Desenrollar una madeja de raíces
Desenrollar una madeja de raíces
Miriam Marsó relata cómo nació -casi por casualidad- la búsqueda de sus orígenes franceses. Transcribimos algunos párrafos de su extensa investigación, que también incluye dos testimonios: de Margarita Marsó (hermana de su padre) y de Ana Rosalía Marsó (su hermana).
TEXTOS. MIRIAM MARSÓ.

El abuelo de Miriam, Juan, con su papá, mamá, Ana y Chiche, sus hermanos.
Cuando escribí la historia de mi pueblo Sauce Viejo -mediante entrevistas a personas antecesoras, con sus recuerdos, fotos o documentos, vivencias, narrando la historia, su historia- surgía el nombre de mi abuelo Juan.
Entonces aprendí a quererlo y admirarlo a través de las anécdotas que narraba mi padre (Héctor) en esas tardes grises y lentas que lo iban alejando inevitablemente de mi vida. Por ser la hija menor de 10 hermanos, con notables diferencias de edad, no tuve la suerte de conocer a mi abuelo, lo que no impidió tener sentimientos profundos hacia su recuerdo añorado.
En cada reportaje surgía su nombre en forma constante y perseverante, así como el mar va y viene y gasta la playa. Su nombre me despertaba una curiosidad que no me permitía descansar. Fue a partir de esto que decidí informarme sobre mis raíces, tomando como la punta de un ovillo los primeros datos de las personas más cercanas.
Y sucedió un hecho: regresaba con mi familia de Uruguay e hicimos una parada en una estación de servicio que nos quedaba de paso. Mientras aguardábamos, observamos unos camiones de combustible que se estaban estacionados y en los que figuraba mi apellido. Sentí una repentina emoción, pero también curiosidad. Como en ese momento no tenía lapicera ni papel donde anotar los datos que figuraban en el camión, me aproximé a ellos y saqué una foto.
De esta manera comencé a de-senrollar la madeja de mis raíces. Al otro día, envié un mail a la dirección que figuraba en el camión, narrando mis conocimientos, pero manifestando mis inquietudes. Sin demasiada demora obtuve una respuesta por parte de un hombre llamado Adrián, quien arrojó algunos datos más. Lo que más acaparaba mi atención fue la similitud de algunos nombres como por ejemplo: María Teresa, como mi hermana fallecida en 1998, a los 50 años y de una manera imprevista; “Chiche”, como le decíamos, nos dejó.
También se repetía el nombre Héctor, padre de Cristina y Adrián con quienes tuve el placer de compartir un día en la ciudad de Colón, Entre Ríos, como el de mi padre fallecido en 1996. Aunque no nos sorprendió su ausencia (no desconocíamos que se encontraba enfermo) no duele menos porque siempre duele una partida. El último nombre mencionado fue Juan Bautista, como mi bisabuelo y abuelo.
VALIOSOS HALLAZGOS
De este modo, nos comunicamos con Adrián, hasta que decidí viajar hacia una ciudad desconocida y en donde, tal vez, hallaría algunas respuestas. Y las encontré.
Para lograr que los datos obtenidos fueran precisos, grabé las palabras de María Teresa, camino a San José. Primeramente no estaba convencida, pero al volver a escucharla en casa fueron despejándose las dudas.
Al regreso de nuestro almuerzo entramos a “Las camelias”, un lugar que hoy es una empresa exportadora de pollos, perteneciente también a la familia Marsó. Allí comienza mi historia. Al entrar, Cristina nos acompañó y aportó datos que su tía María Teresa quizás dejó al azar. Recorrimos paso a paso, aunque el tiempo corría y no nos perdonaba. Necesitaba saber, quería saber tantas cosas. Sentí una sensación desconocida al recorrer esa tierra. María Teresa y Cristina caminaban a mi lado en silencio.
María Teresa me contó que “los Casarini vinieron de Europa, con el hijo mayor, José Marsó, de 4 años. Entonces se instalaron acá, en la tierra que les dio Urquiza: 25 hectáreas de tierra, un caballo, una vaca, los granos para sembrar. Tenían que trabajar porque debían pagar la tierra por medio de semillas que le entregaban a Urquiza. Entonces, el abuelo Mauricio se queda viudo, muere Casarini, se casa con Anne Marie Galicé. Tienen a Mauricio y después a Juan Bautista, que era el menor de los tres hijos. Entonces, ¿qué pasó con nuestro abuelo José?”.
Y continuó: “Según contaba la abuela, el abuelo habría estado en plena adolescencia cuando le llegó otra mamá. Antes se acostumbraba mucho irse de Entre Ríos a trabajar al Uruguay. En Fray Bentos, donde se encuentra la cuestionada papelera, había colonias suizas. El abuelo José se fue de cocinero a una estancia de franceses; él dominaba muy bien el francés y le vino muy bien. No venían todos los días a visitar sino de vez en cuando a Colón. Así que el abuelo José, junto a Bautista y Mauricio no tenían demasiada comunicación. El tema de la distancia se notó. José se quedó en Fray Bentos y llegó de Europa Julián Casaus, para trabajar de jardinero en la misma estancia. Se hicieron íntimos amigos con el tiempo y el abuelo le propuso irse a Gualeguaychú a poner un hotel, donde finalmente lo instalaron”.
VIRGEN DE LOURDES
Respecto a Marie Louise Cassarín, María Teresa hizo referencia a que estaba casada con Joseph Maurice Marsó, que resultarían ser mis tatarabuelos y, de cuyo matrimonio nació Joseph Antoine.
Cuando arribaron a Argentina, su hijo tenía 4 años, según María Teresa. A los años se casó con Marie Anne Gallicet en Salbertrand en 1854. De allí nacieron dos hijos más: Mauricio, que permaneció soltero, y Juan Bautista, mi bi-sabuelo. De esa rama genealógica, nace nuestra historia.
En definitiva, mis raíces están en “Las Camelias”, las tierras más bajas que llamaban “La tapera vieja”, y en donde tres hermanos (José, Mauricio y Juan Bautista), crecieron, disfrutaron de una niñez quizás sacrificada, quizás no. Pero sólo continuaron juntos hasta que la vida misma se encargó de separarlos.
Me contaron que “la abuela Magdalena se casó con José Marsó, vino de un pueblo llamado Po, de Francia. Nosotros hemos bebido de nuestra abuela la devoción a la Virgen de Lourdes. La abuela vivía en un pueblito cerca de Lourdes. Tenían chacra y traían productos al pueblo: queso, leche, todo eso. ‘La Bernardita’, que era a quien se le había aparecido la Virgen, Bernardita Subirú, era vecina de mi abuela y bisabuela. Le dejaban leche; eran muy pobres. Bernardita murió de tuberculosis, pues su casa era húmeda, terrible”.
Y concluyó: “La abuela Magdalena decidió venir a vivir a la Argentina. Bernardita era famosa entonces por todo el tema de la aparición de la Virgen. Comenzaron entonces a hacer la Basílica de Lourdes, la famosa, y la abuela dejó su tierra cuando la construcción estaba a la altura de las puertas. Se vino a la Argentina y nunca más volvió. Ella nos inculcó desde chiquitos rezar el Rosario. Rezábamos 7 hermanos, por un callejón; a la noche nos sacaba a todos a rezar. Papá y el abuelo José también eran devotos, aunque Félix no tanto. María Luisa, a su manera, era devota. Papá fue el que más practicó, por su mamá, que fue quien conoció a quien se le apareció la Virgen de Lourdes. Todo esto es algo misterioso, algo de la fe. Pero a la Virgen hoy no la veneramos como deberíamos hacerlo”.

Familia de los bisabuelos de Marsó, su abuelo Juan y sus hermanos.
LAS CAMELIAS Y SU LEGADO
El lugar ha cambiado. Aunque aún permanece la casa deshabitada, están latentes los recuerdos. Recorremos el lugar junto a María Teresa y Cristina. Las evocaciones, infaltables en ocasiones como éstas, surgen sin permiso y sin prisa. Se percibe como una brisa que mueve apenas las antiguas plantas de camelias. Su planta madre fue traída de la India, adquirida en una feria. De la misma planta se sacaron gajos hasta cubrir el patio con ellas y, en épocas en que se encontraban florecidas, semejaban un túnel de colores y fragancias.
El lugar donde nació tu bisabuelo -me contaba María Teresa- lo llamamos “La tapera vieja” porque no estaba en la orilla sino más al fondo. Habría que sacarle fotos ya que es un lugar de reliquia, histórico. No queda construcción sino sólo ladrillos que nuestro padre solía mostrarnos. Siempre es bueno tener en cuenta que los inmigrantes venían con una mano atrás y otra adelante, venían sin nada de nada y solamente a trabajar.
Durante el almuerzo, Adrián agrega: “En el Colegio Niño Jesús, de aquí, se encuentra una gruta de la Virgen y una estatua de Bernardita. Un día le dije a mi hijo mayor que nuestra tatarabuela había conocido a Bernardita, y él se quedó mirando sin comprender. Quizás cuando sea mayor, le explique bien toda la situación”, finalizó ante la risa que causaron sus palabras.
Mostrar las raíces, valorar nuestros antecesores y darlos a conocer es uno de los objetivos de mis trabajos. Es importante, como decía Adrián, enseñar y explicar a nuestros hijos cuando tienen una edad apropiada, algunas particularidades de la familia y -de esa manera- incentivar a que deseen conocer más. Que valoren que ellos trabajaron mucho para que nosotros hoy estemos en el lugar que estamos. Ellos surcaron la tierra de la familia y sembraron; ahora hay que seguir con la siembra y cosechar lo que nos legaron para que no se pierda en el tiempo.

El papá de Miriam Marsó en la isla, lugar que frecuentaba.