Política y economía en Latinoamérica
El nuevo año exhibe un panorama económico y financiero contradictorio para América latina. Si bien en la región el impacto de la crisis financiera mundial fue atenuado por el crecimiento de las exportaciones, en diferentes países estos beneficios de la coyuntura no han logrado disimular la crisis. El caso más notable es Cuba, donde el dictador Raúl Castro acaba de anunciar un ajuste que haría empalidecer al neoliberal más ortodoxo.
También se suma a la lista de los ajustes el supuesto socialismo indigenista de Bolivia. En este caso, el presidente Evo Morales se vio obligado a dar marcha atrás con un tarizafo que provocó las furias de la población y las consecuentes manifestaciones callejeras. En la misma línea de crisis debe sumarse a Venezuela, donde Hugo Chávez decidió poner punto final al sistema cambiario desdoblado, devaluando un sesenta y cinco por ciento el tipo preferencial de cambio con el que subsidiaba los artículos importados de primera necesidad.
En la Argentina, la crisis tiene su propia traducción. Si bien los recursos exportables han crecido y las tasas de interés son más bajas que la inflación real, los problemas del aumento del costo de la vida, la inflación, la crisis energética del verano y la baja tasa de inversión siguen siendo problemas latentes que sólo los irresponsables pueden minimizar.
Los problemas crónicos y estructurales de la economía argentina, agravados en los últimos tiempos con políticas económicas desatinadas, no se resuelven con discursos triunfalistas o la exhibición de cifras económicas descontextualizadas y poco creíbles. Tampoco alentando a sectores parasitarios, suntuarios y rentísticos de la economía mientras se posterga para un futuro indefinido una verdadera y efectiva estrategia de desarrollo, proclamada por algunos gurúes del oficialismo pero que nunca termina de concretarse en la práctica.
El panorama es distinto en Chile, Uruguay, Brasil y Perú, países que han erradicado la retórica ampulosa del “Socialismo del siglo XXI” y en los que se instrumentan políticas contra la pobreza que no implican la liquidación de los ricos; antes bien, alientan la inversión productiva como parte del esfuerzo por construir sociedades más balanceadas y justas. En estas versiones modernas del socialismo, la política no está reñida con el diálogo ni con la prosperidad de sectores que son importantes para la competitividad internacional de esos países.
No deja de llamar la atención cómo en el segmento de naciones supuestamente liberadas de la explotación capitalista, la pobreza crece y se expande. Como dijera un reconocido cientista político, estas versiones más o menos perversas del populismo se distinguen por liquidar a los ricos y a la generación de riquezas, al tiempo que multiplican la pobreza. Camino distinto es el recorrido, por ejemplo, por Lula en Brasil, quien logró satisfacer las expectativas de los pobres y los ricos en el marco de la ley y de la moderada, sensible e inteligente intervención estatal.




