Señal de ajuste

La familia se divide

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Roberto Maurer

La expresión “colonia artística” viene del fondo de la historia, y quienes se familiarizaron con las revistas Sintonía, Antena o Radiolandia no necesitan aclaración respecto del universo que definía. El vocablo “colonia” es inocente y remite a la convivencia entre labriegos, niños o vertebrados inofensivos. Ninguno de sus miembros atacaba al otro, al menos no trascendía, o no se permitía que trascendiera en épocas de listas negras. “Había respeto”, habría dicho cualquier integrante de un clan siciliano, lo que mirado desde otro lado también podía significar hipocresía.

Con la tele, apareció la expresión “farándula”, sabiamente excluyente, ya que se limitaba a la población frívola donde se gestan escándalos a veces artificiales, en tanto son simulacros promocionales, y cuya manifestación más común era la “guerra de las vedettes”, claro, cuando las había en función de un sistema de jerarquías profesionales, ya que, hoy, solamente se percibe la existencia de gatos que quieren llegar lejos.

LA INCONSISTENCIA DEL ÍDOLO

Por otro lado, el “mundo del espectáculo” es una tierra donde el exitismo de los medios porteños levanta totems que nadie se atreve a cuestionar. Por ejemplo, nos obligan a aceptar que Adriana Varela es una gran cantante de tangos, cuando, por ejemplo, en su versión de “Naranjo en flor” puede ser confundida con Juan Carlos Baglietto. El día que se muera Cacho Castaña, será velado en la Catedral Metropolitana, obviando sus milagros de bragueta. Y se nos involucra en causas nobles: si Charly García tiene una recaída, se nos dice que en “este momento todos debemos ayudarlo”, y uno se pregunta cuál es la forma en que un toba de Formosa puede ayudar a Charly García.

Las personalidades de nuestra “colonia artística” no suelen ser consistentes en su compromiso. Por recordar, un actor perseguido como Pepe Soriano, al principio de la democracia fue a confesar su arrepentimiento al programa de Neustadt, golpeándose el pecho mientras teatralmente afirmaba “yo estaba loco”. Al mismo espacio y en la misma época, volviendo del exilio, Nacha Guevara también acudió a Neustadt para admitir que había llevado una vida equivocada, refiriéndose a los recitales a beneficio de los familiares de presos políticos. Y, dígase, Neustadt no era el confesor indicado. Más que autocríticas, se trataba de mea culpas: la autocrítica es la revisión inteligente de un comportamiento que pudo ser erróneo.

Son perfiles altos e intocables. Palito fue un ejemplo de la dictadura, con beneficios económicos, y sigue siendo un modelo, ahora como patrono de los rolingas descarriados.

LUPPI

El “mundo del espectáculo” ha sido un charco del cual nadie sacaba los pies. Esa suerte de complicidad alimentada por el exitismo mediático se ha roto: para las celebrities se ha creado un espacio de confrontación política. Caen máscaras, pero no hay discusión de ideas, sino trapos sucios. Algunos efectos colaterales son positivos. Por ejemplo, los medios porteños siempre impusieron a Federico Luppi como un gran actor. Nadie se hubiera atrevido a decir la verdad: Luppi es mediocre, y debería mejorar su dicción o cambiar su mecánico dental.

Gracias a esta “guerra”, al fin, alguien lo dijo. “Siempre hizo de sí mismo”, expresó Jorge Lanata en su programa del 26. Y luego se metió con imprudencia en la vida particular: “Siempre se supo que era golpeador”, a la vez que mencionaba la negativa del actor a reconocer un hijo en Uruguay, según la denuncia de Luis Ventura, cuyos detalles ofreció en la mesa de Mirtha Legrand, a la vez que recordaba cuando, en la redacción de Crónica, en los ‘80, recibía a Haydée Padilla, ex de Luppi, llena de moretones.

También se puede recordar que Luppi fue cómplice de una trampa cuando, para participar en el Oscar, se inscribió como uruguaya la película “Un lugar en el mundo”, que, paradojalmente, era una prepotente interpelación ética. Por cierto, Lanata estaba descalificando la autoridad moral de Luppi para sostener que Mirtha Legrand es una “ignorante” de gran pobreza espiritual. Luppi parece haberse dado cuenta un poco tarde, ya que concurrió a los almuerzos durante treinta años. Y sería más interesante escuchar la opinión de Luppi sobre mafiosos como Pedraza. ¿En qué cambió Luppi? Ahora está del lado del poder, y repite el discurso del poder.

COMPROMISOS INTERESADOS

El fenómeno de estos sinceramientos fue provocado por el oficialismo. Los compromisos de los famosos no son desinteresados: hay prebendas del poder a las cuales en su flojedad esencial, nuestros artistas son sensibles. Encuentran trabajos en los medios del gobierno y se alinean aprovechando la feliz coincidencia entre los “ideales sociales” y sus intereses particulares. Si se tratara de idealismo, también podrían acercarse al Polo Obrero. Además, atacar a Mirtha Legrand es una vieja forma de obtener una chapa progresista, sin consecuencias.

En el ocaso, Andrea del Boca encontró su lugar en el mundo, en forma de palco oficial: hasta no hace mucho era muy difícil imaginarla en el Ejército Zapatista. Y Marilina Ross no aceptó la invitación con Legrand porque no coincidía con sus ideas.

Es novedoso, y estimulante. Hasta ahora las ideas eran privativas de los intelectuales, y parecen haber llegado a las orillas de ese charco conformista de aguas estancadas del “mundo del espectáculo”. Eso sí, en lugar de alarmarse por las “divisiones”, bien podrían aprender a debatir seriamente esas ideas.