El sinsentido y la posmodernidad
“Estamos vivificados por el Espíritu que penetra la antropología de todo ser humano, de allí que la infelicidad que puede dominar hoy pueda ser originada por una pérdida de esta meta existencial”. En la ilustración, detalle del “Juicio Final”, de Miguel Angel.
Pbro. Hilmar Miguel Zanello
En la nota publicada en esta sección el 3 de setiembre ppdo. hemos estudiado el pensamiento del hombre primitivo acerca de la inmortalidad, manifestado a través de mitos y leyendas, en los cuales el ser humano manifestaba preocupación por su futuro, queriendo vislumbrar en sus penumbras al hombre de mañana. Todos manifestaban que el hombre de hoy debe ser superado,porque el hombre verdadero es todavía un proyecto.
Esta búsqueda del hombre es quizás uno de los anhelos que siempre estuvo en la humanidad a través de sus culturas, tanto en su expresión mítica del pensamiento salvaje cuanto dentro de las utopías científicas del pensamiento de la modernidad.
Hoy nos detendremos en el tema enmarcado dentro de la cultura de la posmodernidad.
Pienso sinceramente que las preocupaciones inquietantes del hombre de hoy por cubrir todas las necesidades humanas pudo hacer olvidar la dimensión interior de la vida, allí donde se encuentra la serenidad y el sentimiento sagrado de la dignidad.
Hoy está naciendo el clamor desde el fondo del corazón por rescatar tal interioridad.
Por interior entendemos la experiencia de captar lo profundo del hombre, la vocación por detenerse a mirar dentro de sí mismo y a pensar seriamente. Entonces se plantean cuestiones decisivas como: ¿qué sentido tiene mi vida y todo este universo de cosas, aparatos, de trabajos, de sufrimiento de luchas y placeres? ¿Hay vida más allá de la vida, ya que tantos han partido de este mundo en las formas más absurdas?
Buscamos respuestas a estos interrogantes, y las solemos encontrar en las religiones y en las filosofías; señalan un camino que nos llevan a descubrir el misterio que anida en cada corazón humano conforme a aquella sabia constatación del teólogo Urs Von Balthasar: “El hombre es portador de un misterio más grande que sí mismo”.
De esta experiencia de la interioridad nace el encuentro de un sentido para la vida, un sentido que va más allá del vivir sólo para la corporalidad contingente.
Interioridad significa emprender un viaje hacia el interior, rumbo al corazón, para escuchar las voces que vienen de adentro cargadas de anhelos, porque allí habita una presencia que nos invita al bien, a la verdad, que nos descubre lo que hay de decisivo y que nos muestra el camino hacia una plenitud de vida.
El drama del hombre moderno es que pudo anestesiar y quizás adormecer esta capacidad de encontrar a la vida el sentido de una realización personal más allá del éxito de un bienestar material, cubriendo sólo las necesidades humanas, pero permaneciendo en el fondo un vacío existencial de insatisfacciones profundas.
Vale mucho el caso que pinta el psiquiatra Víctor Frank en uno de sus libros. Refiere las confidencias de un joven que vive en una sociedad opulenta: “Tengo 22 años, poseo un título universitario, tengo un coche de lujo, gozo de una total independencia financiera, se me ofrece más sexo y prestigio del que puedo disfrutar. Pero lo que me pregunto es, ¿qué sentido tiene todo esto?”. A través de esta declaración Víctor Frankl nos transmite que más allá del freudiano “deseo de placer” existe en el hombre una tendencia todavía más radical y ésta es la voluntad de sentido. Esto es lo más humano que caracteriza al hombre en cuanto tal. Pero el hombre de hoy se encuentra en el abismo de una falta de sentido, en el “vacío existencial” (El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl).
Cuando el hombre baja a las profundidades de sí mismo y no queda detenido en una visión puramente biológica y materialista de la vida y de su ser, puede permanecer con insatisfacciones y carencias vitales. De aquí nace el llamado a cubrir una necesidad que lo realice con plenitud, llevándolo a vivir con aquella vocación para lo que fue creado. Entonces percibimos que el sentido último de su vida se encuentra sólo en la necesidad de “amar y ser amado”. Es que el hombre en una concepción integradora de su personalidad, está necesitado de vivir su propia espiritualidad. Estamos estructurados con un diseño especial, con una exigencia que sólo puede realizar el compromiso de un “auténtico amor”.
Y para que la vida de “un auténtico amor” realice el verdadero sentido de la vida, el comportamiento humano debe superar las actitudes de agresividad e intolerancia que parecen dominar en esta cultura posmoderna, señalada por Juan Pablo II como cultura de la muerte.
Ciertamente estamos vivificados por el Espíritu que penetra la antropología de todo ser humano, de allí que la infelicidad que puede dominar hoy pueda ser originada por una pérdida de esta meta existencial, por la frustración de un verdadero y auténtico amor. Como resultado figura la amenaza de un “vacío existencial”.
Nada tan saludable e integrador como una vida llena de sentido, realizada en un “auténtico y verdadero amor”.
Somos felices si amamos con aquel amor que los primeros cristianos designaban con aquella significativa palabra -agape-, cuando cada hombre realizaba su plenitud brindándose como un don por el otro, superando todo narcisismo que sólo busca tener como eje de vida el propio “ego”.
Por eso surge esta sociedad “insolidaria” y con una histeria de egocentrismo dominada por el individualismo. Aquí se juega el sentido último de la vida humana, en la postura que tomamos frente al “otro”, desde un verdadero amor o desde una dominación que frustra cada convivencia humana.
Son muy reveladoras las palabras de Benedicto XVI en su libro —entrevista— La Sal de la Tierra, donde afirma que la lucha del mundo se entabla entre los que saben amar y aman, y la incapacidad por otro lado de los que se niegan a amar.