Un hombre: treinta poemas y la nada

Por Diego E. Suárez

“La nada que nos viste”, de Roberto Malatesta. Santa Fe: Co-edición entre el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe y la Universidad Nacional del Litoral, 2010. Serie “Los premios”.

“Esto no es un libro, quien toca esto toca un hombre”. La célebre frase pertenece a Whitman y viene bien para sintetizar el espíritu con que fue compuesto La nada que nos viste.

Según sus palabras preliminares “A modo de vana explicación”, la forma que el poeta consideró más adecuada para expresarse fue “la vieja fórmula de los catorce versos”, posicionándose en una paradoja interesante, pues afirma haber hallado libertad dentro de una matriz que actualmente provocaría el rechazo de la mayoría de los versificadores contemporáneos. Sin embargo, dentro de los límites compositivos autoimpuestos, Malatesta se toma alguna que otra licencia, como alternar metros de arte mayor y menor o prescindir del artificio de la rima. Esto demuestra un trabajo concienzudo con la materia verbal y una labor comprometida con la búsqueda de la Belleza en días en que la Poesía parece haber perdido el rumbo en este terreno -que contradictoriamente es el suyo-, en medio de la confusión provocada por la liviandad artística, la ignorancia y el vedetismo mediocre que se expanden dentro del campo literario, a menudo con el beneplácito académico e institucional. En respuesta, el texto plantea una fuerte apuesta ideológica: sublimar el Lenguaje, sublimar la búsqueda de la Belleza reflexionado sobre la Palabra.

Como primera impresión, La nada que nos viste podría resultarnos un título discordante con su contenido, o teñido de cierto existencialismo negativo, pero no es tal. En el epígrafe, Artaud asegura que somos 50 poemas y el resto, la nada que nos viste. El poeta, más generoso, nos entrega 30 poemas que lo constituyen y al mismo tiempo la nada, haciéndose eco de una de las Voces de Antonio Porchia, que dice que toda cosa existe por el vacío que la rodea. Esta nada, este vacío, representado por el papel en blanco es ocupado por alguien, un hombre, que escribe.

Keats -a quien Malatesta admira y conoce bien- en una carta de 1818 le comenta a Richard Woodhouse, su editor, lo siguiente: “Un poeta es lo más apoético que existe, porque carece de identidad; continuamente está yendo hacia -y llenando- algún otro cuerpo”. Es eso exactamente lo que ocurre en las páginas de La nada que nos viste, al iniciarse cada poema de la misma manera: “Un hombre escribe...” tal palabra; “pan”, “hijo”, “padre”, “mujer”, etc. Quien escribe es “un hombre” sin más atributos que un lápiz y un cuaderno; un individuo yendo hacia -y llenando- el cuerpo de 30 palabras, eliminando el Yo y consustanciándose con el Todo. El poeta se muestra y se ve a sí mismo como un hombre enfrentándose y confrontándose con el Lenguaje.

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