La vuelta al mundo

Mujica y las lecciones de la política

Rogelio Alaniz

La victoria de Mujica estaba en la calle mucho tiempo antes del veredicto de las urnas. La excelente gestión de Tabaré Vázquez fue la base, el piso sobre el cual se afirmó el triunfo. Mujica se presentó como la continuidad de Vázquez. Podía hacerlo más allá de las diferencias que existen entre ellos, porque la gestión fue un proyecto colectivo liderado por Vázquez, pero en la que Mujica había tenido mucho que ver.

Nada de esto habría sido suficiente si al mismo tiempo los dirigentes del Frente Amplio no se hubieran esforzado en mantener unida a una coalición, más allá de disidencias que en algún momento fueron duras, pero nunca lo suficiente como para provocar fracturas irreparables.

El Frente Amplio fue creado hace casi cuarenta años. La mayoría de sus fundadores han muerto o están retirados, pero la coalición los ha sobrevivido, entre otras cosas porque sus dirigentes tuvieron la grandeza de construir un proyecto que los trascendiera. Los errores, las derrotas y las inevitables celadas que tiende la historia no los quebraron.

El Frente Amplio es definido por adversarios y leales como una fuerza política de izquierda, pero para ser justos habría que decir que esa identidad de izquierda se ha mantenido porque fue capaz de adaptarse a los nuevos tiempos, por lo que se podría decir que el Frente Amplio hoy es de izquierda porque concibió a la izquierda como una realidad política abierta.

Pensar en el Frente Amplio es pensar en sus cambios internos, en la notable capacidad de sus dirigentes, incluidos los más radicalizados, por entender los nuevos tiempos sin dejar de ser ellos mismos. En ese delicado equilibrio entre permanencia y cambio está la clave de una propuesta de izquierda que ha sabido transformarse en mayoritaria.

José Muijica es la encarnación de ese complicado y original proceso político tan uruguayo en su estilo y contenido. Mujica es el guerrillero, el preso político, pero es también la evaluación crítica de esa experiencia. Importa entender esa relación entre pasado y presente. Mujica no desconoce su pasado, pero no reniega de él porque supone que un hombre que se precie de tal no debe renegar de sus errores, en todo caso lo que se debe proponer es superarlos y esto es lo que ha hecho con su experiencia: superarla, instalarla en otro lugar, en el siglo XXI para ser más preciso, en un siglo que se inicia con otros desafíos, con otras esperanzas y, por supuesto, otras inquietudes, motivo por el cual no es mucho lo que se puede hacer con las certezas de los años sesenta, salvo recordarlas, traducirlas a un nuevo tiempo, manteniendo con empecinada lealtad aquello que tal vez sea lo más meritorio de los años sesenta: el compromiso ético, ese temple militante, esa capacidad de entregarse a una causa sin otra recompensa que la satisfacción moral de hacerlo.

Amigos y adversarios le reconocen su inevitable condición de uruguayo. Esa identidad Mujica no la exhibe como una reliquia o una mercancía. Por el contrario, lo que predomina es el recato, la sobriedad, esa suerte de pudor criollo del hombre que sabe quién es y por lo tanto no necesita jactarse de ello. Mujica no es un objeto pintoresco, el personaje anacrónico de una peña nativista. Su identidad uruguaya está en su historia, en su pasado, en el pasado de su familia, en su identidad con la tradición del partido Blanco y, por supuesto, en su militancia en Tupamaros.

Sin embargo, este hombre que escandaliza con su vestimenta a los diseñadores de moda, este hombre que recurre a un lenguaje popular aunque no grosero, este exponente arcaico de un Uruguay campesino, sorprende por su capacidad para entender el mundo actual y el que viene. Conociendo a farsantes locales que se visten de gauchos, se dejan largas patillas y recurren a un lenguaje pintoresco que no alcanza a disimular su condición de timadores, me acerqué a Mujica con la previsible desconfianza del caso. Lo primero que me sorprendió fue la distancia que mantiene con la gente. Nada de abrazos ruidosos y de palabras sensibleras. Una frase, un saludo breve y nada más. Mujica no es simpático ni pretende caerle bien a la gente con trucos de demagogo.

Después hay que escucharlo hablar porque allí se produce la revelación. Llevo casi medio siglo escuchando a caudillos políticos y a doctores muy educados. Hay de todo en la viña del Señor, pero en general ningún discurso me sorprende. Puedo disentir o compartirlos, pero no me asombran. Pues bien, esa prevención se me cayó al suelo cuando lo escuché hablar a Mujica. Nada extraordinario. Habla en la tribuna como si estuviera conversando con un amigo tomando mate. Mujica no se propone impresionar o seducir. Su ambición es mayor, mucho mayor, porque se propone ayudarnos a pensar. El discurso político se transforma en una reflexión sobre la vida, sobre las pequeñas y las grandes cosas de la vida. Políticos profesionales de su propio signo lo han criticado por eso. No se propone seducir, aparentemente no habla de política, pero sin embargo cuando concluye uno descubre que ha recibido una formidable lección política.

Mujica transmite verdades, no consignas. Son sus verdades y como tales opinables, pero hacía mucho tiempo que no escuchaba a un político hablar con el lenguaje llano de la verdad. Mujica cree en lo que dice y esa fe proviene de una experiencia de vida, experiencia que reúne lo vivido y lo leído. Porque lo novedoso en este hombre es que esas palabras son las de un hombre que conoce del dolor, de la soledad y de la derrota y que piensa la política desde ese lugar, no para regodearse en el fracaso, sino para amasar desde allí la esperanza. Ese equilibro que hay entre rusticidad e ilustración, entre inspiración y convicción, es lo que yo llamo sabiduría, que es algo más que haber vivido o leído mucho.

Con Mujica uno puede estar en desacuerdo, pero en todos los casos uno le cree. Converso con él, lo escucho hablar y descubro que estoy ante un hombre de una sola pieza. No es infalible, no es un santo, no se cree un Mesías. Esa es la otra virtud de su personalidad: Mujica se presenta como un hombre común, como el hombre de la calle, pero a diferencia de otros políticos que han intentado hacer algo parecido, ese hombre de la calle no pretende disfrazarse de humilde; tampoco recurre al gesto demagógico de adular el sentido común chato y mediocre de las doñas Rosas o los Tinelli de turno. Mujica encarna la sabiduría popular en sus aspectos más nobles, más íntegros y más solidarios. Lo siento por nuestros populistas, pero no se parece a Maradona, se parece a Atahualpa Yupanqui; no es el viejo Vizcacha, es Martín Fierro.

Con esas virtudes, con esa consistencia humana era muy difícil que lo pudieran derrotar acusándolo de terrorista o de ignorante. Extrañas paradojas de la política. Lacalle, Larrañaga, el propio Sanguinetti, se presentaron como los políticos modernos, cultos, enfrentados al terrorista mal hablado y peor vestido. Supuestamente la modernidad y el progreso lo encarnaban ellos, mientras que Mujica representaba el pasado y los costados más lóbregos y oscuros del pasado.

Sin embargo los hechos demostraron otra cosa. El que hablaba de insertar a Uruguay en el siglo XXI, el que exponía acerca de los beneficios de la ciencia y la tecnología, el que apostaba a favor de la educación universal para todos era Mujica, mientras que sus opositores discutían si había sido guerrillero o si seguía siendo guerrillero.

Lo sucedido en Uruguay es también una lección para los argentinos y muy en particular para sus sectores de izquierda. Desde el vamos sería impensable un proyecto progresista en la Argentina reivindicando la inserción en el primer mundo. El único que planteó algo parecido fue Menem y no lo hizo para modernizar al país sino para robar y anclarnos con más consistencia en el barro del tercer mundo. A la izquierda criolla le cuesta imaginar una izquierda que reclama la unidad nacional, que concibe a la política no como el arte de construir trincheras sino de levantar puentes. Tampoco sería pensable que Firmenich o Gorriarán Merlo llegaran a la presidencia de la Nación con el voto popular. O dispusieran de la capacidad y la grandeza para insertarse en la democracia. Mujica lo hizo. Su victoria mira al futuro, pero en homenaje al pasado logró reivindicar todo aquello que aún merece reivindicarse de la llamada generación del sesenta. Lo hizo sin espamentos, como se deben hacer las grandes cosas: manteniéndose leal a una línea de conducta y aprendiendo de las lecciones que le dieron la vida y la historia.

José Mujica fue electo presidente de Uruguay el domingo pasado. En sus manos la bandera del Frente Amplio, una coalición de izquierda que supo adaptarse a los nuevos tiempos.

Foto: EFE

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