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“El sentido social del gusto”

La ciencia del gusto y del consumo cultural comienza por una transgresión que no tiene nada de estética: en efecto, anula la frontera sagrada que hace de la cultura legítima un universo separado para descubrir las relaciones inteligibles que unen “elecciones” en apariencia inconmensurables como las preferencias en materia de música y de cocina, de pintura y deporte, de literatura y peluquería”, asevera Pierre Bourdieu en El sentido social del gusto, empeñado en rastrear elementos para una sociología de la cultura.

Se trata de once artículos, dos de ellos escritos en colaboración; el primero con Marie-Claire Bourdieu, en el que se estudia la actitud recelosa o distanciada de los campesinos respecto de la fotografía, al menos tal como pueden comprobarla en la aldea de Lesquire, en Bearne, Francia. Concluyen que, mientras la pintura introduce, con la profundidad, la temporalidad, la fotografía popular busca solemnidad e hieratismo, eliminando el accidente y lo fugaz. Así, “la fotografía que no toma y no fija más que personajes instalados, inmóviles, en la inmutabilidad del plano, pierde todo su poder de corrosión. Así, al retomar espontáneamente el mandato y la postura de los personajes de los mosaicos bizantinos, los campesinos que posan para la fotografía de casamiento parecen querer escapar del poder desrealizador -por temporalizante- de la fotografía”.

El otro artículo en colaboración es un diálogo con Roger Chartier sobre “La lectura: una práctica cultural”, donde comienzan por criticar la tendencia a aplicar la noción de lectura a la tarea, por ejemplo, de descifrar un cuadro, un ritual, un mito u otros fenómenos, que en verdad no comparten dispositivos empleados en el acto de leer textos. Señalan después otro malentendido, la creencia de que leer es despejar determinado código para hacer inteligible un texto; la de creer que leer un texto es comprenderlo, descubrir en él la clave, “mientras que, en verdad, no todos los textos están hechos para ser comprendidos en ese sentido”.

El mercado de los bienes culturales y la producción de la creencia (o del prestigio que conforma esa creencia) ocupa las páginas principales de este volumen. “Imponer en el mercado, en un momento dado, un nuevo productor, un nuevo producto y un nuevo sistema de gustos, es deslizar al pasado el conjunto de los productores, los productos y los sistemas de gustos jerarquizados bajo la relación del grado de legitimidad adquirida. El movimiento que temporaliza el campo de producción define también la temporalidad del gusto”. Publicó Siglo XXI.

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