Editorial

Países Árabes y democracia

Para los países integrantes de las Naciones Unidas o la Unión Europea, no es tarea sencilla asumir el prolongado conflicto social que agita a numerosos países árabes. En principio, los dirigentes y empresarios de Occidente no pierden de vista que las movilizaciones que están poniendo en jaque a los regímenes autocráticos pueden llegar a poner en peligro el abastecimiento de petróleo o provocar una suba de los precios que impactaría sobre las economías nacionales de Occidente.

Las movilizaciones de masas en Libia, Yemen y Siria, como antes en Túnez o Egipto, son observadas con simpatía porque sus reclamos son justos o porque ninguna democracia política que merezca ese nombre puede ser solidaria con dictaduras teocráticas y autocráticas. Estas fueron las consideraciones que estuvieron presentes en Libia a la hora de decidir una intervención militar para impedir que el dictador masacrara los disidentes.

Ahora bien, hace casi un mes que esa ayuda militar solidaria se hizo efectiva, pero ello no ha garantizado que la dictadura de Gadafi haya llegado a su fin. Una hipotética intervención en Siria podría provocar resultados parecidos, por lo que ya se descarta una solución de esas características. Planteadas así las cosas, Occidente se encuentra ante la paradójica situación de que si interviene es criticado por imperialista o por no respetar la autodeterminación de los pueblos, pero si no interviene es también criticado por desentenderse de los procesos de democratización abiertos en esta etapa.

Por último, los acontecimientos que son de dominio público generan una nueva inquietud, ya que el clima de guerra con sus previsibles secuelas, provoca que amplios contingentes de las poblaciones abandonen sus países y se dirijan a Europa. Esta posibilidad es realmente alarmante para los gobiernos de la Unión Europea, al punto de que todas sus administraciones han tomado medidas más o menos estrictas para impedir estas inmigraciones en masas que en un mediano plazo terminarían provocando serias alteraciones sociales.

Como se podrá apreciar, los problemas planteados no son sencillos. Asimismo, la caída de las dictaduras como tal no tranquilizan a nadie. Ya se sabe que es un error suponer que una movilización de masas que derroque a un tirano provoca espontáneamente un orden democrático. Si bien toda protesta social contra el autoritarismo es democrática por definición, no se puede suponer que de allí se marcha hacia una sociedad o un sistema democrático; entre ellas hay un largo camino. A la caída de los dictadores no necesariamente le suceden gobernantes democráticos. Por el contrario, en el caso que nos ocupa existen serias sospechas de que las dictaduras laicas que hoy están a punto de caer, sean reemplazadas por dictaduras religiosas. Es evitable que así ocurra, pero atendiendo las tradiciones vigentes no es descabellado pensar en esa alternativa.