¿Periodismo y literatura hoy?
Ilustración de Lucas Cejas para “¿Quién mató al Bebe Uriarte?”, novela policial de Rogelio Alaniz que El Litoral publicó todos los martes y jueves, entre el 5 de octubre y el 28 de diciembre de 2010.
Por Adriana Crolla
Desde hace algunos años, la Universidad del Litoral ofrece con bastante éxito una licenciatura de postítulo en Periodismo y Comunicación, en la que se destina un espacio para el estudio de las articulaciones que desde los orígenes han establecido el periodismo y la literatura.
Pero la tecnologización que el medio parece deber asumir por determinación de urgencias de mercado y de la globalización de las comunicaciones, nos induce a pensar en el fin de este secular intercambio y a preguntarnos si en épocas de tanta “eficiencia” y “productividad” es posible y/o necesario seguir apostando a que la literatura tenga un espacio consolidado en los medios y en los diseños curriculares tendientes a la formación periodística.
Si la urgencia del impacto informativo ha transformado en demodé el tempus y las competencias literarias requeridas para el oficio, porque, en términos de mercado, ya no habría público que lo demande. Por lo que las páginas literarias, las críticas e insert especializados, serían simples resabios de un pasado y una élite de lectores en franca desaparición.
si....¿qué?
Pero, sin embargo, la realidad nos demuestra lo contrario, pues muchos periodistas siguen todavía apostando al desarrollo de ambas profesiones, destacándose y enriqueciendo mediante el trasvase de competencias que alternativamente adquieren en una y otra. Y es visible que no hay un periódico que se retenga como modélico que no destine un espacio para dar cobijo a lo literario. O periodistas destacados que no reconozcan la importancia de la formación adquirida en la frecuentación de la literatura.
Y en términos de recepción, existe todavía un público que destaca las voces de quienes, en y desde los medios, explotan virtudes que la literatura provee a los buenos lectores y escritores y a los géneros periodísticos que abrevan de ella.
Por ello, nos parecieron interesantes las conclusiones del Congreso Mundial de Diarios realizado en Suecia en 2008 (publicadas por Fernán Saguier, Sección Cultural de La Nación del viernes 6 de junio de ese mismo año) sobre las 5 virtudes que todo periódico debe tener para retener a su audiencia: 1) proponer noticias exclusivas, basadas en novedades (o presentadas como nuevas) como modo de marcar la propia agenda; 2) elaborar grandes relatos, de prosa musical y elegante, que estimulen la lectura; 3) brindar profundidad, análisis y opinión; 4) ofrecer diseño energizante que agilice y facilite la lectura, y 5) adosar una dosis indispensable de sorpresa, para “garantizar un pellizco al lector cada mañana”.
Nos resulta a todas luces intrigante que un congreso mundial de especialistas en la comunicación aconseje el desarrollo de virtudes indisolublemente asociadas al modus operandi de lo literario: “musicalidad y elegancia” de la prosa, “profundidad” de contenido y atractivo verbal, narratividad y novedad. Elementos que parecerían ir a contramarcha con el frenetismo productivo, la fugacidad del consumo y las destrezas antiliterarias que, desde una mirada irreflexiva, parecen requerirse a los nuevos profesionales de la noticia.
No debemos olvidar que en los inicios del periodismo, el público gustaba que la noticia fuera acompañada de abundantes relatos, artículos e historias. Lo que permite entender el modo cómo el periodismo sirvió, y sirve todavía, de campo de aprendizaje y experimentación para la posterior o contemporánea consolidación de muchas carreras literarias. Y por nombrar sólo a algunos en nuestro país: Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Miguel Cané, Leopoldo Lugones, Paul Groussac, José Álvarez (Fray Mocho), Ricardo Gutiérrez, Homero Manzi, Enrique y Raúl González Tuñón, Conrado Nalé Roxlo, Jorge Luis Borges, César Tiempo, Roberto Arlt, Ricardo Piglia y Tomás Eloy Martínez. Entre tantas mujeres, destacamos a las pioneras Eduarda Mansilla, Juana Manuela Gorriti y Juana Manso. Y en nuestro medio: Mateo Booz, Gudiño Kramer, Alcides Greca, Hugo Gola, Juan José Saer, José Luis Víttori, Enrique Butti, José Luis Pagés, Néstor Fenoglio y Rogelio Alaniz.
El folletín que nos supimos conseguir
Si Edgar Allan Poe en los EE.UU. y Balzac en Francia “inventaron” durante la primera mitad del siglo XIX un tipo de público masivo y calificado, sabemos que este público incipiente no tenía en su mayoría acceso directo a los libros y que aprendió a leer literatura a través del periódico. Una razón era el analfabetismo pero otra fundamental era el costo de los libros. Por ello, mientras se propagaban las bibliotecas circulantes y proliferaban las novelas cortas de autores desconocidos, difundidas en fascículos mensuales y capítulos ilustrados, comenzó a popularizarse un género inserto en los periódicos organizado por entregas que se llamó folletín. Un ejemplo de su incidencia en el mercado es el Daily News de Londres, el que gracias a la inclusión de la novela Tiempos difíciles de Dickens subió a una tirada de 40.000 ejemplares. En nuestro país, un fenómeno similar fue el folletín gauchesco Juan Moreira de Gutiérrez, publicado en el matutino La Patria Argentina en 1879 y consumido tanto por la población nativa como por la extranjera, incipientemente alfabetizada.
El folletín incidió directamente en el ritmo productivo y en la emergencia de un mercado productor que se especializó en estrategias compositivas como los “cortes” que potencian el suspenso. O los cambios inesperados en la trama y de personajes. Su misma periodicidad posibilitó también la participación activa del público opinando y demandando, manifestando preferencias, orientando la escritura y el desarrollo de la acción. En cuanto a lo formal, al apelar recurrentemente a las repeticiones, la recuperación de información previa, el paralelismo y formas estructurales marcadas, el folletín colaboró definiendo un estilo de lectura que se afianzó paralelamente al aprendizaje de la lectura fragmentada en la página del periódico, determinado por los modos de distribución tipográfica de las noticias. Acompañó la evolución del medio, la constitución del público, los modos de producción y de mercado (tanto del periódico como de los géneros populares), y se configuró en base al morbo del público urbano, cada vez más ávido de detalles truculentos de los crímenes y misterios de la ciudad. Lo que explica la estrecha relación entre el folletín, el periódico, el género policial y los relatos de suspenso (un ejemplo inicial de este complejo maridaje es Los crímenes de la Rue Morgue de E.A. Poe). Géneros que desde ese momento manifestaron gran vitalismo y extrema adecuación a las experiencias y sensibilidad del hombre de la modernidad con sus consecuentes derivaciones.
En Santa Fe, un ejemplo de folletín a destacar por pertenecer a quien se considera el primer novelista santafesino, Malaquías Mendez (*), es la novela de ambiente autóctono isleño Una tumba en la selva. Texto que fue publicado en quince entregas, en los Nº 175-190 de 1878 del periódico El Santafesino, fundado el 9 de enero de 1877 con más de una década de existencia, y que puede ser leído integralmente gracias la donación que Don Clemente Paredes hiciera de 200 números al Archivo General de la Provincia.
Un ejemplo actual de reactivación del género fue la publicación, todos los días martes y jueves, entre el 5 de octubre y el 28 de diciembre de 2010, en el diario El Litoral de Santa Fe, de la novela del escritor-periodista Rogelio Alaniz “¿Quién mató al Bebe Uriarte?”. Un policial en clave local, de excelente factura no sólo por la ajustada resolución de los requerimientos del género sino además por la interesante apuesta de crear una historia apelando al imaginario colectivo local, tanto sea en relación a los personajes, el ambiente, la topografía urbana y de espacios colindantes (Rincón, Sauce Viejo, etc.) como por los guiños, sabiamente distribuidos, a situaciones, prácticas culturales y conformación social típicamente santafesinas.
Apuesta de lectura innovadora que celebramos vivamente pues nos dio la posibilidad de gozar, como los lectores de hace un siglo, de una experiencia de lectura inusual, participativa y lúdica.
(*) Malaquías Mendez nació en Santa Fe en 1859, donde murió a los 37 años. Según información que gentilmente nos proporcionara uno de sus descendientes, el Sr. Mario Passeggi, tuvo 4 hijos y 11 biznietos y escribió esta novela en Helvecia, adonde se había recluido por problemas asmáticos. Rafael López Rosas (1972) por su parte, menciona que estudió en la Academia de los Jesuitas y que trabajó activamente en política y en el periodismo junto a Domingo Silva en Unión Provincial y fundando La Aurora (de fugaz existencia) en 1879. Acota que en sus últimos años escribió el drama “Lucía Miranda”, y que recogió en un volumen inédito, sus mejores poesías. Información que no pudimos corroborar porque el historiador no consignó datos concretos de edición y porque a pesar de la pesquisa iniciada no hemos podido encontrar hasta el presente, ejemplares para su consulta. (López Rosas, R. en “La cultura en la provincia (1ª parte)” en Historia de las Instituciones de la provincia de Santa Fe, Tomo V, Santa Fe, Imprenta Oficial, 1972).








