“Edipo y Yo” con la Comedia Universitaria de la UNL

Divertida tragedia con verdad teatral

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El drama de Sófocles se patentiza a partir de una soberbia puesta en escena, en la que sobresale el desempeño del elenco de actores. Entre ellos se sacan chispas, y el espectáculo crece. Foto: Luis Cetraro

Roberto Schneider

Cuando se ingresa a la sala del Foro Cultural Universitario, seis actores vestidos con saco y corbata esperan, mientras aguardan que los espectadores se sienten en sus butacas. Detrás, un telón rojo como la sangre es el marco ideal para que después, cuando todo esté ordenado, los seis realicen un delirante play back del “Aria del Dueto de las Flores”, de la ópera “Lakmé” de Léo Delibes. Así se inicia la magnífica puesta en escena de “Edipo y yo”, de Edgardo Dib, a partir del clásico “Edipo Rey”, de Sófocles.

Esta tragedia griega no se podía dar tal y como está escrita, había que acercar el texto, las formas, para que fuera mucho más asequible al público en general. La pieza podía ser actualizada de manera sencilla y llegar de una forma más clara por el momento que atraviesa nuestra sociedad. Ésta es una obra eminentemente política, pero también de alto contenido social. Trata de relaciones de poder; sobre todo aborda un tema básico, que es la sensación de que la gente muy dejada cree que todo está en manos del gobierno, que algunas personas no toman decisiones sobre su propia vida. Y es también un alegato contra la violencia.

Edipo, como tantos otros personajes trágicos griegos, ha pasado a ser un arquetipo susceptible de ser llenado con contenidos novedosos. Edgardo Dib, catador incomparable de temas que le permitieron realizar un análisis del funcionamiento del poder político y de los estragos que causa la tiranía, acentuó en su versión el análisis del trasfondo social subyacente a estos conflictos, haciendo de la tragedia sofocleana un drama político. Y con humor, mucho humor. Entonces, el resultado de la confluencia del trabajo de este dramaturgo santafesino sobre el legendario tema, da como soporte un texto que, sin perder su tremenda fuerza trágica, es a la vez un vasto retablo en el que se analiza el porqué de ciertas decisiones que llevan a la ruina de los pueblos. Al pueblo griego, en el plano anecdótico; en el sentido más amplio y ejemplar a cualquier pueblo.

Dib se da el gusto de citarse a sí mismo con otros textos escritos y realizados por él. De manera harto inteligente, incluye citas intertextuales, como por ejemplo de “La gaviota”, de Chéjov (“alguien que no tenía qué hacer mató esta gaviota”); del “Hamlet”, de Shakespeare (“dormir, soñar, morir, qué más”); de “La casa de Bernarda Alba”, de García Lorca (la escena de la muerte de Yocasta es textualmente la muerte de Adela); de “Antígona”, de Sófocles (el comienzo de su monólogo cuando Antígona va a enterrar la gaviota); de “Esperando la carroza” (“me cagó el loro”) o de “Así es la vida” (“hay que agrandar la mesa”... “hay que achicar la mesa... vengan todos más cerca”).

También citas de sus anteriores espectáculos, como “La casa del campo” (se dice que el criado de Layo es “de la casa del campo”); la Antígona de Marechal (en la puesta se trabajaba sólo con palas; en Edipo, Yocasta reta a Antígona por “andar con palas de aquí para allá... Eso hacía mi Antígona”), “La casa Alba o la otra orilla del mar”, “La verdadera historia de Margarita y Armando” (la tos y las escupidas de sangre de la Doncella en su corbata).

Hay que aplaudir en esta versión la sinceridad y la noble espectacularidad de la puesta en escena. Dib subraya el texto de base de Sófocles con vigor, utilizando con inteligencia los elementos anacrónicos pero, sobre todo, haciendo que sus actores se entreguen con auténtica pasión a las palabras llenas de amarga sabiduría y de angustiosa hermosura del nuevo texto escrito por él: el hábil uso de los pocos actores, el ágil movimiento escénico, la belleza de las ilustraciones musicales -además de la citada al comienzo, se escucha “Arrullo de Dios”, interpretado por Libertad Lamarque en la película homónima protagonizada por ella en México en 1966-. Sabiamente se mezclan narración y representación; se rompen posibles identificaciones con personajes o situaciones mediante cambios de ritmo, realizando ante la vista de los espectadores las mutaciones escénicas y, lo más brillante, desdoblando la interpretación de personajes protagónicos, como Edipo y Yocasta.

Lo más peculiar del espectáculo es, tal vez, la irreverencia de la totalidad. Pero es una irreverencia que da en la tecla porque es un concepto teatral que acerca a los espectadores. “Edipo y Yo” es, en las manos de la Comedia Universitaria de la UNL, un juego. Una ensalada con los mejores aderezos de estilos, un modelo para armar en el que se mezclan códigos expresivos de fuerte impronta.

Para sumar categóricamente los puntos más salientes están los seis actores, que realizan una verdadera cabalgata de talento interpretativo. Rubén von der Thüsen está particularmente maravilloso en los diversos roles que interpreta (todos son Edipo, tres son Yocasta, otros son soldados, otros sirvientes y ésa es la riqueza mayor). Su Yocasta, plena de exquisitos matices es lo suficientemente delirante y hace que los espectadores sigan su performance. Raúl Kreig no se queda atrás. Sostener que es un actor “emblemático” ya no es noticia y su labor ratifica virtudes conocidas, porque como siempre certifica que es uno de los mejores actores del medio. Disfruta de lo que hace: es un Edipo conmovedor y una Yocasta perfecta, entregada al delirio total. Claudio Paz es un Edipo ejemplar y una Yocasta que en el momento más trascendental emociona sin estridencias. Su voz resuena para decir lo que a veces pocos quieren escuchar. Sergio Abbate también compone varios personajes con una ductilidad de indiscutida y emotiva entrega y Marcelo Souza y Guillermo Frick entregan verdad y emoción a sus comprometidos personajes. Los rubros técnicos fueron cubiertos con exactitud por el mismo Dib, Mario Pascullo y Verónica Bucci.

El teatro de Sófocles fue un teatro ejemplar, con pocas concesiones humanas, en el que los hombres eran un boceto de imitación de las leyes eternas. Pareciendo ya las leyes menos eternas, se muestra aquel invento al lado de estos lodos. Y es, ya lo hemos dicho, la irreverencia, la ironía, el juego. Y la cercanía. Está el teatrino, que se abre maravillosamente para invitar a la participación. En ello radica uno de los mayores méritos de este trabajo. Una versión que puede parecer arriesgada, que es -por suerte- poco convencional y que gana por amplia mayoría a un clásico puesto de manera aburrida. Cuando el telón se cierra, la larga ovación no se hace esperar.