Palabras del autor
Palabras del autor
Hugo Lorena
Estimado lector:
Esta introducción previa al contexto poético, no tiene otra intención que intentar allanar ciertas dudas e incentivar a innumerables jóvenes, interesados, indecisos, tentados a iniciarse en el fascinante mundo de las letras, que preguntan y preguntan pero no se deciden ya sea por timidez, por falta de apoyo, por creer que no están preparados para ello, o por ignorar dónde y cómo comenzar, etc.
Creo que todos los escritores en algún momento, hemos pasado en menor o mayor grado por ese lapso de incertidumbre. No todo se perfecciona de la noche a la mañana; hay que salvar un determinado proceso en relación a ciertas pautas que se deben asimilar.
Una lógica instrucción básica, sapientes consejos, con más el permanente apoyo de escritores mayores fue, en conjunto, el acicate que necesité en mi adolescencia para ir consiguiendo mi ansiado objetivo: la “contraseña” para el libre acceso a la actividad literaria, que en principio fue de carácter poético.
“No indagues demasiado en lo académico para tu joven inquietud. La capacidad de tu percepción y de tu novel creatividad no parte de ahí, sino de tu intelecto. No se enseña a escribir, se enseña a pensar”. Aún escucho el eco de esas y tantas otras palabras ¡Cuánto bien me hicieron!
Así pues, con el ánimo de que aquellos consejos puedan resultar útiles también aquí, es que decidí compartirlos con idéntico fin: tratar de contagiar el entusiasmo por la escritura y en cierta forma minimizar esas preocupaciones, que bien pueden ser consecuencia de inexploradas... condiciones creativas.
¿Cómo dar respuesta a “esa percepción”?
El sólo hecho de percibir “ese llamado” y la inquietud por aprender a pensar y bregar por nuestra propia creatividad, es ya un incentivo. Hay que entender que la inclinación por el arte literario es condición natural del individuo, pero con eso no alcanza, “hay que cultivarla”.
Para ello, se debe estimular esa curiosidad, esa iniciativa, pugnando por un prolijo conocimiento sobre el tema específico que a la postre facilitará la necesaria concentración y reflexión, reduciendo incógnitas y técnicas dubitativas que tanto preocupan, pero que todo escritor termina dejándolas en manos de su experiencia.
Es esencial entonces tener el convencimiento de esa factibilidad comenzando desde lo básico, esto es, tratar de potenciar el dominio de tales preceptos para el empleo correcto del lenguaje oral y escrito, para en su caso, diferenciar de los clásico aquellas acepciones neológicas muy en boga en el léxico popular, aislando a su vez, ciertas anomalías y deformaciones idiomáticas propias de vicios de dicción, pronunciación, etc. (detalles más adelante), y que lamentablemente, por contagio, pueden llegar a trasladarse a la escritura.
Explicado de tal manera, pareciera que la tarea del escritor resultara demasiado compleja y riesgosa. No necesariamente. Es sí, una labor que exige más que nada determinada predisposición e idoneidad.
En todo emprendimiento es imprescindible tener una base, un cimiento donde apoyarse. Lo tiene el constructor, el ingeniero, el pintor, el artesano, etc. El escritor no es una excepción, además, en todo hay un principio y el mérito de toda continuidad dependerá del empeño y la fe puesta de manifiesto. “Si tú lo haces ¿por qué no lo puedo hacer yo?”. Este desafío puede ser un incentivo, lo demás depende de méritos propios.
Debemos convencernos de que somos capaces; no cejar hasta conseguir experiencia suficiente como para entrar a competir seriamente con nuestras limitaciones.
Conseguido ello, llegará entonces la feliz etapa de la independencia creativa, que optará por determinadas facetas de las innumerables con que cuenta el mundo de las letras.