Editorial
Juventud sin horizontes
El fenómeno empezó hace tiempo. Y desde entonces no ha hecho otra cosa que crecer. La pérdida continua de puestos de trabajo en Occidente por el cambio de las tecnologías de producción, la sostenida automatización de los procesos, la reducción de las mediaciones a causa de la expansión de Internet y la decreciente calidad educativa, que priva a los jóvenes de la formación básica requerida para los empleos más sencillos, se conjugan en un presente sin horizontes.
La contracara del fenómeno exhibe el incremento de las conflictividades generacionales, el aumento de la violencia y la criminalidad, la expansión del consumo de drogas, el descreimiento en los sistemas políticos y la desesperanza como síntoma generalizado.
En Europa, donde el valor de un techo resulta inalcanzable para la mayoría de los jóvenes, estos se eternizan en las casas y departamentos de sus padres y abuelos -cada vez más reducidos por el alucinante costo del metro cuadrado construido en ciudades que ya no disponen de espacios-. Es que, aunque consigan trabajo y tengan un buen título universitario en la mano, las remuneraciones son bajas para afrontar alquileres caros.
En la Unión Europea, uno de los tres mayores bloques económicos del mundo, la desocupación es grave y en algunos países muestra tasas que anuncian próximas catástrofes sociales. El índice general de desempleo para menores de 25 años roza el 21 por ciento, pero en Italia llega casi al 30 por ciento y en España exhibe la escandalosa cifra del 43 por ciento.
La crisis originada a mediados de 2008 a causa de las hipotecas de mala calidad que minaron el supuesto respaldo de la mayoría de los bancos estadounidenses y terminó por transfundir sus toxinas económicas al mundo, ha agravado tendencias de las últimas décadas que han provocado un retroceso en el valor promedio del salario norteamericano. A la vez, la multiplicación de la economía virtual de las finanzas globalizadas ha reducido al mínimo el peso de la economía real, fuente de trabajo efectivo y producción de bienes tangibles. Por eso, la participación de los EE.UU. en el mercado mundial de bienes y servicios se ha reducido del 30 al 20 por ciento.
Salvo en el centro y el oriente de Asia, donde el trabajo crece por la transferencia de actividades de Occidente a causa de sus menores costos de producción, el resto del planeta padece en distintos grados una cesura nunca antes experimentada entre la porción cada vez más reducida de hiperricos globales y una masa creciente y absolutamente mayoritaria de gente sin ingresos suficientes y, a menudo, sin trabajo posible. En este cuadro, viejos desatendidos -y muchas veces estafados por las cajas jubilatorias- sufren junto a jóvenes sin alternativas laborales ciertas. El resultado es una creciente violencia general que expresa en el campo de la convivencia cotidiana la ruptura del contrato social signado en una Constitución que alentaba la producción y el trabajo como pilares de un desarrollo inclusivo.




