Un providencial cambio de agenda
Un providencial cambio de agenda
Un santafesino que vive y trabaja en Nueva York recuerda aquel 11 de septiembre, la confusión que siguió al ataque, la ansiedad por comunicarse con su familia, el desconcierto y el miedo, pero también la recuperación que experimenta la ciudad.
TEXTO. MEIR ELIAV (MARCELO ILEWICKI). FOTO. MARIANA RIVERA.

Una década después, los trabajos de reconstrucción de la Zona Cero siguen su marcha.
Tengo recuerdos muy peculiares de esos días. En esa época yo visitaba a menudo una de las torres gemelas, ya que nuestros contadores públicos estaban ubicados en un edificio localizado justo frente a la misma. El subterráneo que tomaba desde mi oficina me dejaba en la estación que estaba bajo la torre. Yo la cruzaba, salía a la calle y me dirigía al edificio de enfrente para reunirme con ellos.
Mi socio y yo tuvimos una larga reunión allí en la tarde del 10 de septiembre de 2001. Las discusiones se alargaban y alguien propuso que nos volviéramos a reunir al día siguiente -septiembre 11- a las 8.30 de la mañana. Mi socio tenia otro compromiso a esa hora y pidió reunirse al mediodía. Todos estuvimos de acuerdo. Aparentemente el destino nos salvó de lo que nos podría haber ocurrido si nos hubiésemos reunido ese día a la mañana, como nos habían sugerido, exactamente a la hora del ataque.
Las oficias de nuestros contadores fueron destruidas. Felizmente todo el personal se salvó, pues lograron escapar del edificio. Curiosamente, uno de los pocos portafolios con documentos que se “salvaron” fue el de nuestra compañía, pues nuestro contador lo había llevado a su casa la noche anterior para estudiarlos en preparación de la reunión del día siguiente que -por supuesto- nunca ocurrió. Él estaba en camino a la oficina, con el portafolio en sus manos, cuando sucedió el ataque.
El 11 de septiembre de 2001 comenzó como cualquier otro día, en nuestra oficina en la calle 34th y la Séptima Avenida en Manhattan. De repente una de nuestras empleadas escuchó en su radio portátil que un avión impactó en una de las torres gemelas. No le di mayor importancia y pensé que era un accidente de un pequeño avión. Cuando al poco tiempo la radio anuncio que era una aeronave comercial y que otra más se había estrellado sobre la segunda torre, entendí que eso era un ataque terrorista y que era grave. Pero, claro que en ese momento aun no tenía conciencia de la magnitud de la tragedia.
Prendimos la televisión para poder ver lo que ocurría, pues nuestras ventanas no daban al sur, donde estaban situadas las torres.
Las noticias eran confusas. Los teléfonos comenzaron a sonar. Eran llamadas alarmantes que recibíamos, de familiares, amigos, clientes, conocidos. Nadie tenía aún una noción clara de lo que estaba sucediendo. La ansiedad de saber la realidad era inmensa.
Logré comunicarme con mi esposa y mis dos hijas. Ambas trabajaban en Manhattan y por suerte estaban bien, pero también aterradas por la falta de información acerca de lo que estábamos viviendo. Por suerte toda mi familia estaba a salvo.
La gente comenzó a “inundar” las calles de la ciudad, tratando de “escapar” de Manhattan, caminando por las calles y avenidas, dándose paso entre las multitudes, pues los medios de transporte públicos se habían suspendido. Muchos de nuestros empleados caminaron por horas, cruzaron los puentes hacia Queens, Brooklyn y New Jersey para escapar de Manhattan, temiendo que haya más ataques.
Yo vivía en Long Island y mi única forma de llegar a casa era con el tren, que estaba paralizado. No me quedó otro remedio que vivir la ansiedad de ese día en mi oficina mirando la televisión, y en la calle hablando con gente y esperando que se aclare la situación. Esa noche, tarde, los trenes comenzaron a funcionar y logré regresar a mi hogar.
Viajando a casa no podía dejar de pensar en lo que estaba sucediendo. Las torres devoradas por el fuego, personas que saltaron de las ventanas, sabiendo que no podrían sobrevivir el impacto, miles de familias desesperadas pues sus seres queridos trabajaban en los edificios en llamas, bomberos atrapados en las escaleras cuando los edificios se derrumbaban. Al día siguiente, tomé el tren de regreso a la ciudad y lo que más me impactó y me conmovió fue observar que New York había cambiado. En lugar de las torres gemelas -que veía todas las mañanas desde la ventanilla del tren- solo veía fuego y altísimas columnas de humo. Las torres ya no existían y eso parecía algo surreal.
Durante los siguientes, días las calles de toda la ciudad se llenaron de fotos de personas desaparecidas. Los familiares -aun con esperanzas de que sus seres queridos se hayan salvado y quizás “solo” estuvieran perdidos- ponían sus fotos en cualquier lugar, con números de teléfonos, o direcciones para contactar. Era una forma de mantener la esperanza de que alguien haya sobrevivido a la tragedia. Lamentablemente ésto no sucedió y miles de familias quedaron destruidas. Las fotos iban desapareciendo de las calles lentamente. Al mismo tiempo desaparecían las esperanzas.
Algo que también recordaré por el resto de mi vida es el olor que se sintió en New York por muchos días -quizá semanas- después del ataque. Un olor a quemado muy extraño, quizá mezcla de todos los materiales que había en los edificios y de las miles de personas quemadas. Uno no podía escapar de ese olor que recordaba constantemente la tragedia ocurrida.
Al conmemorar diez años de ese triste septiembre/11, debemos pensar no sólo en lo terrible de ese acontecimiento sino cómo la ciudad respondió. Creo que es una historia que refleja el coraje y la determinación de los neoyorquinos.
A consecuencia de los ataques, muchas oficinas y negocios se vieron obligados a abandonar la zona. Obviamente, ésto impactó negativamente en todo el barrio, donde está ubicado Wall Street y el centro financiero de este país.
A pesar de todo, la mayoría se quedó y lentamente la zona comenzó a “revivir”. Hoy en día esa área es vibrante, con muchos comercios y viviendas nuevas. La reconstrucción de las torres -que finalmente están adelantando a pasos gigantes-, y la inauguración del Monumento y el Museo para recordar a las víctimas de la tragedia elevarán aún más la economía de la ciudad y su status internacional.
Desde entonces, el turismo ha aumentado muchísimo. Las instituciones educacionales y las industrias tecnológicas se han expandido y la economía neoyorkina se ha diversificado. La construcción se ha reanudado, luego de una parálisis que duró varios años. El nivel de crímenes se ha reducido en forma substancial. La población continúa aumentando.
A pesar de que aún hay muchos problemas que quedan por resolver, la “regeneración” de New York desde el 11 de septiembre de 2001 demuestra el vigor y fortaleza de la misma y de sus habitantes.
Cuando los ojos del mundo estén sobre esta ciudad el 11 de septiembre, todos podrán observar por qué New York fue, es y siempre seguirá siendo “New York”.


Los controles en los aeropuertos se han vuelto más estrictos .