La vuelta al mundo

Inmigración y racismo

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Los controles son cada vez más duros.

Foto:EFE

 

Rogelio Alaniz

Italia debe ser el país que en el siglo veinte repartió más inmigrantes por el mundo. O por América, para ser más precisos. Algo parecido podría decirse de los españoles. En todos los casos, los motores de la emigración fueron la pobreza y la esperanza de encontrar en otras tierras la posibilidad de una vida mejor. No les fue mal. La vida en la Argentina no era fácil, pero existía la certeza de que trabajando duro era posible salir de pobre.

Los tiempos han cambiado. Italia y España son naciones del primer mundo y muchos de sus habitantes no se acuerdan de que sus abuelos o sus bisabuelos fueron emigrantes que encontraron en países como la Argentina una ancha y generosa frontera abierta. La historia no tiene por qué ser agradecida. Los pobres de ayer son los ricos de hoy y se fastidian porque, como en el poema español, el recibidor se les llenó de pobres.

En estos días en Italia ha tenido que intervenir el Papa para recordarles a los italianos católicos que más allá de las diferencias de raza o credo todos somos hijos de Dios. Bien por el Papa, pero temo que su intervención no alcance para resolver un conflicto que tiene diversas aristas, todas delicadas y filosas.

Los italianos conservadores razonan con un elemental sentido común en el país que inventó la categoría política del fascista y el qualunque. Los dirigentes de la Liga del Norte sostienen que abrir la frontera a los inmigrantes no es imposible, pero sí es imposible pretender seguir viviendo como antes.

El tema es complicado, porque si bien la invasión de pobres produce trastornos económicos y sociales, esos despreciables pobres son necesarios como mano de obra en tareas que los muy correctos italianos del primer mundo no tienen ganas de hacer.

A la Argentina los inmigrantes que llegaron eran pobres, pero traían con ellos una cultura del trabajo que objetivamente ayudó al desarrollo de la Nación. No es lo que ocurre en Italia en estos días. Los inmigrantes con los cuales hay serios problemas provienen de África y ciertas regiones de Asia y no son portadores de culturas superadoras. Sirven como mano de obra barata, pero muchos italianos ni siquiera están dispuestos a reconocer esos beneficios.

El inmigrante es el diferente, el pobre, el negro, el sucio, el feo, el malo y, en muchos casos, el delincuente y el terrorista. Su presencia enchastra las calles de las bellas ciudades de Italia. Lo mejor que se puede hacer es no dejarlos entrar, echarlos -si pasaron- y, mientras tanto, humillarlos, agredirlos o eliminarlos. La Mafia, siempre creativa y dispuesta a adherir a las causas más injustas, encontró un camino alternativo: explotarlos, usarlos en las redes del narcotráfico o adiestrarlos para convertirlos en sicarios. Por ese camino, los objetivos que se cumplen son varios. Los inmigrantes viven y mueren como delincuentes, y la derecha legitima su discurso probando que inmigrante y criminal son términos equivalentes.

Por supuesto que hasta el mafioso o el fascista más convencido admite diferencias. No es lo mismo un inmigrante argentino que un yemenita. No es lo mismo un negro que un blanco. También en el mundo de la pobreza y la necesidad hay jerarquías. Tampoco es lo mismo un inmigrante confuciano que uno musulmán. La diferencia, en este caso, no es por la piel o la religión, sino por los juicios y prejuicios que provoca el universo de Alá en su versión fundamentalista.

El Papa y los progresistas italianos se esfuerzan en luchar contra estas políticas discriminatorias. La causa es justa, pero ello no autoriza a suponer que logrará imponerse. Por el contrario, la tendencia que se observa en Europa es al agravamiento del problema. Los flujos de pobres del Tercer Mundo hacia los países centrales son cada vez más masivos. Los esfuerzos de la derecha -en cualquiera de sus variantes- para limitarlos están muy lejos de ser exitosos. Para colmo de males, la población europea crece a tasas muy bajas, por lo que dentro de treinta o cuarenta años el escenario racial en el Viejo Mundo tendrá muy poco que ver con el que conocimos en el siglo XX.

El éxito de las economías europeas ha sido al mismo tiempo la condición para esta amenaza. En un reciente seminario realizado en Buenos Aires, un ideólogo del liberalismo intentaba probar las virtudes de la economía de mercado a través de los flujos inmigratorios. Para este economista estaba claro que la marcha de los pobres hacia los Estados Unidos y Europa era un testimonio elocuente del éxito del capitalismo.

Como la historia se ha encargado de probar, un logro social es siempre la resolución de un problema y el nacimiento de otro. El capitalismo ha demostrado que funciona y, por lo tanto, millones de pobres marchan hacia este supuesto Paraíso, sin sospechar que su presencia multitudinaria puede poner en evidencia los vicios o los límites de este sistema.

Lo cierto es que no hay emigración hacia la pobreza. El proceso funciona al revés. Por su naturaleza social, el emigrante marcha hacia donde supone que se puede vivir mejor. La certeza de que el lugar donde nació se ha transformado en un páramo o en un infierno es el otro dato que constituye la conciencia del que se va.

Algunos cientistas sociales han hablado de la venganza de los explotados del Tercer Mundo marchando hacia las capitales de las potencias que históricamente los explotaron. La hipótesis es tentadora y hasta justiciera pero no estoy seguro de que sea verdadera. Sostener que la riqueza del Primer Mundo proviene de la explotación del mundo colonial es por lo menos discutible. La explotación colonial no ha hecho ricas a Italia y a España. En el caso de Portugal, ha sido uno de los fundamentos de su pobreza. La revolución industrial, la base de la riqueza inglesa no es una consecuencia directa del imperio colonial. Es más, en el siglo XVIII Gran Bretaña perdió su colonia más rica y pujante: Estados Unidos. ¿Dónde está el imperio colonial que justifique la riqueza de los yanquis? ¿Y dónde las colonias de Dinamarca, Suecia, Suiza, Noruega y Finlandia, las democracias nórdicas europeas que ofrecen los niveles de calidad de vida más altos?.

No se me escapa que el tema es mucho más complejo que el enunciado que acabo de hacer. El colonialismo existió y la explotación de los más pobres fue una de sus consecuencias, pero lo que también está claro es que las clásicas formulaciones de la izquierda y el populismo son falibles y en algún punto carecen de consistencia. A los izquierdistas más obstinados les recomiendo los escritos de Carlos Marx respecto del colonialismo en la India o sobre el rol progresista de Estados Unidos en México.

Se sabe que una de las consecuencias inevitables de la inmigración es el racismo. Los integrados rechazan a los excluidos. En el siglo XX abundaron los intelectuales que se esforzaron por probar la superioridad de una raza o una religión. Hoy estos argumentos miserables carecen de sustento académico y moral, pero están muy metidos en la conciencia de amplios sectores de la sociedad. El extranjero, el diferente, es mirado con desconfianza, desprecio e, incluso, odio. Cuando la situación se torna explosiva es el chivo expiatorio.

El tema roza zonas atávicas del alma. La pulsión es fuerte y resiste los argumentos culturales más piadosos y progresistas. El inmigrante molesta, pero particularmente molesta el inmigrante pobre. En Estados Unidos o en Europa, el negro o el musulmán millonario no son discriminados. La violencia, el castigo social, es contra los pobres.

Lo que hoy sucede en Italia no es diferente a lo que sucede en otros puntos de Occidente; incluida la Argentina, donde periódicamente se levantan voces racistas contra bolivianos, peruanos y paraguayos.

Como se podrá apreciar, el desafío que plantea el siglo XXI es grande. No obstante, hay que dar la batalla, y la palabra clave para movilizar las conciencias se llama “integración”. Integración económica, social y política. Pero también integración sexual. Así por lo menos lo recomendaba Dharendorf cuando observaba que lo que derrota al racismo no eran tanto las leyes como el hecho cierto de que una mujer y un hombre de razas diferentes en algún momento decidan enamorase e ir a la cama. Cuando esto ocurre, el racismo, con sus secuelas de barbarie y odio, está fatalmente derrotado.