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“El caso Moro”

Leonardo Sciascia analiza los pormenores y las repercusiones del sonado secuestro y posterior asesinato del político italiano Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas, en 1978. Foto: Archivo El Litoral
El 9 de mayo de 1978 se encuentra el cadáver del político italiano Aldo Moro en el maletero de un auto, en Roma. Moro había sido en dos ocasiones primer ministro de Italia y uno de los más importantes líderes del partido italiano Democracia Cristiana. Ante la crisis política que se vivía a principio de los años ‘70, Moro adhirió al proyecto eurocomunista de Enrico Berlinguer que dio en llamarse Compromiso Histórico.
El 16 de marzo de 1978 Moro había sido secuestrado por las Brigadas Rojas. Los terroristas asesinaron sin piedad a cinco escoltas cuando Moro marchaba hacia una sesión del congreso italiano en la que se iba a informar y a votar una moción de confianza de esta cámara sobre el nuevo gobierno encabezado por Giulio Andreotti, por primera vez con el apoyo del Partido Comunista Italiano. Sería en práctica el comienzo del Compromesso storico.
Los terroristas piden que se libere a trece prisioneros “políticos” a cambio de la aparición con vida de Moro, pero el gobierno se niega.
Al hacerse público el asesinato, la familia emitió un comunicado que decía: “La familia desea que la voluntad de Aldo Moro sea respetada plenamente por las autoridades del Estado y del partido, y no haya manifestaciones públicas, ceremonias, discursos ni luto nacional, no se celebren funerales de Estado ni se concedan medallas póstumas. La familia se encierra en el silencio y pide silencio. La historia juzgará la vida y la muerte de Aldo Moro”.
Y el libro de Leonardo Sciascia El caso Moro (publicado en agosto de aquel mismo 1978) precisamente fue uno de los primeros signos de la historia para juzgar esta muerte, inútil como tantas acciones mesiánicas de los terroristas de todo el mundo en todas las épocas, incluso con el efecto contrario al que se proponían, en verdad: “Si el objetivo de las Brigadas Rojas -declarado y reiterado- es frenar ese movimiento de atracción y aproximación que se da entre el Partido Comunista y Democracia Cristiana, ¿cómo no se dan cuenta de que sus acciones surten el efecto contrario, y más bien aceleran y hacen como necesario ese movimiento? Por ellos y contra ellos, por lo pronto, puede el Partido Comunista proceder a la invención del Estado (y digo ‘invención’ en el sentido en que se dice ‘invención de la Santa Cruz’, y de nuevo la fuerza de las palabras, de ésta -invención- que alude a Santa Elena, madre de Constantino)”, analiza Sciascia. En efecto, el mismo día del secuestro, por la tarde, en el Parlamento y en el Senado, el gobierno que preside Giulio Andreotti, “que hasta el día anterior suscitaba gran reserva y perplejidad en parte de la izquierda y en algunos grupos de Democracia Cristiana, es aprobado por una mayoría que incluye al Partido Comunista”.
Sciascia analiza las muchas cartas que Moro escribió durante su cautiverio y que sus carceleros hicieron públicas. Y para hacerlo parte de uno de “los relatos más extraordinarios” de nuestro Jorge Luis Borges, Pierre Menard, autor del Quijote. “Recordé este relato, este apólogo, nada más terminar de ordenar un poco las crónicas y documentos del caso Moro. Cuadraba con la poderosa impresión de que el caso Moro estaba ya escrito, de que ya era una obra literaria acabada, de que ya vivía en una intocable perfección; intocable al menos en el sentido de Pierre Menard: completamente distinto sin haber cambiado nada”.
También recurre a otra ficción magistral, tan venerada por los seguidores de Lacan, el cuento policial de Poe La carta robada, donde lo escondido está en lo más visible, o para decirlo de otro modo, en cómo se presenta la “invisibilidad de lo evidente”. Lo que Moro ya parece decir en su primera carta es que había que ganar tiempo: “el canje, el someterse al chantaje, es el último recurso; entretanto ganad tiempo, prolongad las negociaciones... y encontradme”.
Pero ahí está el problema, en los errores garrafales de la actuación policial, según señala Sciascia. Por ejemplo, los allanamientos y arrestos de miembros de la extrema izquierda, basándose en datos reunidos en 1968, es decir, diez años antes. Para entonces muchos de esos activistas ya militaban en partidos constitucionales, sobre todo en el Partido Comunista. O la detención, el día después del secuestro de un sospechoso de complicidad, y dos días después puesto en libertad por falta de pruebas, y aquí otro error al detener enseguida a un presunto implicado en lugar de seguirlo y espiarlo.
Sciascia no sólo es un escritor extraordinario (entre nosotros mereció precisamente la admiración y amistad de Borges y Bioy Casares) sino un analista político de gran sutileza y penetración. No deja de señalar las hipocresías de quienes, en todos los bandos, se vieron implicados en el complejo caso Moro. En un apéndice de El caso Moro, publicado por Tusquets, se transcribe también el informe que Sciascia presentó en 1982, en su carácter de diputado, preparado por la comisión parlamentaria de investigación sobre los crímenes y secuestro de Moro.