampó doblemente a los representantes de la oposición. Por un lado, se permitió el lujo de tachar de necios e incluso de antidemocráticos a los que rechazaron de antemano participar de un diálogo al que el gobierno siempre se negó, y otorgar a la mascarada un rango de otra cosa. Por el otro, consiguió producir chispazos entre éstos y quienes consideraron que la forma apropiada de honrar sus pronunciamientos previos era abrir una chance al diálogo.
La propia presidenta dejó expresamente en claro lo ilusorio de cualquier expectativa que supere la simple ejecución de normas protocolares de convivencia. Por si no quedase en claro con el desempeño de sus funcionarios, la mandataria ratificó las posturas originales en la mayoría de los temas sensibles y más acuciantes, y desafió a dirimir diferencias en la arena del Congreso.
Si bien sería prematuro traspolar la misma hipocresía al ámbito provincial, donde también está en curso una instancia equivalente, hay que apuntar que la auspiciosa reunión del gobernador con los legisladores nacionales no fue más allá de la mutua profesión de buenas intenciones y genéricas coincidencias, ante la falta de un menú de iniciativas tangibles para consensuar o propuestas concretas de estrategias que discutir.
Más allá de meritorios intentos, nuestro país no se ha caracterizado por ejercer el diálogo de manera comprometida y consecuente, ni mucho menos fructífera. Aun así, y en la medida en que se les confiera sustento efectivo, los intentos sinceros por producirlo son los que van en la dirección correcta. Pero esto no ocurre cuando se vacía al término de su contenido, y se lo utiliza como una mera coartada para revestir de elegancia a la cerrazón y el autoritarismo.