El lenguaje de la locura
Marguerite Duras.
Foto: Archivo El Litoral
Por María Luisa Miretti
“La amante inglesa”, de Marguerite Duras. Traducción de Javier Albiñana. Tusquets. Buenos Aires, 2011.
Con cierto tono familiar a Moderato Cantabile (1958), Marguerite Duras (1914-1996) recrea en esta obra un crimen espeluznante, adaptación de un hecho real.
La acertada reedición de esta novela vuelve a poner en escena a los personajes de un drama: Claire Lanes degüella y descuartiza a una prima sordomuda, Marie Therese Bousquet, y luego distribuye los pedazos del cuerpo en distintos vagones del ferrocarril, dejando para sí una pieza clave: la cabeza.
Desde los inicios se explicitan los motivos de la obra y la intencionalidad: grabar lo acontecido para luego volcarlo en un libro que tratará sobre el crimen de Viorne. En ese intento comienzan a aparecer los primeros guiños y señales, un juego intratextual entre la voz narrativa y el lector, con quien genera cierta complicidad para decidir el punto de vista y el ángulo desde donde enfocar la historia. Acuerdos previos para acomodar la voz y la mirada, incluyendo hipótesis y conjeturas que prevén un lector implícito, que cooperará estrechamente para hacerla más verosímil, pero también para colaborar en el esclarecimiento del hecho homicida.
Como en Moderato, estamos frente a una historia que obliga a involucrarse para dotarla de sentido y completarla, incluidas ciertas reflexiones imposibles de evitar a la hora de cerrar el libro. Ése es el talento de Duras, capaz de indagar en temas tan caros como la soledad o el alma femenina, con una poética inconmensurable. La dedicatoria inicial ”Para Jean Schuster”- aliado del grupo surrealista y anarquista con Breton a la cabeza, nos remite a un contexto sociohistórico atravesado también por las influencias del nouveau roman, que aquí observamos con nitidez en ese “borramiento” del narrador a favor del punto de vista, para lograr como en el cine- la objetividad de la cámara registrando cada detalle.
El libro está estructurado en tres partes y en cada una se registra la declaración (punto de vista) de los personajes involucrados en la historia, hasta cerrar con el testimonio de la supuesta asesina, quien evidencia una coherencia y una lógica más próxima a la cordura que a la demencia que todos le atribuían, incluido el marido con quien soportaba el hastío de una convivencia ficticia, poblada de diálogos vanos, y la amante sordomuda que la auxiliaba en las tareas domésticas.
El grado de locura le permitía jugar y divagar con sus propias ensoñaciones, habitadas con recuerdos de un pasado violentado (su amor en Cahors) y arrancado a la fuerza (los tebeos que el marido le había prohibido). Sentada en el jardín, se entretenía jugando con las palabras “l’amante en glaise, la menta inglesa, o menta piperita”, esa planta negra y con olor a veneno, evocando a la amante que había sido en Cahors. Amante y menta, dos términos que se funden, configurando holofrases que le dan sentido a su vida y a la obra L’amante en glaise. Torsiones en el lenguaje que permiten amalgamar significados tan dispares y sin embargo tan próximos a la realidad de la protagonista.
Cada miembro descuartizado fue tirado entre los vagones de mercancías que pasaban por el lugar el rearmado del cuerpo y el hecho de ser cargados en el mismo sitio permitió a la policía descubrir el fatídico hecho-, pero el éxito de su empresa era la cabeza, parte clave que negaba revelar, “Soñé que la mataba, pero cuando la maté no soñaba”.
La contundencia del final reafirma la tesitura de la protagonista y la lógica de su extravío: “Si lo que dice una loca no cuenta, ¿para qué me pregunta dónde está la cabeza?”. “No, no, tendrán que pasar mucho tiempo conmigo, usted y otros, antes de que esa palabra salga de mi boca. ¿Me oye?”.
