En Familia

La incertidumbre de cada día

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Los riesgos cotidianos y las incertezas nos acosan. La Biblia dice que “la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”.

Foto: Archivo El Litoral

Rubén Panotto (*)

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En la jornada siguiente en que todo el país festejó el Día del Niño, y cuando la mayoría de los chicos disfrutaba de los regalos recibidos, Candela, una niña de once años, desaparecía en manos de perversos personajes que la ocultaron en cautiverio extorsivo, para devolverla sin vida diez días después, dentro de una bolsa de residuos. Ahora su familia y la sociedad llora su muerte, y se desgastan en argumentos y ansiosas suposiciones de cómo haber evitado semejante barbarie.

En casos similares se escucha a las víctimas repetir la reflexión “yo nunca imaginé que esto me iba a pasar a mí”. ¿Acaso es posible evitarlo? En algunos hechos la respuesta es sí, sobre todo cuando hay indicios y antecedentes que acercan esa posibilidad y no se toman las prevenciones necesarias; pero en otros casos está fuera de nosotros la alternativa de prevenirlos y entran en el ámbito de la incertidumbre de la vida que todos padecemos, con la que debemos convivir y doblegar cada mañana.

La incertidumbre acompaña el ciclo de cada día, y nada podemos hacer para negarla, pues no tenemos el control del futuro, ni de las horas, ni del instante que ya pasó.

Cómo explicarla

Se trata de la sensación que provoca la inquietud ante lo desconocido; es la expectación de algo indeseable y no conocido que pueda sucedernos. Hoy los riesgos afectan a casi toda la humanidad sin respetar fronteras, ni clases sociales, ni estilos de vida. Por un lado, los daños que producen las catástrofes naturales repentinas como los terremotos, tsunamis, accidentes nucleares, derramamientos de petróleo, etc. Por otro, los riesgos cotidianos de las enfermedades incurables, la inseguridad, la violencia individual, la falta de equidad social y económica, la pérdida del empleo o el quiebre de la estabilidad familiar como comunidad contenedora y orientadora ante tanta incertidumbre. Es que hay motivos para que esa sensación temblorosa en la boca del estómago se manifieste cada día, cuando no sabemos lo que va a sucedernos, ya que -por más que lo neguemos- la existencia se nos presenta como absolutamente impredecible.

Un viejo proverbio dice: “Cuando no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”, de manera que para continuar creciendo paso a paso más allá de nuestras seguridades, deberíamos adaptarnos a ese síntoma y reconocer que nos sobrevienen situaciones que escapan a nuestro control, por las que no debemos pre-ocuparnos; antes sí, procurar la paz y serenidad en nuestra cabeza y corazón.

Supongo que cualquiera de nosotros puede pensar: eso es bueno, pero ¿cómo lograrlo? El poeta Antonio Machado decía “se hace camino al andar”, significándonos simplemente que no conocemos nuestro camino con anticipación, sino que lo vamos trazando con nuestras decisiones día por día.

Cuando nos sentimos abrumados por la incertidumbre, es como tener que subir una larga escalera. ¿Cómo hacerlo?, lo más sensato es subir escalón por escalón hasta alcanzar la cima. El apuro por llegar puede impulsarnos a querer saltar peldaños, pero es muy posible que terminemos con la cabeza contra el piso. ¿No será que en situaciones inciertas no es el momento de tomar decisiones apropiadas?, ¿que hay tiempos de incertidumbre en que las reglas aprendidas no sirven y debemos crearlas nosotros mismos?

Cómo superarla

Estamos viviendo el siglo de la incertidumbre generalizada y la ansiedad personalizada. Los profesionales de la psiquis tienen cada día más trabajo no sólo por el incremento de personas con tales trastornos, sino también porque van apareciendo nuevos y desconocidos motivos para sufrirlos.

La crisis de la familia como institución afectiva, contenedora y terapéutica, aumentó la sociedad de los hijos huérfanos -como titula su libro Sergio Sinay-, produciendo individuos solitarios y desprevenidos, que no aciertan en un estilo de vida superador, fortalecido, para enfrentar los avatares cada vez más exigentes de respuestas inmediatas y costosas. Se me ocurre sugerir: poner en marcha la fe, que es confianza, fidelidad y seguridad. La Biblia dice que “la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”. Jesucristo enseñó que si tuviésemos fe como un grano de mostaza, podríamos pedir a los montes que se trasladen al mar y eso ocurriría. Usar la fe en un hecho de tal magnitud sería una gran manifestación de poder sin propósitos útiles; no obstante es una propuesta alentadora el apropiarnos de la fe para enfrentar situaciones insalvables a nuestras limitadas posibilidades, pero posibles para el que cree.

¿No les parece apropiado levantar la vista del suelo cuando se está preocupado y contemplar cómo se desarrolla la vida a nuestro alrededor? Les sugiero que observen los pájaros, que no tienen un trabajo estable y sin embargo se alimentan; que observen las flores del campo, que lucen hermosas y coloridas, y nadie se puede vestir como ellas. Así les hablaba Jesús a sus seguidores.

Familias: si pudiésemos incorporar esa fe como un regalo del Creador, cuánto más llevadera sería la vida ante las incertidumbres de cada día.

(*) Orientador Familiar