Intentar contribuir a una mejor calidad de vida
Intentar contribuir a una mejor calidad de vida
Arq. Mariano Busaniche
Muchas veces la crítica de arquitectura analiza obras como si éstas fueran sólo un producto de arte aislado de las cuestiones referentes a la habitabilidad, cuando en verdad, la más profunda concepción del diseño de un arquitecto (que proyecte espacios vivenciales) debe abarcar estructuralmente un fin principal, que es resolver satisfactoriamente el hábitat de los usuarios. Así es común que parte de la crítica especializada califique como obras maestras a edificios muy difíciles de habitar dejando de lado tal coyuntura. Y así aparecen difusos los límites entre escultura y arquitectura, se establece una especie de “hilo conductor” que induce a caminos riesgosos, y éstos consisten en privilegiar la obra en sí misma y no dar la dimensión real de las necesidades que los destinatarios poseen en un proyecto realizado.
Sin la intención de establecer juicios de valor sobre tipologías, tecnologías, ni lenguajes, puede ser acertado pensar que “la arquitectura se diferencia de una construcción si puede llegar a conmover alguno de los sentidos, y en verdad si contribuye a mejorar la calidad de vida de la gente... de quienes la habiten o la usen”, y en este sentido es donde cobra fuerza la idea de no desligar obra de arquitectura y destinatario, ni de pensarla aislada de lo urbano y lo ambiental. Esto es distinguir entre arquitectura de esencia y arquitectura de “ideas”, ambas pueden ser subyugantes pero una posee como objeto una concepción integral. La arquitectura como todo acto de proposición nace de la idea, la cuestión es sucederla y materializarla hacia objetos que necesitan sus aportes; individuo, sociedad, urbanismo, ecología, etc. e intentar abarcar tanto temas en escala como detalles.
Cuando Mies Van der Rohe se valía de vigas de acero para resolver un vuelo en esquina, más que solucionar un problema estructural, estaba seguramente resolviendo una “esquina de la ciudad”.
Desde otro ángulo de observación, si bien es lógico alegar que La Ville Savoye de Jean Pierre Jeanerette, “Le Corbusier”, es considerada un paradigma de la arquitectura moderna, este calificativo se basa en resoluciones tecnológicas y la concepción ideológica de cómo proponer estas “máquinas de habitar”, con sus “cinco puntos para una nueva arquitectura”, totalmente innovadores para un 1929 expectante y ávido de continuar con los avances y descubrimientos de finales del siglo XIX, aún así resulta cuestionable en cuanto a lo vivencial, espacios logrados, y lo habitable. Tal vez prueba de ello sea que prácticamente nunca estuvo habitada permanentemente.
Plantear “arquitectura integral” es un desafío que conlleva reflexionar sobre los problemas que se abren al trabajar dentro de esta disciplina, entender cuáles son los inconvenientes de la ciudad, de sus habitantes, de cada obra inserta en un contexto específico, o de la arquitectura sostenible, la complejidad entre arquitectura y globalización que puede resultar un inconveniente constante con relación a la tradición, el lugar y la identidad. En este sentido, la arquitectura puede ser una herramienta determinante como modo de resistencia a lo negativo de la globalización.
Se trata de contemplar el hábitat del hombre y a su contexto, desde una vivienda hasta un plan urbano, y allí desde la historia, la idiosincrasia, lo vernáculo, hasta formas de vanguardias tienen mucho que seguir expresando en cuanto a modos de plantear arquitectura.
En un enfoque pragmático, podemos resumir que contribuir al logro de una mejor calidad de vida desde la arquitectura para con el hombre, es el resultado de equilibrar belleza y función, o al menos ésta sería la “piedra angular”, y asumir a su vez que la arquitectura es “espejo de épocas”, y esto revela la responsabilidad de la que se participa.
Nunca subordinar lo que nos traspasa sensiblemente, no sujetar estética ante función, bucear en la inmensidad de las ideas, que es intuición y riesgo. Diseñar intentando conmover, afectar tan intenso como se pueda, éstos son principios dignos... y saber que deben ir ligados a lo racional, a lo funcional, a lo que en definitiva sabemos servirá para ofrecer esa mejor calidad de vida de la que hablamos, pero que ese saber no condicione la libertad más íntima de quien diseña y visualiza.
Estos pensamientos llenos de optimismo, no son vacíos o estúpidos, sólo desean transmitir su fuerza desde lo escrito, tampoco escapan a la realidad que se nos planta en nuestras caras, siempre es así. La teoría es relativamente fácil, en “la calle” la historia cambia, es verdad, pero la realidad y sus restricciones no son infranqueables.
Una noche, Alejandro Dolina, decía: “... en esta vida, estoy convencido de que existe mayor sufrimiento que felicidad... más tristeza que alegría...” y en aquel momento me resistí a aceptar la idea, aquello era una decepción, cerré toda posibilidad de análisis al respecto. Veía y necesitaba otro entendimiento. Más tarde fui aceptando darle lugar a la reflexión, a otras posibilidades, aún las pienso, aún no concluyo, sigo en interminables silogismos... y he comenzado a sospechar que no es ésa la cuestión, sino otras.
En el campo de la arquitectura, tampoco las decepciones o realidades deben restar libertades creativas, ni obturar para no reconocer hasta dónde se puede intervenir y conformar lo urbano.
Cabe insistir en que una intervención “mínima” hace ciudad, como “un simple gesto hace al rostro”. El arquitecto Jorge Sarquís suele utilizar una frase popular de modo inverso “liebre por gato”. Mientras que el dicho original “gato por liebre” supone una estafa, u ofrecer menos que lo acordado, esta reformulación se refiere, según él, a que los arquitectos deben dar más de lo que se les pide y por el mismo precio, es decir trascender los requerimientos necesarios del cliente o el programa, aun con las limitaciones que pudiesen existir, sean de presupuesto, o de cualquier índole.
“Hacer arquitectura es inexorablemente transformar un lugar, agregar o quitar algo, poner en valor o abandonar, generar nuevas relaciones y al mismo tiempo terminar con otras, es una tarea de incontables decisiones que se entrecruzan formando una compleja trama... de allí la complejidad de poner en palabras lo que ha nacido de sensaciones... ¿qué hacer? ¿cómo capturar todo eso? ¿Cómo poner en espacios, en muros y en luz algo tan inabarcable, sutil?... Intentar dar respuestas es simplemente generar más preguntas, y éstas son probablemente las herramientas más agudas...”. (1)
¿Es paradójico esto de optimizar la vida del “individuo social”?, ¿de diseñar arquitectura al servicio del conjunto?, transformar desde la “célula” hasta el sector y lo urbano, ¿se puede concretar más allá del discurso disciplinar?
La nuestra es una profesión que siempre gusta ir hasta el límite entre realidad y fantasía. Históricamente, existieron ideas imposibles de concretar, por no haber aparecido cronológicamente convenientemente ubicadas, cuando algunas mentes lúcidas expresaban propuestas para las cuales aún no se estaba preparado, o no se contaba con las tecnologías necesarias, asimismo hubieron “quijotes” que aseguraban la sustentabilidad de sus revoluciones planteos urbano-sociales, y más. Aunque algunos cruzando la difusa línea que divide realidad y utopía. Estas actitudes tan internas y al límite no son casuales en la arquitectura, como tampoco lo son en otros ámbitos, un ejemplo claro vemos al revisar “Utopía”, de Thomás Moro, escrita en 1516 en latín. Ya traducida al inglés en 1556 sus principales argumentos se habían difundido y debatido ampliamente. Uno de los propósitos de la obra era intentar abrir los ojos a la sociedad, sobre situaciones que perjudicaban a la ciudad, reflexionando y proponiendo desde lo puntual a lo colectivo.
No es cierta la afirmación que ya todo está inventado, como tantas veces se nos transmite.
Las ideas transformadoras siempre están ahí... siempre aguardan, esperan ser pretendidas. Tal vez se asemejan al tango. El tango como las ideas saben esperar... mientras el tiempo pasa “más nos acercamos”.
(1) Nicolás Campodónico. Revista Summa+87, pág. 94. Texto de Tomás Powell.
El Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou fue diseñado por los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers e inaugurado en 1977. El complejo es visitado por miles de turistas todos los años.
Foto: EFE