Te debo la tormenta

A menos que yo me perdiera algo -lo cual no es nada extraordinario-, la tormenta de santa Rosa canchereó este año y directamente se hizo la rata, al menos por nuestros pagos. Lo bueno de las creencias populares es que, como las tormentas, se adaptan. Ni empecé, pero tengo que cortarla...

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

 

La tormenta de Santa Rosa es una institución que zanjó mucho tiempo atrás la odiosa división campo-ciudad: su llegada para, más o menos, el 30 de agosto -día de la santita limeña- tiene jurisprudencia, aceptación y unificación de biblioteca en ámbitos urbanos o rurales: cae para todo el mundo, todos la conocen, la promueven, la esperan, la publicitan...

Este año, no sé si se percataron mis chiquitos, no apareció ni antes ni después, porque hasta el mito popular de que la tormenta cae justo el 30, fue cambiando ante los sucesivos faltazos. Yo no quiero aseverar que es una falluta, tampoco quiero abundar sobre el errado sustrato popular y la endeblez de las certezas que construye, pero se comenzó a ensanchar la base unos días antes y unos días después, para que aterrice todavía con su nombre intacto... Esa base se extiende dos o tres días antes y otro tanto después del 30 de agosto. “Se adelantó Santa Rosa” se afirma cuando la tormenta en cuestión cae antes del 30; o “viene atrasada”, cuando cae después de la fecha bisagra. Pero este año, nada de nada. Pegó el faltazo, se hizo la rata, la rabona, prefirió ignorarnos.

Por supuesto que comenzamos a colocar la razón, justo donde la razón no tiene nada que hacer. ¿Cómo puede haber una tormenta tan generalizada que caiga justo el 30 en toda América? Imposible, por más ascendiente divino que exhiba.

Y después tenés los malditos científicos, los tabuladores, los medidores, los clasificadores, que son literalmente los principales enemigos de los mitos populares. Mientras éstos tienen la lábil consistencia de una red construida con el boca a boca durante años, generación tras generación, algo parecido al “saber popular”, una suerte de construcción extendida y blanda; el dato científico pretende para sí el filo del bisturí y corta inmisericorde justo al medio. Por ejemplo, a unos tipos del Servicio Meteorológico Nacional no se les ocurrió mejor cosa que, a partir de los datos de tormentas que ya poseían en los archivos de más un siglo, pusieron el foco en el famoso 30 de agosto.

Los muy cretinos detectaron que en 105 años, muy pocas veces cayó en realidad en el día asignado. Pero para no arruinar todo, admiten que más o menos la mitad de las tormentas sí cayeron en la base ampliada de cinco días más o menos, esto es, una ventana de generosos diez días en que todavía se le puede endilgar el nombre de Santa Rosa. O sea que la tormenta en su versión flexible tiene una recurrencia bisiesta: un año sí, otro no. Este año, por ejemplo, no.

Por otra parte, no se trata de una lluviecita de morondanga. No nos vengan a arreglar con una garuíta o una brisa insignificante. La tormenta de Santa Rosa tiene por antecedentes, cierta rudeza. A pesar de su nombre femenino es “bien machaza”, como para determinar su violencia, su fuerza, su agresividad.

Entre las prevenciones campestres, había que cegar los espejos, poner escobas detrás de la puerta -la misma actitud que para visitas indeseadas- y cortarla con la tijera grande, la del nono sastre: un tijeretazo de esos, que podía partir sin hesitar una tela a todo lo largo de un solo trazo, o asesinar sin contemplaciones a cualquiera, bien tenía capacidades también para terminar con una tormenta, por más amenazadora que se mostrara.

Y nos vamos yendo: la ciencia está arruinando las cosas interesantes que tenía la vida. El profiláctico termina con el Pombero o la Solapa; unas gotas a tiempo licuan un empacho; el traumatólogo le asestó un golpe mortal a los detectores de nervios salidos y así todo. Ni la tormenta de Santa Rosa nos queda, y eso es muy preocupante. Mandá tormenta al veinte veinte y pasalo, pasalo. Que no se corte.

Te debo la tormenta