Edición del Lunes 25 de julio de 2011

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Murió Hugo Sacoccia, un gran hombre del teatro - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

En Buenos Aires

Murió Hugo Sacoccia, un gran hombre del teatro

Fue el creador de la Biblioteca Teatral Hueney, en Neuquén, y del Festival Nacional de Teatro de Humor.

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Un incansable hacedor en el panorama de las artes escénicas argentinas y, además, un gran hombre, generoso benefactor. Foto: Archivo El Litoral

De la redacción de El Litoral

Hondo pesar ha causado en el panorama del teatro argentino el fallecimiento del ex juez Hugo Sacoccia, quien murió ayer en la ciudad de Buenos Aires. Se había afincado en Zapala, Neuquén, a comienzos de los años 80; y además de una extensa carrera judicial y también en la administración municipal, fue un extraordinario dramaturgo y creador de la biblioteca teatral Hueney, que a lo largo de 23 años de existencia ha concentrado más de 16.000 textos que pueden llegar a los autores y actores de cualquier punto del país con sólo solicitarlo. Recibió gran cantidad de premios y reconocimientos y además, fue creador e impulsor del Festival Nacional de Teatro de Humor que se realiza cada año en la región.

Paralelamente Hugo organizó cuatro ediciones de un concurso para estimular la dramaturgia en el género de humor, que culminaban con la edición de las obras premiadas y un festival en el que se representaban dichos textos.

El primer Concurso Nacional de Obras de Teatro de Humor fue a comienzos de 2000, al que se presentaron 60 obras. En el último, la cuarta edición, las obras presentadas alcanzaron a 180. Entre las numerosas distinciones recibidas por Sacoccia, cabe consignar la entregada por Argentores por la difusión del autor argentino; el Premio Teatro del Mundo de la Universidad de Buenos Aires y el Premio Nacional Argentores Plaqueta Enrique García Belloso.

El Gran Anfitrión

Desde Italia, nos han hecho llegar su recuerdo de este gran hombre del teatro argentino. Sostiene que el Gran Anfitrión recibió a la vida valorando lo mejor que ella ofrece. Le organizó la alegría, le cocinó (apenas la vio le entregó, por las dudas, un digestivo), eligió las sábanas, controló que nadie la molestara, la despertó con el café listo, le hizo repetir el almuerzo, le ofreció un whisky, cuidó con rigurosa y relajada minuciosidad cada detalle de su estadía...

El Gran Anfitrión le ofreció el corazón para que la vida juegue. La hizo reír con sus comedias, la hizo llorar con su sensibilidad viril, la sacó a pasear por montañas movedizas y lagos oceánicos, le confesó el dolor por la muerte y por las despedidas. El Gran Anfitrión no se permitió demasiado la tristeza. Le tomó la mano y la arrastró hacia delante...

En el centro mismo de un desierto fundó lo que nadie, salvo él y su hermosa testarudez, hubiese podido fundar: ese legado hacia el futuro, esa victoria sobre el tiempo, ese mágico lugar de encuentros lejanos... esa biblioteca.

Desde algún lugar “perdido” de la Patria (que no es otra cosa que otro centro del mundo, como cualquier lugar) le llegaban pedidos: “Necesito una obra de teatro de tres personajes, dos hombres y una mujer...”

El Gran Anfitrión buscaba en su archivo, o en su memoria prodigiosa -que había entrenado cuando en Córdoba se ganaba la vida haciendo trucos de magia camuflado bajo el nombre de Mago Mao (el Gran Anfitrión nunca nos quiso decir el porqué de ese seudónimo) corría hasta el correo de su pequeña ciudad y mandaba lo pedido pagando de su bolsillo.

Enorme corazón

Carlos María Alsina dice luego que el Gran Anfitrión tenía el corazón más enorme que su Patagonia adoptiva. Su apellido es de origen italiano. En dialecto piamontés significa algo así como “bolsillo”. El Gran Anfitrión tenía el apellido abierto, desfondado, sin fondo... Daba todo lo que podía pero, sobre todo, regalaba una actitud: su desmesurada generosidad mil veces más luminosa que las perfecciones materiales y cotidianas.

El Gran Anfitrión supo recibir y recibió dando, sostiene después. Será difícil olvidarlo. Imagino sus seres queridos, sus amigos, sus colegas... y mi dolor me acerca un poco más. Sé que ya no nos recibirá con su digestivo, que las bromas que nos hicimos, riendo a carcajadas, quedarán en mi memoria como una moneda lavada por la lluvia, que el whisky que tomaré en su honor no se terminará nunca, que la raíz de su mágico abrazo crecerá desde lo más profundo y callado de mi vida.

La Argentina ha perdido a un gran tipo. A alguien que creaba desde sus laterales, que hacía grande lo pequeño, que convertía lo “provinciano” en universal porque sabía que no existe otra posibilidad. El teatro argentino está más solo. Y en particular el teatro de nuestras provincias.

Dice Atahualpa Yupanqui que un amigo es uno en el cuero del otro.

El Gran Anfitrión supo entender ese legado. Ahora se acaba de ir al Otro Lado de la Trama. Me permito afirmar que todos quienes lo conocimos coincidimos en el mensaje que ahora enviamos, en sus manos, a ese lugar desconocido: “El Gran Anfitrión está llegando. Alójalo como al Mejor Huésped. Se lo merece, porque Huguito Saccoccia supo recibir la Vida”.



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Lunes 25 de julio de 2011
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