¿Es la Argentina un país viable para un desarrollo equilibrado? (X)
¿Es la Argentina un país viable para un desarrollo equilibrado? (X)
Los egoísmos del liberalismo capitalista
Alberto E. Cassano
Establecidas las bases de una filosofía política basada en el personalismo, el bien común y el humanismo integral, el paso siguiente es responder a la siguiente pregunta: ¿simpatizar casi totalmente con la teología de la liberación que ha sido “como mínimo” desaconsejada por el entonces cardenal Ratzinger (dado que hoy las “herejías” serían demodé) y mi firme adhesión al comunitarismo de Maritain, conlleva la posibilidad de estar separado del cristianismo?
La respuesta se encuentra sin mucho trabajo en el pensamiento de Fray Lebret o.p. y Paulo VI, en mi opinión, salvo el breve pontificado de Juan Pablo I, el último Pontífice moderadamente progresista que ha tenido la Iglesia. Y en particular su pensamiento en la excepcional encíclica Populorum Progressio.
Fray Lebret, dominico de la orden de los predicadores, tuvo una preponderancia excepcional tanto durante el pontificado de Juan XXIII, como en los documentos más importantes del Concilio Vaticano II (para remarcar las fuentes patrísticas de la relevancia de los pobres) así como en la redacción de la encíclica más importante del Papa Giovanni Montini, para la cual fue su principal asesor. Pablo VI tuvo a su cargo, por designación de Juan XXIII, la organización del Concilio Vaticano II.
Lebret vivió antes en América Latina, Senegal, Vietnam, Ruanda y el Líbano, de modo que tenía también una visión muy clara del convulsionado Tercer Mundo. Y trabajó de joven, durante diez años al lado de los pescadores explotados por los grandes monopolios, en las costas europeas del Mediterráneo y el Atlántico.
En muchos de sus documentos anteriores a la encíclica, ya se encuentran las palabras: Progreso Humano. Y ellas siempre están relacionadas con una economía más humana conduciendo al desarrollo de los hombres y mujeres dentro del conjunto de la humanidad, creciendo en lo personal, lo social, lo económico, lo intelectual y lo espiritual. Y aunque él tomaba como modelo a Cristo, le interesaba el crecimiento en todo el universo sin distinción de creencias, por las formas muy extrañas e inescrutables que pensaba que tenía Dios para llegar a todos. Son de Fray Lebret las palabras “es tan malo ver sufrir a los que no tienen, como observar la falta de conciencia de los que tanto tienen”.
Lo que he venido argumentando sobre la pobreza basta leerlo en los escritos de Paulo VI cuando dice, y el resumen es mío, “que las auténticas aspiraciones de los hombres son verse libres de la miseria, hallar más seguridad en su propia subsistencia, acceder a la salud y una ocupación estable; participar más todavía de las responsabilidades fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofendan su dignidad; ser más instruidos, conocer y tener más, para ser más. Y sin embargo gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones que hacen ilusorio este legítimo deseo”.
Y continúo sintetizando, “La gran dificultad es enfrentarse con la dura realidad de la economía moderna. Dejada a sí misma, su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no una atenuación, de la disparidad de los niveles de vida. Al mismo tiempo, los conflictos sociales se han ampliado hasta tomar las dimensiones del mundo. A estos, se añade el escándalo de las disparidades hirientes, no solamente en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder”. “Mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población, pobre y dispersa, está privada de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad, y aun muchas veces incluso viviendo en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana”.
No todo lo escrito por Paulo VI me satisface totalmente; de suyo como lo dijo hace muy poco el papa Ratzinger, los pontífices no están libres de cometer errores. En mi opinión, tal vez el mayor de todos los incurridos por el reconocido en Milán como “obispo de los trabajadores”, fue designarlo a él cardenal en junio de 1977.
Puedo ahora, continuar con mis síntesis: “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Por ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre”. Y citando a su principal asesor (Lebret) continua: “Nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, del desarrollo de las civilizaciones en que el hombre está inscripto. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera”.
Y en un resumen muy apretado: “Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente éste o aquel hombre, sino que todos los hombres están llamados a este desarrollo pleno. Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber. Las carencias materiales de los que están privados de lo mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo, las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones no son humanas”.
“Y sobre todo son en cambio más humanas, el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Y más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos de su trascendencia a Dios”. Y agrego, al menos en el que él crea.
De modo que mis posiciones respecto de la pobreza y las obligaciones de los que más tienen para con ella que, en mi opinión, ha pasado a formar parte del “Cuarto Mundo”, no me pueden privar de mi convencimiento como comunitarista cristiano, por lo menos mientras las citas anteriores no sean desautorizadas. La doctrina tan felizmente expuesta por Pablo VI, en la Pascua del año 1967, ya ni se preocupaba por condenar extensamente al comunismo. Lo daba por hecho. Y en cambio señalaba con extrema crudeza las maldades del liberalismo capitalista. Muy pocos parecen haber escuchado este llamado.
(Continuará)