al margen de la crónica
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La guarida del Alien
Silvana Lucca
Empiezo planteando dos cuestiones: primera, me siento igual desde mis treinta años aunque últimamente noto que los de veintitantos me ven vieja, mientras que mi mamá me llama “nena” y segunda, aunque no creo en hechiceros ni en brujerías, sospecho que estoy poseída por un engendro que ha producido extraños cambios en mi físico y en mi ser. Por ejemplo, voy a secar mi pelo recién lavado, largo, lacio, suave, brillante, pero, cuando miro para seguir la ruta del cepillo, el espejo me devuelve una cabeza con un cabello seco, con unas canas duras y enruladas y ¡espantoso! esa cabellera es menos de la mitad de la mía.
Si decido maquillarme los ojos, descubro cuando acerco el delineador, que están llenos de arrugas alrededor y que no son los míos, ¡son los ojos de otra! Uso talle 42, pero como por arte de (mala) magia, mis vestidos se achicaron, los cierres de las polleras se separaron definitivamente y se niegan a subir. Los jeans también me juegan una mala pasada y ni con fórceps puedo llevarlos más arriba de las rodillas. La ropa no se achica sola, ¡esa intrusa agrandó mi cuerpo! Una amiga muy práctica me dijo “dejá de pelearte con la nueva que sos y compráte un talle más grande”. ¡Ni loca! Sería como resignarse a vivir con la okupa por el resto de mi vida.
Pero hay más. Por ejemplo, yo me despierto después de haber dormido toda la noche como un bebé y salto de la cama totalmente enchufada, pero esta usurpadora, que tiene calores de infierno, se pasa toda la noche pateando la frazada con la que me abrigo, alterna una hora de sueño con otra de vigilia, le cuesta ponerse de pie, se mueve con lentitud y se toma su tiempo para dejar la cama.
A mí, inclinarme para buscar algún objeto caído, me cuesta lo mismo que a un ascensor ultrasónico bajar treinta pisos, o sea, nada; pero la otra se agacha despacio, igual que un ascensor de puerta tijera que baja un piso, y ¡produce los mismos chirridos!
Me gusta escuchar música ochentosa a todo volumen y hasta bailo si estoy contenta, pero al polizón le molesta; apaga radios, MP3, 4 y todo lo que propague sonidos y la malvada, aunque impone silencio, protesta a los gritos. A mí me gusta jugar tenis, hacer gimnasia, caminar, pero a la “cosa” todos los días le duele un músculo diferente; tiene colesterol, arritmia, le faltan hormonas, por eso ha transformado mi casa en una farmacia y además lleva los remedios en la cartera con tanto fanatismo como yo los cosméticos.
Tengo buena memoria, me gusta leer y ver cine en mi sillón, pero la forastera alquila dos y hasta tres veces la misma película, compra libros que ya leí y ¡hasta confunde los nombres de mis hijos!
Es por todo eso y más que tambalean mis planteos iniciales porque, o existen los gualichos y una bruja me ha convertido en la guarida de un Alien, o a la vejez se llega por una autopista segura y rápida, pero en la que hay que pagar demasiados peajes.