Beatificación de Juan Pablo II

Al servicio de la Verdad

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foto: archivo el litoral

Carlos María Franzini (*)

El próximo domingo 1º de mayo el Papa Benedicto XVI beatificará en Roma a quien fuera su inmediato predecesor, Juan Pablo II. Después de un rápido -aunque riguroso- proceso jurídico, científico y pastoral la Iglesia reconoce así las condiciones extraordinarias de este hombre de Dios que la condujo durante casi veintisiete años y que ya ha llegado a la “meta” que el Señor ofrece a sus servidores fieles. Al mismo tiempo nos propone su figura para constatar que el evangelio puede ser vivido de manera ejemplar también en nuestro tiempo.

Cuando se celebraron los 25 años del pontificado de Juan Pablo II, en el año 2003, escribí un artículo titulado Signo de contradicción. La próxima beatificación del Papa Wojtyla me mueve a volver a retomar las ideas principales de aquel artículo, ofreciendo a todos los lectores una nueva oportunidad para valorar y agradecer el “don” de su vida y ministerio, que sigue suscitando asombro y admiración en nuestros días.

El artículo llevaba el título de un libro escrito por Karol Wojtyla, futuro Juan Pablo II, siendo Arzobispo de Cracovia. Aunque el libro no tiene referencias autobiográficas su título bien podría ser el de una semblanza personal de este hombre providencial que ha marcado la historia de la Iglesia y del mundo en las últimas décadas del siglo XX y en los inicios del nuevo milenio. En efecto, desde su primera infancia experimentó la contradicción al perder aún siendo niño a su madre y a su hermano. Fue educado sólidamente por su padre y en contacto con el mundo religioso y cultural de su Polonia

natal. La historia trágica de su patria forjó en el joven Karol un amor entrañable por su tierra, su gente y la cultura polaca, que lo capacitó para esa paradójica universalidad de los hombres grandes: el amor a su tierra le abrió a horizontes universales y le hizo desde joven capaz de valorar culturas diversas. Es conocida su amistad juvenil con varios hebreos víctimas del holocausto nazi.

Quizás en este itinerario haya sido muy importante su sensibilidad artística y su amor a la poesía. El auténtico patriota y el poeta siempre tienen horizontes amplios. Desde muy joven integró en su rica personalidad el amor al arte, al

trabajo y a la patria. Y todo ello a partir de una fe honda y arraigada. La fe, cuando es vivida con madurez, humaniza y plenifica al hombre. Karol Wojtyla es un claro testimonio de esta afirmación.

Durante los años de la ocupación nazi y de la segunda guerra mundial conoció la persecución y el flagelo del autoritarismo. Tanto más dramáticos cuanto que, terminada la guerra y obtenida la supuesta liberación de la mano de los rusos, Polonia fue sometida al yugo comunista del que sólo se liberaría después de muchos años, siendo ya Juan Pablo II un protagonista singular del proceso que culminó en el derrumbamiento del “paraíso” prometido en esta tierra por los seguidores de Marx, Lenin y Stalin.

Su formación sacerdotal se realizó en la clandestinidad. Fue ordenado de forma discreta en la Capilla del Arzobispado de Cracovia y desarrolló sus primeros años de ministerio en contacto con los universitarios y los obreros de su tierra. Contacto que no perdería cuando fue llamado al episcopado, primero como Obispo auxiliar y luego como Arzobispo de Cracovia. Esta experiencia marcaría decisivamente su camino espiritual y pastoral y daría sustento a su futuro magisterio: la fe como elemento fundante de una vida personal y social plena y solidaria; la fe, generadora de cultura y de sentido de nación; la fe como fundamento de la dignidad humana y -por tanto- como antídoto contra ideologías de diversos signos que pretenden ultrajarla. Así también el aprecio por la vida y su encendida defensa contra todas las formas de atentado contra ella. Su formación filosófica y teológica vendrían a enriquecer y ampliar su vasto horizonte cultural. A ello se añade el cultivo intenso de genuinas amistades, el aprecio por la naturaleza, la vida al aire libre y el deporte. Todo lo cual fue haciendo del futuro Papa un auténtico humanista, forjado en la dura escuela de la adversidad, la persecución y el desencanto pero también en el gozo de la Verdad, la Belleza y el Bien compartidos.

También la contradicción marcó su pontificado. No sólo por su estilo pastoral andariego y multifacético sino también por el tinte personal que dio a todo su servicio. El hombre que había sufrido en su propia carne el peso de la violencia era el mismo que llamaba incansablemente a la paz y a la reconciliación. Todos recordamos su gesto magistral de perdón, al visitar en la cárcel a quien había atentado contra su vida. Argentinos y chilenos tenemos muy presente su compromiso para evitar lo que hubiera sido una guerra absurda y de consecuencias imprevisibles (como toda guerra lo es en realidad).

En sus últimos años también se lo vio desplegando todo el peso de su autoridad moral y su liderazgo indiscutido en favor del pueblo iraquí, desenmascarando la hipocresía de los poderosos y convocando a una renovada opción por la paz.

Su condición de víctima de los totalitarismos del siglo XX le habilitaba para una crítica libre y descarnada de lo que él mismo llamó el capitalismo “salvaje”, que ha engendrado “abismos” de desigualdad entre los hombres y los niveles de exclusión social que hoy golpean a la humanidad. Signo de contradicción para los defensores de uno y otro sistema, nunca silenció su voz firme y profética para denunciar todo aquello que en las distintas realidades del planeta impiden a los hombres vivir con dignidad.

Su compromiso con la justicia, la solidaridad y la paz se expresó además en una decidida defensa de la vida humana, en todo su arco, desde el primer instante de la concepción hasta su fin natural. Ello lo convirtió en signo de contradicción para quienes sólo miran aspectos fragmentarios. La vida por nacer, denunciando la crueldad del aborto y los abusos de la manipulación genética. La vida nacida, que por su dignidad tiene derecho a alimentación, salud, educación, vivienda, trabajo. Y es en el marco de la defensa de la vida que se entiende su insistencia en afianzar la familia, fundada en el matrimonio entre el varón y la mujer, como ámbito natural para el pleno desarrollo de la persona humana. En este mismo contexto se ubica su defensa del medio ambiente y su prédica incesante en favor de una globalización de la solidaridad

y de los valores y no sólo económica. No todos lo entendieron; muchos, desde su mirada ideológica parcial, lo descalificaron. Él permaneció firme en su misión de servidor de una Verdad, cuyo esplendor quiso manifestar al mundo.

Cuando constantemente propuestas frívolas y facilistas pretenden seducir a los jóvenes, su discurso claro y exigente los cautivaba y movilizaba, y aún hoy lo sigue haciendo. Cuando se impone el pensamiento “débil” él proponía recuperar el valor de la razón y resaltaba su necesidad para el acto de fe. Cuando se pretende enfrentar a las religiones y hacerlas responsables de odios entre hermanos él convocaba a los líderes de todas ellas para orar juntos y trabajar por la paz. Cuando los pecados e incoherencias de los que formamos la Iglesia se usan para desacreditarla, él supo reconocerlos y pedir perdón.

Cuando se exalta el físico, la salud y el vigor, su figura débil y quebrantada se agigantaba por la incuestionable grandeza de su espíritu. Signo de contradicción. Siguiendo el camino de su Maestro, que era motivo de escándalo para sus compatriotas, a quien los suyos no reconocieron y tuvieron por amigo de publicanos y pecadores, y que finalmente murió crucificado. Juan Pablo II sigue marcando un rumbo para creyentes y personas de buena voluntad: la coherencia, la valentía, la alegría, el servicio y la fidelidad hasta el fin siguen siendo camino para una vida más plena, fecunda, solidaria y abierta a la Trascendencia.

(*) Obispo de Rafaela