Preludio de tango

Roberto Rufino, el pibe del Abasto

a.jpg

Manuel Adet

 

El pibe apenas tenía quince años. Parecía desenvuelto y algo atrevido, pero todavía usaba pantalones cortos. Carlos Di Sarli aceptó probarlo porque su representante lo recomendó. Caminaron juntos por el Paseo Colón y entraron al Moulin Rouge. Recién estaba oscureciendo y Di Sarli pensó que tendría problemas si la policía lo veía entrar con un menor a un cabaret. No obstante prefirió arriesgarse. Saludó al personal que se estaba preparando para iniciar la jornada nocturna y se acomodó en el piano decidido a escuchar la voz del chico que decía llamarse Roberto Rufino.

Di Sarli arrancó con “Milonguero viejo”, un tema suyo dedicado a Osvaldo Fresedo. Lo escuchó cantar al chico las dos primeras estrofas. Fue suficiente. Se puso de pie, cerró el piano y se acercó al mocoso que seguía cantando pero lo miraba con cierto recelo. No le dijo una palabra, pero le dio un largo y cálido abrazo. El maestro estaba emocionado: hacía rato que no escuchaba a un vocalista expresarse con tanta perfección.

Esa misma noche de 1938, Roberto Rufino se inició con Di Sarli. La leyenda relata que como a las dos de la mañana entró la policía al local y el maestro lo tapó al chico con su sobretodo, porque si los agentes descubrían a un menor cantando en un cabaret, terminaban todos presos. Al otro día Di Sarli acompañó a su flamante cantor a la sastrería “Los 49 auténticos” para que se comprara su primer traje con sus primeros pantalones largos.

Rufino trabajó cinco años con el autor de “Bahía Blanca”. El mismo diría años después que todo lo que tenía que saber de tango lo aprendió al lado del maestro. Cuando en 1943 decidió iniciarse como solista ya había grabado veintiséis temas con Di Sarli, entre los que se destacan además de “Milonguero viejo”, “Alma de bohemio” y “Corazón”, el tango de Enrique Cadícamo, “Boedo y San Juan”.

El muchacho no ha cumplido aún los veintidós años, pero ya es considerado un vocalista experto. Di Sarli fue su consagración, pero antes había cantado con las orquestas de Francisco Rose, Camilo Tarantini, José Felipetti, Anselmo Aieta y Antonio Bonavena, tío del púgil. Después llegarán sus años de solista o integrando las mejores orquestas de su tiempo. Rufino será una figura estelar de la radio y sus giras por el país se extenderán a Montevideo y Santiago de Chile, ciudad en la que lo harán famoso sus actuaciones en el Maracaibo.

Roberto Rufino nació en el corazón del barrio del Abasto el 6 de febrero de 1922. Sus padres fueron Lorenzo Rufino y Agustina Guerin. A Lorenzo le gustaba cantar y tocar la guitarra. El inició a los hijos en la música. Carlos Rufino, hermano de Roberto, integró el coro del teatro Colón. Por su parte Roberto, será uno de los cantores de tango más notables en un género difícil de interpretar y en el que para fines de la década del treinta e inicios de los cuarenta, ya se destacaban calificadas figuras.

Los estudios primarios los cursó en una escuela del barrio ubicada en la esquina de San Luis y Sánchez de Bustamante. Allí recibió sus primeras y decisivas lecciones de canto a cargo del maestro Bontan Biancardi. Luego inició el secundario en el Colegio Nacional Nº 6 “Manuel Belgrano” de calle Ecuador 1158, donde duró apenas dos años. Un día decidió largar todo lo que estaba haciendo y le dijo a su padre que había decidido a ser un cantor de tango “como Gardel”. Don Lorenzo murió de un infarto en 1935 cuando recién había cumplido 43 años. Rufino diría mucho tiempo después que 1935 fue para él un año de luto por partida doble: la muerte de su padre y la de Gardel.

Se dice que el chico se inició cantando a cappella en un sótano del Abasto. Lo seguro es que a los quince años Roberto cantaba el Café O’Roderrman regenteado por los hermanos Traverso, quienes recordaban que años antes Gardel había incursionado en el boliche. Su primera presentación fue exitosa y el animador de la noche lo bautizó como “El pibe del Abasto”. No fue su único apodo: en otras circunstancias será conocido como “El Pibe terremoto” y “El actor del tango”.

Del O’Roderman pasó al café El Nacional de Corrientes 974 y el maestro Antonio Bonavena lo presentó luego en el distinguido Petit Salón de Montevideo casi Corrientes. O sea que cuando ingresó a la orquesta de Di Sarli, Rufino ya era un cantor experto que se había destacado en orquestas dirigidas por músicos exigentes y de renombre.

Di Sarli fue su maestro, pero luego tuvo la oportunidad de perfeccionar su arte en las orquestas de Roberto y Miguel Caló, Armando Pontier y Enrique Francini. En 1962, y durante tres años será el gran cantor de Aníbal Troilo. En todas las orquestas se lució como un cantor de excepcional calidad. Es lo que prueban sus grabaciones con Caló y Troilo, por ejemplo.

Los cantores contemporáneos no sabían si admirarlo o envidiarlo. La llegada de Rufino a las primeras categorías del tango fue muy comentada. De la mañana a la noche el muchacho se hizo famoso y los rumores aseguraban que en un mes ganaba tanto dinero que podía permitirse comprar un auto al contado. A principios de la década del cincuenta estaba considerado entre los cinco grandes cantores de tango de todos los tiempos. Su nombre se confundía con los de Alberto Marino, Francisco Fiorentino, Alberto Podestá y Floreal Ruiz.

No concluyen allí sus méritos. Rufino se habrá de distinguir como compositor y una de sus célebres creaciones será la música del tango de Reinaldo Yiso “Soñemos”. También son de su autoría “El bazar de los juguetes”, “Como nos cambia la vida”, “Manos adoradas”, entre otras. Entre 1957 y 1960 en LR1 Radio El Mundo, actúa un tal Bobby Terré, que cautiva la atención de los oyentes con sus temas melódicos, entre los que se destacan “El teléfono”, “Vuelve amor”, “La luna y el sol”. Después se sabe que Terré, ese enmascarado que se presenta en el escenario, es Rufino.

En 1949 se casa con Perla Benigno Lorenzo. Poco importa a los efectos musicales saber si fue un buen o mal marido. Tampoco interesa demasiado avanzar sobre los entretelones de su vida privada. Al respecto, basta con saber que siempre fue ponderado por ser un buen amigo, generoso casi hasta la irresponsabilidad.

Su calidad como cantor nunca estuvo discutida, pero hay que admitir que su estilo definitivo, ese singular fraseo y esa manera tan particular de administrar los silencios, lo logra en la década del cincuenta. A esa época pertenecen sus grandes creaciones, aquellas que lo hicieron inolvidable. Hablar de Rufino es evocar, por ejemplo, a tangos como “María”, “La novia ausente”, “Milonguita” “Canción de rango” y “Malena”. Uno de sus biógrafos asegura que este último tango “Malena”- debería cantarse cambiando el nombre de Malena por el de Rufino.

Durante años -se podría decir que hasta la actualidad- se discutió si esa manera de interpretar el tango fue un invento de Goyeneche o de Rufino. Las opiniones están divididas. No concluyen allí las relaciones entere los dos grandes “Roberto” del tango. Ambos despertaron multitudinarias adhesiones, fueron queridos, respetados y reconocidos y ambos no supieron vivir con dignidad artística sus últimos años. Rufino subía al escenario y parecía que no quería bajarse más, que allí debía quedarse para siempre, iluminado por las luces y rodeado del cariño de sus seguidores decididos a perdonarle todos los errores en nombre de la felicidad que les había brindado en sus mejores tiempos.

Roberto Rufino murió en el sanatorio de la Fundación Favaloro el 24 de febrero de 1999. Una multitud acompañó sus restos hasta el cementerio de la Chacarita. Dos años antes había sido declarado ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires.