De “La nada que nos viste”
Por Roberto Malatesta
Un hombre escribe la palabra realidad
Un hombre escribe la palabra realidad
y la palabra tiene filo.
La pulsa cauteloso, fue herido muchas veces
por la misma palabra que ahora escribe,
no obstante la desea.
La escribe y considera estar a salvo,
cree que al exponerla ante él se desmorona
su tiranía hiriente.
Celebra armisticios entre él y la palabra.
Pero el hombre que escribe, ni inocente ni simple,
conoce su poder, lo sabe breve,
que vive lo que dura esa corriente
que mantiene con vida la escritura.
Si deja de escribir, la palabra lo engulle.
Un hombre escribe la palabra hijo
Podría haber escrito niño o chico
y así la perspectiva lo haría más diverso,
pero teme que el vuelo le quite la tibieza
de una mano pequeña apretada a la suya.
Llega entonces la imagen de la rama podada
en la luna precisa y la explosión en ciernes.
Palabra que se quita para el bien del poema:
la mano que se suelta, así es la vida.
No deja de ser cierto que escribe esa palabra
en el lugar donde antes supo escribir amor.
Nadie mejor que él sabe, se exige buena letra.
Este hombre que imagina mientras el hijo duerme
en la pieza contigua, se gasta en la palabra,
es la piedra que el río nunca elude.
fotos de Miguel Grattier
Un hombre escribe la palabra otoño
Un hombre escribe la palabra otoño,
algo cae, se desprende y la belleza
es abandono en la ciudad desnuda.
Un hombre solo y la palabra otoño.
¿Miel o naranja amarga ruedan por las veredas?
¿O aquella misteriosa música en que flotamos?
¿Vigilia de la luz o del vacío
que agobia de manzanas los árboles musgosos?
¿Cuánto del hombre cae, cuánto se eleva
y cuánto purifica al solo árbol del alma
esa vacilación de la caída?
Otoño tras otoño tras otoño
hasta que un día ceda la palabra
y un tapiz de hojarasca la sacie de silencio.