La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
La tragedia de Noruega

Las flores del adiós. Frente a la iglesia de Domkirke, en el centro de Oslo, miles de noruegos dejaron sus testimonios de recuerdo para las decenas de jóvenes absurdamente asesinados por Anders Bhering Breivik. Foto: EFE
Rogelio Alaniz
Anders Behring Breivik se presentó en el control policial vestido con uniforme policial y les solicitó a los hombres que lo trasladaran hasta la isla de Utoya. La isla está ubicada a 35 kilómetros de Oslo, la capital histórica de Noruega, la ciudad donde se entrega el Premio Nobel, el mismo que en 1920 le correspondió a Knut Hamsun, el único escritor local honrado con esta distinción.
Confiados, los policías trasladaron a su supuesto colega hasta la isla, sin sospechar que a quien llevaban en la lancha era el responsable de las bombas que terminaban de estallar en el centro de la ciudad capital y, mucho menos, sin saber que ese joven de un metro noventa de estatura, de ojos claros y cabellos rubios, iba a perpetrar una matanza en la isla donde los jóvenes socialistas celebraban su clásico encuentro.
En efecto, desde 1970 Utoya es el centro de los campamentos juveniles donde durante una semana los jóvenes participan en seminarios, discuten de política, disfrutan de conciertos y exposiciones y, seguramente, viven historias amorosas inolvidables como ocurre en todos los campamentos juveniles del mundo. Esta vez el paraíso isleño se transformó en un infierno. Un infierno inesperado. Behring se presentó como un ángel exterminador y procedió a matarlos como a perros o a cazarlos como alimañas. Lo hizo metódicamente, sin alterarse, con pavorosa sangre fría. Nadie atinó a defenderse. Eran más de 600 jóvenes, pero todos quedaron a merced de un psicópata armado de un fusil, una pistola y varios cargadores.
La policía destinada a proteger la isla sólo contaba con aerosoles para contrarrestar la furia de fuego y plomo del asesino. Cuando llegaron los refuerzos armados, el número de muertos superaba las ochenta personas. Como un dios guerrero, Behring Breivik se paseaba por el campo de batalla rematando a los heridos o haciendo blanco contra los desesperados sobrevivientes que se escondían debajo de las rocas o se lanzaban al agua helada para huir de la muerte.
Conminado a rendirse Behring bajó el arma y se entregó.
Un detalle a tener en cuenta en un país donde los niveles de criminalidad y violencia son insignificantes: el asesino fue detenido con vida. En cualquier otro lugar hubiera sido abatido a balazos y nadie lo hubiese llorado; en Noruega lo redujeron, y ahora cuenta con un abogado que lo defiende. Según se sabe, Behring Breivik reclamó presentarse ante los jueces vestido de policía para dar a conocer al mundo su testimonio político. Asimismo se declaró inocente y se dio el lujo de reconocer que lo que había hecho era “atroz pero necesario”. Ni arrepentimiento, ni culpa; fanatismo y cinismo camuflados de ideología .
Lo sucedido en Noruega fue el atentado terrorista más importante de su historia contemporánea. Noruega, durante siglos -desde 1400 a 1800- estuvo integrada a Dinamarca, y desde 1814 hasta1905 fue dominio sueco. Su siglo de existencia no fue cómodo. Si bien se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial, después fue ocupada por los nazis. “Los que en la noche blanca de Noruega, con un aullido de chacal soltado, quemaron esa helada primavera, enmudecieron en Stalingrado”, escribe Pablo Neruda en su célebre poema “Canto de amor a Stalingrado”.
Noruega, como Dinamarca, Finlandia y Suecia, integran lo que se conoce como las “democracias nórdicas o escandinavas”, un modelo social cuyo rasgo más distintivo es la calidad de vida que ha logrado darle a sus habitantes, compatibilizando el principio de que toda sociedad que merezca ese nombre debe hacer realidad los valores de la igualdad y la libertad. En el caso de Noruega, su ingreso per cápita es el segundo en el mundo, superior incluso al de los Estados Unidos. Sus servicios de salud, educación, vivienda y seguridad son los mejor calificados. Las expectativas de vida son las más altas y siguen creciendo. En un mundo donde la propiedad del petróleo ha servido -y sirve- para consolidar a dictadores corruptos, allí ha provocado efectos inversos, porque en este caso la renta petrolera no se emplea para enriquecer a un puñado de déspotas o militarizar a la sociedad, sino para asegurar las cuentas fiscales y garantizar servicios sociales de alta calidad.
No deja de ser sintomático que al momento de perpetrarse la agresión, la policía sólo haya estado armada con aerosoles. Es que desde hace años en Noruega las fuerzas de seguridad no disponen de armas de fuego porque los niveles delictivos son muy bajos, se pueden controlar sin necesidad de recurrir a las armas y existen políticas de prevención y recuperación de los delincuentes de excelente calidad.
Desde el punto de vista de las instituciones, el país es una monarquía constitucional gobernado desde hace muchos años por los socialistas que son, en definitiva, los responsables de estos logros nacionales que siguen siendo un ejemplo para el mundo. Sin embargo, en esta ocasión, Noruega fue noticia por razones opuestas a las conocidas. La orgía de sangre perpetrada por un psicópata se magnificó porque se trataba de alguien que se definió como noruego, cristiano, islamófobo y revolucionario. Anders Behring Breivik no es un marginal o un inmigrante. Pertenece a una familia de clase media, fue un beneficiario del sistema social y, si bien se sospechaba de sus ideas ultraderechistas, los servicios de inteligencia no lo tenían registrado como una persona peligrosa.
En un mundo habituado a que el terror se identifique con los fanáticos musulmanes, no deja de llamar la atención que esta vez el terror pertenezca a otro signo cultural e ideológico. El dato merece mencionarse porque confirmaría la hipótesis de André Malraux, cuando sostenía que era necesario prestar más atención a los temperamentos que a las ideologías. Lo sucedido en Noruega confirma este punto de vista. El fanatismo, el instinto de muerte, no pertenecen a una ideología o a una religión, integran ciertos suburbios de la condición humana.
El otro dato digno a tener en cuenta es que en este caso, para explicar lo sucedido, se hace muy difícil remitirlo al contexto social. Por ejemplo, lo ocurrido en Oslo o en la isla de Utoya se comparó con el atentado terrorista de Oklahoma hace más de una década y se arribó a las mismas conclusiones. Cuando este tipo de hechos ocurren en los Estados Unidos, es casi un lugar común decir que una sociedad violenta, racista, ferozmente competitiva, que pondera las virtudes de las armas y no ha superado aún el síndrome de Vietnam, genera monstruos.
En el caso de Noruega, estas inferencias tan lineales no funcionan ni siquiera como explicación general. Noruega no es un paraíso, pero admitamos que no existe ese contexto violento, sino todo lo contrario. Se podrá decir que la violencia está disimulada, que circula por los entresijos y repliegues de una sociedad conflictiva e hipócrita. Convengamos que el argumento sigue siendo débil o, bien mirado, termina abonando la hipótesis de Malraux.
Es verdad que todos los hombres somos, de alguna manera, producto histórico de las sociedades en las que vivimos, pero no es menos cierto que existe una relativa autonomía en esta relación entre contexto social y decisión individual. El cine, el teatro, la literatura de Noruega, los singulares textos de Ibsen o los relatos de Kjell Askildsen, nos demuestran que el bienestar económico y social no impiden la existencia de la angustia, la soledad, los remordimientos, el sentimiento de culpa o el instinto criminal.
Entonces, ¿la culpa es de la sociedad o es un rasgo distintivo de la condición humana? No es sencillo zanjar este debate, pero nada nos cuesta reconocer que en principio no hay sistema político u orden social que impida la existencia de un monstruo, un criminal o un psicópata como Anders Behring Breivik.