EDITORIAL

La complejidad del mundo árabe

Da la impresión de que los mandatarios Nicolás Sarkozy y David Cameron no sólo han comprometido su ayuda militar a los rebeldes libios para que pongan fin a la dictadura de Kadaffi, sino que también quieren instalar en la diplomacia internacional el principio de que todas las decisiones que se tomen contra dictaduras o regímenes despóticos sea avalada por organismos como la OTAN y las Naciones Unidas.

El objetivo apuntaría a devolver legitimidad a instituciones como la ONU o la OTAN que en los últimos años -y muy en particular a partir de las intervenciones militares discrecionales de Estados Unidos- han perdido prestigio y legitimidad. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos que están realizando estos gobiernos, nada autoriza a pensar que este escenario se va a recomponer rápidamente.

Sin ir más lejos, pareciera que lo que se hizo en Libia no podrá repetirse en Siria, donde el dictador Al Assad es el responsable de miles de muertes y, según sus declaraciones, está dispuesto a continuar en la misma línea hasta silenciar al último opositor. Al respecto, intelectuales y dirigentes políticos europeos no han vacilado en enumerar los riesgos que provocaría en Medio Oriente el derrumbe de la dictadura siria de los Assad. En principio, un quiebre político violento ocasionaría trastornos de consecuencias inimaginables con Israel, Irak y El Líbano, además de inducir la movilización de las milicias terroristas de Hezbolá y Hamas.

En este cuadro, la prudencia aconseja tratar de no innovar y manejarse con aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”, sobre todo cuando lo “malo conocido” cuenta con el respaldo de Rusia, una potencia que sigue gravitando con su poderío militar. En ese sentido, se están realizando grandes esfuerzos para que Al Assad acceda a promover reformas políticas que permitan desactivar a los grupos más moderados de la protesta. Pero el problema de estos “reformistas” es que el dictador nunca los suele escuchar; y cuando decide hacerlo, suele ser demasiado tarde.

Los dilemas que agitan la arena internacional se manifiestan con toda su complejidad. Libia es la prueba de que una acción decidida de la comunidad occidental puede desequilibrar las relaciones de fuerza con la dictadura. Pero el consenso alcanzado respecto de Kadaffi, un dictador paranoico y extravagante, no se reproduce a la hora de acordar el nombre de quien lo reemplace.

Hay que decir al respecto que si bien el Consejo Nacional de Transición de Libia se ha preocupado por dar garantías de convicción democrática, en los hechos se multiplican las dudas respecto del talante presuntamente democrático de sus dirigentes.

La llamada “primavera árabe” alienta grandes esperanzas cuando sus habitantes se levantan contra el dictador, pero en el momento de crear las bases de un nuevo orden y constituir un nuevo gobierno, se esboza como alternativa de la dictadura la sombra de otra dictadura. Este es el peligro que amenaza a Túnez y Egipto. Y en Libia puede suceder algo parecido.