Un santafesino en la ruta del Quijote

Por caminos manchegos y andaluces

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Para los argentinos, la batalla de Bailén tiene importancia histórica porque fue el real bautismo de fuego del joven oficial José de San Martín, allí ascendido con honores.

Por Rogelio Alaniz

 

De Madrid a Córdoba hay alrededor de 400 kilómetros. Se puede viajar por autopista o por autovía. Un detalle para tener en cuenta: en las las autopistas se paga peaje, pero no en las autovías. Llevo recorrido más de mil kilómetros por el sur de España y hasta ahora no he pagado un peso. Sin exageraciones puedo decir que la más modesta de las autovías españolas, está en mejores condiciones de tránsito que nuestras autopistas. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Yo ya lo hice.

De todos modos, prefiero viajar por las viejas rutas que, dicho sea de paso, están en perfecto estado y por supuesto, no hay ninguna cabina de peaje ejerciendo derechos feudales sobre los viajeros. Le comentaba a un amigo que entre Santa Fe y Rafaela sobreviven cabinas de peaje levantadas para que los intendentes y los presidentes de comunas puedan repartir puestos de trabajo entre su personal y no lo podía creer. Le contesté que yo tampoco lo podía creer hasta que lo vi.

Las viejas rutas, además de gratuitas y seguras, permiten conocer la España profunda, la España de los pequeños pueblitos, las aldeas que como la canción de Serrat todavía siguen colgadas de un barranco, aunque las casas son viviendas confortables levantadas en los últimos treinta años.

La España que se conoce desde las rutas comunales es también moderna, porque en este país el desarrollo ha llegado a todas partes y me atrevería decir que sus consecuencias han impactado hasta en las cuevas de los gitanos construidas desde tiempos inmemoriales en las aldeas de las montañas.

Como todo país desarrollado, España preserva sus tradiciones con las tecnologías más avanzadas de su tiempo. De Madrid a Toledo no hay mucho que ver, salvo la ciudad vieja de Toledo que sigue siendo una maravilla medieval, pero es una maravilla que podemos apreciar porque el Estado aporta recursos para preservar edificios y monumentos. La moraleja hay que aprenderla: no hay tradiciones sin esa intervención, sin una deliberada política pública. Paradójicamente, un país que quiera ser leal a sus tradiciones debe ser moderno, porque tradiciones sin modernidad dan como resultado ruinas degradadas, pueblos fantasmas.

Saliendo de Toledo se ingresa en la llamada ruta del Quijote, así bautizada en un recordado libro de Azorín. Dicho en términos geográficos, de Castilla se pasa a La Mancha, a las llanuras inhóspitas de la Mancha, cuyo exclusivo valor histórico es haber sido el escenario de las poetas del Quijote y su escudero Sancho. La llamada ruta del Quijote es una ‘invención turística‘ muy bien pensada. Para disfrutarla, es necesario haber disfrutado previamente del libro. Sólo así es posible entender el significado de pueblos y lugares como Argamasilla de Alba, Puerto Lápice, la Cueva de Montesinos, Villanueva de los Infantes, Campo de Calatrava o el Toboso. Mientras el auto avanza por la ruta, uno regresa a la novela, al paisaje de la novela, y en algún momento vive la ilusión de que todo aquello fue cierto. El pasaje de la literatura a la historia en este caso no deja de ser sorprendente. El Quijote y Sancho no existieron, los batalla contra los molinos de vientos tampoco, y Dulcinea fue la fantasía de un escritor agobiado por las penas y las deudas. Sin embargo, cuando se está allí, parece que todo aquello pudo haber sido cierto y que en cualquier momento, en la línea del horizonte, veremos asomarse la estampa del hidalgo caballero acompañado por su obediente y sensato escudero.

Alguien podrá decir que todo esto no es más que un cuento para sacarle plata a los turistas. Tienen derecho a decirlo. La “ruta del Quijote” está pensada para mantener una ilusión y vender postales, fotos, souvenires y platos de comidas en posadas y mesones reconstruidos como en los tiempos de Cervantes. Todo esto es así o puede ser así, pero cuando un pretexto está tan bien hecho, no tengo ningún problema en hacerme cómplice del ‘engaño‘. Yo lo hice y lo pasé muy bien, entre otras cosas, porque me sirvió para recuperar las imágenes de la novela en el mismo escenario de la novela. Al respecto, le comentaba a mi mujer que seria interesante reflexionar acerca de las singulares relaciones entre la literatura y la historia. El día anterior habíamos estado en la Puerta del Sol recordando que en esa misma plaza, doscientos años antes, el 3 de mayo de 1808 para ser más preciso, el pueblo madrileño se había convocado para oponerse a la ocupación española. Ese escenario que ahora contemplaban nuestros ojos es el que seguramente habían visto los ojos de los hombres y las mujeres que salieron a la calle a luchar contra la invasión. ¿Qué diferencia había entre ese hecho “verdadero” ocurrido hace más de dos siglos, y el paisaje de la Mancha recreado a través de la literatura y de dos personajes que pertenecen a la ficción, pero que de alguna manera ya son parte de la historia?. Para la imaginación, ¿D’Artagnan es menos real que Richelieu? ¿Madame Bovary posee menos consistencia histórica que madame Pompadour? ¿Alonso Quijano es menos importante que Cervantes? Para pensarlo. Por lo pronto, queda claro que las diferencias entre la historia y la literatura consisten en que en un caso se trata de personajes reales, mientras que en el otro son ficticios. La diferencia es tan clara que resulta casi obvio enunciarla, pero, ¿es tan obvio establecer relaciones secretas entre la ficción y la historia? ¿Se puede admitir a libro cerrado que la historia es la verdad y la ficción la mentira?

Continuamos el viaje en dirección a Córdoba y en la provincia de Jaén, la de los andaluces inmortalizados en el poema de Miguel Hernández, los letreros informan que nos estamos aproximando a la ciudad de Bailén. La computadora que todos llevamos, y que se conoce con el nombre de cerebro, enseguida registra la batalla y por supuesto no quiero privarme de la satisfacción de contemplar de cerca el paisaje donde los hombres pelearon y murieron aquel 19 de julio de 1808.

Para los argentinos, la batalla de Bailén tiene una triple importancia histórica: fue la primera victoria de las tropas españolas contra los ocupantes franceses, fue la primera derrota de los ejércitos de Napoleón en España y en Europa y, por último, fue el real bautismo de fuego del joven José de San Martín. Para ser sinceros, digamos que San Martín ya había participado en otras batallas, pero ésta fue la más importante de su carrera militar española.

En Bailén pelearon más de 35.000 hombres. Digno y fastuoso escenario para la consagración de un héroe. El ejército francés estaba dirigido por el general Pierre Dupont y el español por el general Francisco Javier Castaños. San Martín fue ayudante de campo del mariscal Coupigny. Unos días antes se había destacado por su participación en una carga de caballería contra una patrulla francesa. Su coraje y su temple le valieron los honores que le abrían hacia el futuro una interesante carrera militar al servicio de la Corona. Por entonces, San Martín todavía no sabía cual habría de ser su destino. En mayor o en menor medida, a todos nos suele pasar más o menos lo mismo.

La ciudad de Bailen recuerda aquella batalla y el nombre de San Martín está presente; no es el más importante, pero está. Un cántaro de agua agujerado por las balas es el símbolo de la ciudad y alude a María Bellido, quien con otras mujeres calmaron la sed de agua de los soldados españoles en una jornada que los cronistas recuerdan como agobiante. Como se podrá apreciar, nuestras célebres “Niñas de Ayohuma” contaban con ilustres predecesoras.

Llegamos a Córdoba alrededor de las cinco de la tarde. Para un argentino, el nombre de Córdoba se asocia con una realidad concreta. Córdoba es la ciudad de la reforma universitaria, la protagonista de la Revolución Libertadora y el Cordobazo, la inventora de ciertas destacadas vulgaridades como el cuartetazo y los cuentos cordobeses, y, en definitiva, una de las provincias más importantes de nuestro país.

No hace falta ser historiador para saber que ese nombre está puesto en homenaje a la ciudad que fue fundada por los romanos siete siglos antes de Cristo y que le dio a la historia de las letras y la filosofía personajes como Séneca y Lucano. O a la ciudad conquistada en el siglo VII por los moros y que se transformó en uno de los centros intelectuales y artísticos más importantes de su tiempo. Pero eso ya es otra historia.

La “ruta del Quijote” está pensada para mantener una ilusión... pero cuando un pretexto está tan bien hecho, no tengo ningún problema en hacerme cómplice del “engaño”.