La deshumanización de la medicina (III)

Los médicos son insustituibles por la tecnología

Los médicos son insustituibles por la tecnología

Robot Da Vinci, el primero en realizar un trasplante de riñon en un hospital de Italia el año pasado. La medicina actual es la más formidable de la historia y cada vez alcanza mejor sus objetivos, pero no puede dejar de lado la “humanidad” del médico, ni la del paciente y su familia. Foto: EFE

Alberto E. Cassano

Dedicado a Indiana, una médica que con gran sinceridad y extrema humildad me hizo entender mucho mejor cómo funciona su profesión.

El país reconocido como el más tecnológicamente avanzado del mundo -pero en mi opinión, sólo desde un punto de vista muy parcial- es tal vez el que manifiesta el mayor grado de deshumanización en el ejercicio de la medicina. Las carencias sociales en estos aspectos hacen que la salud no esté al alcance de todos, los costos económicos de una buena atención son extraordinarios y la profesión tiene en su mayor parte un ejercicio “neo-liberal-ultra-capitalista”. Sus reglas parecieran estar condicionadas por las libertades características de una acción regida por las leyes del mercado de la oferta y la demanda y donde (con excepciones) cada uno, casi siempre, bajo su estricta responsabilidad individual, se las tiene que arreglar para elegir el seguro de salud que esté a su alcance. Esto no es más que la antítesis de las ideas hipocráticas. Por el contrario, en los países Europeos donde el Estado de Bienestar, cada vez es más atacado y por ende acotado, aun en naciones donde no funciona muy bien, como es el caso de España y Gran Bretaña, por el mero hecho de tratarse de un ser humano, no importa su origen ni su pasado, y aún en los casos de ingreso ilegal, por estar pisando esa tierra, hasta no hace muchos años, la persona adquiría el derecho a una atención -tal vez imperfecta, pero existente- en el sistema público de salud. Lamentablemente, si esta concepción humana del servicio de salud, no va acompañada de los aportes económicos necesarios por parte del Estado y la adecuada remuneración de los profesionales que cumplen su deber con honestidad, el resultado puede ser una inadecuada prestación y una violación del principio de universalidad que la inspira. El desafío, sólo resuelto exitosamente en muy pocos países, es lograr una medicina gratuita que a la vez sea de calidad.

De modo que es preciso advertir que universalización de la asistencia de la salud, no es lo mismo que masificación de la misma -la que constituye el polo opuesto a la personificación-, y todo ejercicio de la medicina despersonalizado redunda en una mala asistencia. En lo que a mi respecta, escuchar de un médico la palabra “es mi cliente” en vez de mi paciente, me provoca bastante irritación.

En nuestro país, con excepciones, la inexistencia de un eficiente sistema de salud universalizado, hace que muchos médicos no sientan que están cumpliendo su función como deberían, que en muchos casos tengan que ejercer la misma a los saltos en un sistema que casi se podría denominar de pluriempleo y terminan por ser lo que en algunos países se ha denominado un profesional “quemado”. Éste es un médico insatisfecho con la forma en que debe manejar su vida laboral y su situación familiar y se ha resignado a que padece una impotencia total para cambiar la situación. Y sobre todo porque sabe que ella está manejada por funcionarios (públicos y privados) ajenos a la realidad cotidiana, que no se ocupan de controlar lo que en realidad deberían y cuya única preocupación es que los números de pacientes atendidos reflejen una productividad significativa, sin preocuparse si los resultados son buenos, regulares o malos.

Otro aspecto que lleva a la deshumanización de la medicina es el que podríamos denominar -con todo respeto- la descerebración de la práctica médica producida por los extraordinarios avances de los estudios de que hoy dispone el facultativo. Bioquímicos, físicos, químicos, matemáticos, bioingenieros y otra serie de expertos en disciplinas afines han puesto a disposición de los médicos un sinnúmero de herramientas y técnicas de inspección no invasivas o muy próximas a ellas, que les hace correr del riesgo de ir perdiendo paulatinamente la capacidad de pensar “clínicamente” acerca del paciente. Uno llega a preguntase si en el futuro, cuando arribe a una clínica para hacerse atender por un determinado especialista, antes de ser visto por el médico, la secretaria le ordene, de una lista ya impresa, los estudios previos que es necesario que se haga. Casi como la preparación preliminar que se nos informa por parte de la asistente que está frente a la computadora, cuando nos debemos realizar un determinado examen de laboratorio, o una radiografía del aparato digestivo o una inspección especial de nuestra vías urinarias. El arsenal de medios de diagnóstico es tal que hoy les permite explorar nuestro cuerpo desde afuera centímetro por centímetro (o aún en porciones más pequeñas) y puede hacer que la persona encargada de formular su veredicto definitivo no ejercite todas sus habilidades relacionadas con la indagación y la revisión clínica, porque cree que los resultados que tiene a la vista son tan suficientemente claros como para que no sienta la necesidad de seguir explorando personalmente al paciente. En otras palabras se olvidan que lo que corresponde es sondear y examinar más y depender de los aparatos supuestamente infalibles tan solo cuando sea necesario y no más. Y lo que siempre todos buscamos es que quien nos va a curar ejercite al máximo su capacidad de pensar porque sus fuentes externas de información, inevitablemente, no pueden estar exentas de errores. Con todas las ayudas tecnológicas necesarias por supuesto, porque su observación y su memoria pueden también estar dejando de lado, involuntariamente, posibles afecciones que un sistema experto de diagnóstico se encargaría de recordárselo.

Otro aspecto esencial que hace al ejercicio humano de la medicina es el respeto por la autonomía del enfermo. El médico (siempre que el tiempo y la circunstancia se lo permita) debe proveerle toda la información completa y necesaria para que el doliente (o su familia) entienda perfectamente cuál es el problema que padece, sus posibles consecuencias y derivaciones, las aptitudes de tratamiento y de cura, pero en última instancia, debidamente informado, el que debe tomar la última decisión no es el médico.

Sería poco serio de mi parte no admitir que la medicina actual es la más formidable de la historia y que cada vez puede alcanzar mejor sus objetivos que es curar a las personas y por sobre todo evitar su muerte cuando es posible lograrlo. Me gustaría, sin duda, que la misma tuviera el mismo grado de accesibilidad para todos, dado que cualquier ser humano tiene a su salud como un derecho inalienable. Pero sería también ilógico que negara que con todos los avances logrados se puedan haber ido perdiendo algunos rasgos fundamentales que han caracterizado en el pasado su ejercicio. El avance tecnológico tiene muchos aspectos positivos y otros negativos y en esta área, la deshumanización, la innegable fragmentación del paciente provocada por la necesidad de intervención de varios especialistas son riesgos que se corren y sólo pueden ser mitigados con humanidad.

Sería muy torpe negar algunas de las ventajas del pasado cuando no estaban disponibles tantos avances científicos y tecnológicos. Porque después de todo, al lado de los rascacielos que se está construyendo China, se siguen irguiendo orgullosas las pirámides de Egipto realizadas miles de años atrás. Entonces, el abandono de muchos pilares básicos del comportamiento del pasado podría hacer que la cura pueda ser cada vez más alcanzable y efectiva, pero corriendo el riesgo de irse transformando, al mismo tiempo, en menos humana. Y esto se torna más grave aún cuando no se alcanza el objetivo buscado y no se ha comprendido y tampoco compartido con el paciente, que todavía ignora mucho más de lo que sabe.

(Continuará)