La función de la literatura según Joyce

James Joyce en la pluma y colores de Robert Osborn.
En “Cuatro dublineses”, el destacado crítico y biógrafo Richard Ellmann (Michigan, 1918- Oxford, 1987) aborda en contundentes y breves ensayos la influencia del origen irlandés en cuatro célebres dublineses que revolucionaron la literatura: Oscar Wilde, James Joyce, William B. Yeats y Samuel Beckett. A continuación presentamos un fragmento del estudio dedicado a James Joyce.
Por Richard Ellmann
Joyce pensaba que sus libros eran estaciones de un viaje psíquico. El último, “Finnegans Wake”, era otra “incursión en territorio prohibido”, más extravagante aun, puesto que invadía la zona del lenguaje mismo, que otros novelistas han mantenido intacta. Dante obligó a la literatura italiana a utilizar la lengua vernácula en vez del latín. La invención del “finnegansueiqués” no tenía por objeto cambiar la literatura tan radicalmente, si bien ha tenido sus imitadores. Más bien aspiraba a encontrar un medio idóneo para describir el mundo de la noche, el mundo de los sueños, el mundo de lo inconsciente, el mundo de la locura. En una atmósfera así ni las formas, ni los acontecimientos, ni las palabras, pueden quedar intactos. Como dijo en una carta, “Buena parte de la existencia humana transcurre en un estado que no es comunicable mediante el lenguaje directo, una gramática preestablecida y una trama lineal”. Toda persona pasa por este estado, pero Joyce concibió además una “historia universal” en que representaría el mundo nocturno de la humanidad. Este mundo nocturno se había asociado siempre a fantasías oscuras e inconcretas, pero nadie había descrito su funcionamiento. La labor fundamental de este turno de noche de la humanidad —su trabajo involuntario, aleatorio, semiconsciente— es la continua des-creación y re-creación del lenguaje. La lingua comete lapsus, nadie sabe por qué. Nos dormimos hablando en latín y despertamos hablando en francés. Las palabras se descomponen, se combinan con otras importadas misteriosamente de otros idiomas, juegan con sus propios componentes. En un cerrar de ojos, la rosa roja se convierte en roca rota, el fénix en fenicio, un entierro en un encierro, Joyce aseguraba que trabajaba totalmente de acuerdo con las leyes de la fonética, con la única diferencia de que él concentraba en una noche ficticia las paulatinas transformaciones lingüísticas que podían tardar cientos de años en producirse. A un amigo, Jacques Mercanton, le comentó: “Reconstruyo la vida de la noche tal como hace el Demiurgo con su creación, sobre la base de un guión mental que jamás se modifica. La única diferencia consiste en que yo sigo leyes que no he elegido. ¿Y él?”. (No añadió nada más). Cuando se quejaban ante él de que los juegos de palabras a que le obligaba dicho guión eran triviales, contestaba con su célebre réplica: “Sí, mis medios son unas veces triviales y otras cuadriviales”. Cuando le decían que sus juegos de palabras eran infantiles, aceptaba encantado la presunta acusación. Se enorgullecía de no haber madurado. La voz -decía- no se le había transformado para nada en la adolescencia. “Es porque no he evolucionado. Si hubiera madurado no habría cometido la folie de escribir la “Obra en construcción’ (Work in progress)”. Siendo niño y hombre a la vez podía acceder al universo que los adultos reprimían.
De este modo, radicalizó Joyce la literatura, tanto que nunca se recuperaría. Reconstituyó la narrativa, tanto en sentido externo como interno; transformó nuestro concepto de la conciencia diurna y de la inconsciencia nocturna. Hizo que nos replanteáramos el lenguaje como producto y producción de iconografías inconscientes. No concibió estas cosas como experimentos o innovaciones, Joyce no se consideraba un experimentador. Más bien, se trataba de soluciones a los problemas literarios e intelectuales que se planteaba.
Con todo, aunque para transformar nuestra forma de pensar acerca de nosotros mismos y de los demás, así como nuestra forma de leer, necesitaba los métodos más elaborados, Joyce insistió siempre en que una cosa eran sus medios y otra sus significados. Las complejidades no eran interesantes por sí solas. “¿Es qué no ves la sencillez que hay detrás de todos mis disfraces?”, le preguntó a su mujer antes de que los dos se fugaran. Se oponía al servilismo y a la bajeza; estas actitudes se alimentaban, según él, de las ideas tradicionales sobre el heroísmo, que transformaba a hombres y mujeres en imágenes de cartón. Quería que nos conociéramos a nosotros mismos tal como somos, no como la Iglesia y el Estado nos han enseñado a creer. Cubrió de dignidad la vida cotidiana que todos compartimos. Como dijo a su hermano en una carta: “Pienso en cualquier caso que si echara un cubo en el pozo de mi alma, sección sexual, sacaría agua de Griffith, de Ibsen, de Skeffington, de Bernard Vaugham, de Saint Aloysius (San Luis Gonzaga), de Shelley y de Renan junto con la mía propia. Y es lo que voy a hacer en mi novela (inter alia) y además vaciar el cubo ante las sombras y sustancias mencionadas más arriba, a ver qué les parece; y si no les gusta, qué remedio”. No era insensible sin embargo a esas otras cualidades que las personas tienen también en común, los momentos de exaltación y lirismo, tan importantes por tan infrecuentes.
No tenía pretensiones personales. “Un hombre de escasa virtud, inclinado a las extravagancias y al alcoholismo”, así se definió ante el psicólogo Jung. Negaba su genialidad, negaba su imaginación y se limitaba a afirmar que cuando escribía su cabeza se acercaba cuanto podía a la normalidad (10 de noviembre de 1907). Deseaba que sus contemporáneos, en particular los irlandeses, se echasen un buen vistazo en su bruñido espejo —como él decía—, pero no para aniquilarlos. Tenían que conocerse a sí mismos para ser más libres y estar más vivos. ¿Qué somos, si nos desprendemos de las convenciones y consignas? Algo más, digo yo, que los bípedos de Lear. Tenemos capacidad para crear y utilizar el lenguaje, tenemos afectos y desafectos, y también tenemos humor para comprender nuestra semejanza con los demás. Dicha semejanza se advierte igual en los momentos tristes que en los alegres. La función de la literatura, según la definen Joyce y su héroe Stephen Dedalus con fervor inusitado, es afirmar incesantemente el espíritu humano, sufrimiento y alegría. Podemos “llorar a mandíbula batiente”, como él decía, cada vez que sus escritos despliegan ante nosotros este panorama.
(De “Cuatro dublineses”. Tusquets, Buenos Aires, 2010).

Sylvia Beach, dueña de la célebre librería parisina Shakespeare & Company, y James Joyce.

James Joyce retratado en 1935 por Jacques-Emile Blanche