Voces del centenario

Un siglo de buena madera

 
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“Carpintero lindo oficio, quién no lo quiere aprender...” dice nuestro cancionero folclórico. Darío Kolibski trabaja en el local que levantó su abuelo.

Fotos: Pablo Aguirre

Darío Kolibski comanda hoy la carpintería que era de su abuelo Tomás y de su padre Atilio: hace más de 90 años que los muebles, aberturas y en su momento las chatas y sulkis de Villa Trinidad pasan por las manos de estos laboriosos descendientes de polacos, totalmente consustanciados con el lugar.

“La carpintería arrancó con mi abuelo (Tomás), oriundo de Polonia, hace ya 92 años. Luego la siguió mi padre Atilio -ya fallecido- y ahora estamos a cargo mi hermano mayor, Atilio Daniel, que está casi retirado y yo. Realizamos trabajos en madera -aberturas y muebles-, es decir todo lo que solicita la localidad y zonas aledañas: muebles de cocina, placares, pero sobre todo aberturas. La mayoría de las aberturas del pueblo salieron de acá. Todo en madera, aunque también hacemos aberturas de aluminio porque hay que adaptarse a la situación”.

“Es la única carpintería que se dedica a las aberturas, habitualmente trabajamos con cedro, quina, lapacho, moras. La compramos a proveedores de Misiones o a algunos aserraderos de la zona”.

Darío cuenta que el edificio inicial estaba en la esquina de Belgrano y Moreno “y después nos trasladamos aquí sobre Belgrano, en un local hecho por mi abuelo, que trabajó primero colocando aberturas en la estación del ferrocarril. Así que el llegó antes, le gustó y se quedó acá.

“Los 100 años de la localidad significan mucho, por empezar poderlo vivir y contar a nuestros nietos lo que ocurrió en esta fecha tan particular. Siento una gran emoción y una alegría enorme: no se puede explicar con palabras. Hay muchos lugares lindos pero como Villa Trinidad no hay. Tuvimos muchas posibilidades de emigrar pero siempre elegimos quedarnos en Villa”.

Darío Kolibski tiene cuatro hijos pero no sabe si la carpintería continuará una cuarta generación. “Los chicos están trabajando en otras cosas. No sabemos qué va a pasar, pero mientras tenga vida, acá estaremos”.

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Vocación de servicio. Imeldo Suppo participó en prácticamente todas las instituciones del pueblo.

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Con esta máquina, que Don Elivio Bonino “modernizó” trabajaban hace cinco décadas para elaborar los primeros helados en Villa Trinidad.

/// imeldo suppo

“Mi familia es el pueblo”

Imeldo Suppo es un referente para todo el pueblo, pues participó en todas las instituciones e iniciativas y la gente sabe que con él se puede contar. Ahora, afrontando con entereza problemas de salud que derivaron en la pérdida de sus dos piernas, recibe del pueblo todo lo que sembró en una vida dedicada a los demás.

“Integré una sola entidad, pero participé en todas -confirma con una sonrisa- e incluso colaborando con las personas. Yo nací en Villa Trinidad en diciembre de 1940. Toda mi vida acá, salvo los dos años que tuve que hacer la colimba, y después falté dos meses cuando me apuntaron la pierna en 2003 y después en 2005, cuando debieron hacer lo mismo con la otra. Pero hay que seguir. Yo no me quedo, anoche sin ir más lejos, salí a dar una vuelta y a estar con los amigos”.

“En mi vida hice de todo, menos robar y matar. Fui productor agropecuario, ganadero, tuve carnicería, tuve la panadería, colaboré con todas las instituciones, hasta colaboré con la campaña contra la aftosa. Conozco la zona rural palmo a palmo, trabajé ad honorem en el juzgado de paz, de todo hice...

Imeldo admite que las cosas cambiaron en los últimos años. Antes las instituciones tenían un ritmo tranquilo; el pueblo era mucho más chico y no existían los soportes que había hoy. Yo vivía en el campo, me hacía 16 kilómetros en bicicleta de ida y otros tantos de vuelta para ir a la escuela.”

“Para mí es increíble haber llegado al centenario. Yo antes veía difícil eso. Es que los años eran más largos que ahora. Ahora son cortitos, si parece ayer que empezó el 2009 y ya lo estamos terminando. Yo no sé si estamos muy apurados nosotros o qué.

“Mi vida entera es este pueblo. Mi familia es muy chica: mi papá, mi mamá y dos hermanos. Y tengo una sobrina casada y su hija y ahí se termina mi familia. Mi familia es el pueblo y estoy muy agradecido de todos, porque todo el mundo me apoyó y me ayuda para no perder el buen humor ni caer en un pozo depresivo. Así que estoy muy contento y muy emocionado.”

/// elivio bonino

La dulzura llevada a tres generaciones

Elivio Bonino tiene desde hace casi medio siglo la heladería de Villa Trinidad. “Yo tenía 12 años y ya trabajaba. Mi padre tenia el reparto de fiambres en la zona y un día le dije que quería poner una heladería. En ese entonces no era fácil, ya que la gente no sabía lo que era. Compre una máquina que nunca me entregaron. Después compramos una máquina en San Guillermo y la señora nos dio la receta para hacerlos. Al principio fue duro. El helado era considerado algo para los chicos. Pero con sacrificio y constancia todo llega. Hace casi 50 años que tenemos la heladería, para mí esto es un sentimiento, es un pedazo de mi vida, igual que el pueblo.

Recuerda Elivio que “nací a 12 kilómetros de Villa y a los 12 años nos vinimos a vivir con mi familia para acá. Conozco bien la historia de la gente. Siempre uno trató de tener ambiciones en la vida pero no desmedida. Mi vida la dediqué a la heladería, cada peso que ganaba lo reinvertía.

“Hace tres años me asocié con un sobrino y le dimos para adelante y pusimos un local en Av. San Martín. Siempre me gustó que los clientes sean mis amigos, nunca hicimos diferencias y estamos atendiendo la tercera generación.

Al principio, nada de elegir... “En un principio -recuerda Bonino- había pocos gustos: vainilla, chocolate, frutilla, granizado y limón y después combinábamos la vainilla y el chocolate. La gente grande no tomaba en cucurucho, siempre en vasito. Hoy tenemos incluso envío a domicilio, sobre todo los domingos al mediodía. Para mí es un pasatiempo. Además, cuando uno está comprometido con el pueblo y con el negocio, el que siempre debe atenderlo es el dueño, debe hacer relaciones públicas, porque es la cara visible. Algunos ponen negocios y después no se sabe quién es el dueño. Siempre hay que aceptar las sugerencias y tratar de ponerlas en práctica porque uno puede saber mucho de su negocio, pero no todo, siempre se aprende...”