37a. EDICIÓN DEL MEGAEVENTO LITERARIO
37a. EDICIÓN DEL MEGAEVENTO LITERARIO
El día que Vargas Llosa habló
en una Feria que será la suya

Unas dos mil personas que se quedaron sin ingresar al acto siguieron el discurso desde las tres pantallas gigantes habilitadas en otras salas.
Foto: DYN
Sol Lauría, desde Buenos Aires
Después de la polémica que generó su presencia, del pedido de un grupo de intelectuales K para que no inaugurara la Feria y de que el jefe de Gabinete dijera que le daban “vergüenza ajena” las “estupideces” que dice, Mario Vargas Llosa habló. Habló, también, después de que ningún escritor argentino quisiera subir al escenario que dejó habilitada la muestra y de ser él mismo la excusa para el blanqueo de un antiguo antagonismo entre los gobiernos nacional y porteño, un día antes, en el acto de inauguración. Y después de pasar un día de campo, con asado y bailes folclóricos incluidos, en una estancia de San Antonio de Areco. Y después de ser declarado ciudadano ilustre de la capital por un ministro macrista.
Habló Mario Vargas Llosa en la 37a. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en un país cruzado por la crispación electoral, ante una cantidad inusitada de medios internacionales que solicitaron acreditación, mientras las dos mil personas que se quedaron sin ingresar al acto siguieron el discurso desde las tres pantallas gigantes habilitadas en otras salas. Habló ante una Rural en paz, sin grupos de choque kirchneristas y con algunas pancartas de partidos liberales que le daban la bienvenida. Habló y dijo: “Mi agradecimiento a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición a favor de la libertad de expresión se contagie a todos sus partidarios y guíe su propia conducta de gobernante”.
Así respondió el Nobel de Literatura, de impecable traje gris, camisa blanca con gemelos, con un par de hojas en la mano, parado en un atril frente a un salón en el que no cabía ni un alfiler y no volaba una mosca. Sin polemizar, con sutiles críticas al pretendido freno, habló y cosechó aplausos de una platea de 900 personas hipnotizadas. El primero, cuando a los dos minutos de comenzar se refirió a la presidenta argentina y, luego, uno más, cuando abogó para que esa tolerancia la practiquen todos los que la siguen.
Dijo estar feliz de estar ahí, en esa ciudad que tiene una “relación recóndita” con los libros, “comparable sólo con París”, que advirtió por primera vez hace medio siglo: “Buenos Aires era una ciudad de librerías, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa”.
“Los libros representan la diversidad humana”, soltó a propósito del “episodio”, y siguió: “Leer nos hace libres, a condición de que podamos elegir los libros que queremos leer”. Y que “ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas” y nos hacen dar cuenta de que en realidad “los otros, somos nosotros mismos”. Tercer aplauso para lo que algunos entendieron como una reprobación subliminal.
LA LIBERTAD Y LOS LIBROS
Sereno y cálido, agregó que como los libros son un testimonio inapelable de las carencias de la vida, no sorprende que despierten la “desconfianza absoluta de quienes se creen dueños de las libertades absolutas”. Cuarto aplauso. Con Patricia Llosa y María Kodama, la mujer de su admirado Jorge Luis Borges, siguiéndolo desde la primera fila, hiló historias de los 300 años de prohibición de la novela en Latinoamérica, en tiempos de la Inquisición en la Colonia, y provocó el quinto aplauso: “Todavía los latinoamericanos tenemos grandes dificultades para distinguir lo que es ficción de lo que es realidad”.
Llegó el sexto: “En San Marcos, en Lima, conocí la literatura más renovada y moderna gracias a las traducciones de las editoriales argentinas”. El séptimo: “La revista Sur era la ventana que nos mostraba el mundo entero de la buena literatura”. Y nadie le quitaba los ojos de encima a ese encantador de auditorios que emocionó como Varguitas y, una vez que dejó de leer, se sentó a repasar los hechos e ideas que gestaron cada una de sus novelas con el periodista Jorge Fernández Díaz, del diario La Nación.
Al final de esa conversación en La Rural, sí desafió el papel de corrección política que tanto cuidó durante su discurso y mostró al Vargas Llosa ideologizado, que a tantos enoja, cuando preguntó por qué la Argentina “está en estado de crisis permanente”, si supo ser un ejemplo para la región. Pretendió, también, calmar los ánimos de los ofendidos: “Yo no critico a Argentina, he criticado ciertas políticas que me parecen equivocadas porque soy un hombre libre”.
Antes de eso, en el último minuto de la charla entre él y el público, esa que tituló “La libertad y los libros”, sostuvo que “una de las mejores tradiciones” del país ha sido ser uno de “libros, escritores y lectores”, y vino el aplauso número ocho. Y apeló por que “esa hermosa tradición se renueve y fortalezca”. Noveno aplauso.
Los números dirán que ésta fue la 37a. edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que duró 19 días, que hubo nueve pabellones con 500 expositores y más de 400 paneles. Y que Mario Vargas Llosa dio un discurso de 20 minutos que generó nueve aplausos. Pero en el recuerdo, quedará como la Feria de un hombre nacido en Arequipa, que con 18 años supo enamorar a una tía que eternizó en un libro exquisito, que todo lo que escribió nació de experiencias personales y que un día descubrió que en las novelas no se pueden contar historias verdaderas, sólo mentiras que parezcan realidad.
Quedará como la Feria de un Nobel que dice que un Nobel tiene que luchar para no convertirse en una estatua, que se confiesa inseguro y que hizo emocionar y reír cuando pidió un homenaje para ese otro escribidor desenfrenado y traumatizado, que parodiaba a los argentinos, Pedro Camacho. Por sobre sus fundamentados detractores y para regocijo de sus fieles seguidores, quedará como la Feria en que habló Varguitas; Marito, el Nobel de Literatura.