Mesa de café
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Historias de verano

Remo Erdosain
—Lo que tiene de bueno el verano en Santa Fe es que los bares a la tarde están casi vacíos- dice Marcial dejando pasear su mirada por el local.
—Lo que tiene de bueno -replica Abel- es que ahora todos los bares tienen aire acondicionado y es como si el calor nos diera una tregua.
—La que nos está dando una tregua es la EPE digo yo- que este verano se ha portado bastante bien.
—No tanto, no tanto -dice José-. En los barrios y en la zona de Rincón los cortes de luz son cada vez más largos.
—Es que hasta que la EPE no se privatice -dice Marcial mientras me guiña un ojo- siempre vamos a tener problemas con la luz.
—A esta altura del siglo XXI todavía hay que escuchar las burradas de los liberales. Tuvieron toda la década del noventa para hacernos probar su medicina y nos dejaron en pampa y la vía -dice José levantando un poco el tono de la voz.
—Las pocas cosas que disfrutamos en estos tiempos son gracias a las inversiones que se hicieron en la década pasada -refuta Marcial.
—No nos enredemos en discusiones que no tienen arreglo y hablemos de cosas más edificantes -dice Abel.
—¿Por ejemplo? -pregunta Marcial.
—La imputabilidad de los menores -responde Abel- yo creo que es el tema que merece discutirse.
—Yo pienso al revés -digo- porque creo que justamente es el tema que no debe discutirse ahora.
—¿Y se puede saber por qué? -pregunta José que acaba de hacerle señas a Quito para que sirva otra vuelta de lisos.
—Porque este es un año electoral y discutir estos temas en medio de una campaña es lo peor que nos puede pasar.
—Yo no creo que bajar la edad de imputabilidad para los menores sea la solución -dice José.
—En estos temas no hay una única solución, hay un conjunto de soluciones -dice Marcial-. Bajar la edad de imputabilidad no resuelve el problema, pero a mi criterio el problema tampoco se resuelve dejando la imputabilidad en 16 años.
—¿Y entonces en qué quedamos? -digo.
—Quedamos que hay cosas que se deben hacer simultáneamente -insiste Marcial-. Lo que pasa es que en este país a muchos les da un trabajo enorme caminar y masticar chicle al mismo tiempo.
—Yo creo que no se puede victimizar a los chicos -insiste José.
—Repito una vez más -digo- los chicos que van a ser sancionados son los que cometen delitos de sangre. Es más, yo creo que bajar la imputabilidad es una garantía para los chicos porque serán juzgados como corresponde y liberados de tutelas sospechosas.
—Es otra manera de ver la cosa -dice Marcial-. De todos modos, a mí me parece que el Estado tiene la obligación de proteger a las verdaderas víctimas de los delitos y que el límite a toda comprensión es el crimen, el delito de sangre. Cuando un menor mata tiene que ir preso, a un reformatorio, a un instituto especial, pero no puede estar en la calle porque es menor.
—Lo que no se puede es arruinarle la vida a un chico porque metió la pata -dice José.
—Que se jorobe -responde Marcial- ese chico supuestamente inocente del que vos hablás le arruinó la vida a una familia, a una madre, a un padre, a un hijo. Yo lo siento mucho, pero tiene que pagar, entre otras cosas porque él era conciente de que estaba cometiendo un delito.
—Hacerlo pagar es asegurarse de que va a ser un delincuente para toda la vida -dice Abel.
—No tiene por qué ser así -digo-. El razonamiento de Abel es falso. Si así fuera tampoco deberían ir a la cárcel los mayores porque se sabe que las cárceles son escuelas del delito. Lo que hay que hacer es mejorar la calidad de las cárceles y los institutos de rehabilitación al menor, pero en todos los casos el asesino no puede andar suelto por la calle.
—Yo creo que la gente se enoja por los delitos de los menores porque después se enteran de que fueron dejados en libertad -dice Abel.
—Yo creo que la gente no sabe que el hecho de que no sean imputables no quiere decir que necesariamente sean dejados en libertad -asegura José.
—Discrepo -dice Marcial- y discrepo porque si bien el juez puede decidir internarlo, también puede decidir dejarlo a cargo de los padres y esa facultad la puede hacer con bastante discrecionalidad. A un conocido un menor le mató el hijo y a los tres meses andaba en la calle como pancho por su casa. El argumento del juez: hay que darle una oportunidad. ¿Y qué oportunidad tuvo el muerto? ¿Y qué consuelo tienen los padres que ven al asesino de su hijo pasearse por la ciudad como si fuera un prócer?
—Yo creo que estamos tocando la guitarra -digo- y hablando de temas jurídicos que son bastante complicados.
—Estamos hablando en un bar, no dictando cátedra -advierte Marcial- pero por más vueltas leguleyas que haya lo cierto es que la gente está harta de que los asesinos al otro día sean dejados en libertad.
—Yo creo que no es para tanto -responde José- porque según las estadísticas confiables sólo el uno por ciento de los delitos son cometidos por menores de 16 años y el dos por ciento por menores de 18. Lo que pasa es que los medios de comunicación baten parche todo el día y le calientan la cabeza a la gente.
—Lo que a ustedes no les conviene -dice Marcial- es que se sepa que la gente no vive en el Paraíso que nos pinta la propaganda oficial, tampoco quieren que se sepa que la inseguridad crece y que las estructuras del Estado son inservibles para poner límites.
—El gobierno nacional no es capaz de ponerle límites a los ladrones de abajo y tampoco a los ladrones de arriba -dice Abel.
—Estamos haciendo todo lo posible para resolver los problemas -contesta José- hemos creado, por ejemplo, el Ministerio de Seguridad.
—Para perseguir a los policías, no a los ladrones -chicanea Marcial- pero, ¿no es que ustedes decían que la inseguridad era una sensación?
José sigue hablando sin contestarle, como si no lo escuchara, mientras Quito deja otra tanda de lisos en la mesa: —Los aviadores que trasladaban una tonelada de cocaína están presos.
—Los metió presos España, no la Argentina -dice Abel.
—Hemos pasado a retiro a quienes estaban a cargo del Aeropuerto de Morón ¿Qué más quieren que hagamos?
—Que expliquen, por ejemplo, no como salió la droga para España, sino cómo entró a la Argentina -dice Marcial.
—Que expliquen por qué Ricardo Jaime sigue en libertad -digo.
—O que expliquen por qué De Vido sigue libre.
—Ustedes no quieren que demos explicaciones -responde José- lo que quieren es destituirnos, que no es lo mismo. Ustedes si pudieran golpear las puertas de los cuarteles para dar un golpe de Estado lo harían sin ningún problema... como no pueden hacerlo quieren dar un golpe mediático.
—No comparto -dice Marcial.