HISTORIA REGISTRADA
“Viste que teníamos razón,
que esto era un crimen”
Al cierre de las declaraciones de víctimas y testigos en el juicio por la represión ilegal, Patricia Isasa querellante que denunció a sus verdugos en 1998 ante el juez Baltazar Garzón, hizo un balance del camino recorrido. Habló del efecto “reparador” que fue ver a los acusados en el banquillo.
Juliano Salierno
“Todo lo que me pasó en el transcurso de la vida termina en esta búsqueda de justicia”, se presentó Patricia Isasa. La mujer es una de las querellantes en la “causa Brusa”, víctima y testigo del secuestro, el cautiverio y los abusos de quienes se encaramaron en el poder durante la última dictadura militar en Santa Fe.
A tres meses de iniciado el primer juicio por delitos de lesa humanidad en la región, Isasa hizo un racconto de cómo llega a esta instancia y de las cosas que le tocó vivir a lo largo de las últimas tres décadas.
Fue detenida por primera vez a los 16 años, el 30 de julio de 1976. La liberaron la navidad de 1977 y la volvieron a apresar el 2 de julio de 1979, tras la explosión de una bomba frente al juzgado federal, a media cuadra de la Escuela de Policía y a la vuelta de su casa. Meses más tarde fue nuevamente puesta en libertad; y en el verano de 1981 se fue a vivir en Buenos Aires.
A partir de entonces “decidí un par de cosas que me salvaron la vida; lo primero fue que iba a sobrevivir, que iba a ser yo en todos lados y que iba a poder contarlo”, afirmó Isasa.
“Soy arquitecta y vivo de la actividad privada, esa es mi fuente de ingresos en la Argentina y en el exterior”, afirma y toma distancia del activismo político santafesino. “Participo de distintas organizaciones internacionales sin fines de lucro, no partidarias, de un altísimo compromiso social ciudadano, inclusivo y propositivo”, continúa. Es miembro de la coalición internacional Sobrevivientes por la abolición de la tortura -Tassc- y del Observatorio para la Escuela de las Américas.
“No importa si se trata de un terrorista musulmán, o un integrante del IRA, la tortura no es un método válido”, critica Isasa, que en cambio propone la “actividad preventiva” y el uso de “técnicas no coercitivas”. En los “70 “hubo cacería de indefensos” cuestiona la arquitecta que ironiza diciendo que “éramos terroristas en camisón”.
De España a Santa Fe
Luego de mucho recorrer, a su regreso a Santa Fe en la década de 1990 se puso a investigar a fondo la historia que había dejado atrás en los “80. En su casa paterna de calle Moreno empezó a recopilar información y obtuvo documentación de relevancia, que el 25 de septiembre de 1998 se la entregó al juez español Baltazar Garzón, dando el puntapié inicial a los juicios por los derechos humanos en Santa Fe.
“Es una larga y triste historia, porque se imputó a los acusados, pero el gobierno de la Alianza no quiso darle trámite al pedido, hasta que en 2001 el juez Gabriel Cavallo hizo lugar”, al declarar inconstitucionales las leyes de obediencia debida y punto final.
Pero ese fue sólo el principio. Luego hubo que hacer las presentaciones en los tribunales de Santa Fe donde “me hicieron cosas sutiles y cosas grotescas”. Para Isasa “juzgamos a Alí Babá en la cueva de los 40 ladrones, tan simple como eso. Lo digo y lo repito a cuatro voces. Hay una trama de complicidades y de negaciones” que reflejan “una muy mala experiencia hasta que se conformó el tribunal”.
Si bien Isasa reconoce “lo complejo que es juzgar a quien fue el juez federal de esta ciudad -cuántos empleados nombró, cuánta gente conoce-, desde que empezó el juicio este tribunal me sorprende positivamente”, dijo en referencia a Roberto López Arango, Andrea Alberto y Carlos Renna, que son quienes integran el jurado.
“No debería decirlo, porque puede sonar oportunista, pero destaco la ecuanimidad, la mesura, la calidez y la humanidad con la que me encontré.
“A mí esto que pasó ya me reparó en términos individuales”, dice Isasa con cierto alivio, aunque “espero la condena efectiva y de por vida” para cada uno de sus torturadores. “Fue reparador porque lo que marca es esta cosa de “viste que teníamos razón, que esto era un crimen’. Fue la misma sensación que sentí cuando me ponían las esposas en la Comisaría 1º y yo decía “estos tipos están locos, qué me van a hacer’”.
“Yo bregué mucho por tener un juicio justo, porque ellos tuvieran defensa y estuvieran presos en un lugar medianamente digno -que yo obviamente no tuve-, porque ellos tuvieran todos los derechos que a mí me sacaron. Eso me dignifica y me marca la diferencia de quién soy yo y quiénes son ellos. Nunca los trataré como lo hicieron ellos, que es un crimen”.




