Alfonso David Barrientos Zapata
Alfonso David Barrientos Zapata
“El crecimiento de nuestras ciudades cada vez es más excluyente”

El docente y arquitecto expuso sobre “Hábitat social inclusivo” en el marco del Congreso sobre Problemáticas Sociales Contemporáneas organizado por la UNL. Foto: Amancio Alem
El concepto de hábitat social inclusivo cobra sentido en el diseño de cada tramo de una ciudad y, sobre todo, en la forma en que las personas se apropian -o no- de esos espacios. De eso habló el arquitecto y docente boliviano Alfonso David Barrientos Zapata, en el marco del V Congreso de Problemáticas Sociales Contemporáneas que se hizo en Santa Fe.
Nancy Balza
Por alguna razón que estudiarán expertos, el clima es inevitable tema de conversación, más todavía en una mañana gris y ventosa que anticipa tormenta, cuyo desenlace es impredecible. Pero, lejos de resultar forzado, el tema en cuestión introduce de forma natural la charla con el arquitecto, docente y ex concejal de La Paz (Bolivia), Alfonso David Barrientos Zapata, quien vino a la ciudad a exponer sobre “Hábitat social inclusivo” y dice sentir, como los santafesinos, “entre alegría y pena cuando hay lluvias”, más aún si éstas son “terribles y continuas, porque cuando eso ocurre un pedacito de nuestra ciudad se cae”.
El tema lo irá llevando a describir la conformación topográfica de La Paz sobre un terreno bastante frágil que ha sufrido la densificación de poblaciones, especialmente en las laderas. “Eso ha llevado a que la gente construya las viviendas en situaciones de mucho riesgo, pero además han sido afectadas las cuencas de los ríos que no tienen memoria, no respetan la norma, no la conocen. La norma es un invento humano que no respeta la naturaleza. Allí es donde aparece este dicho de que La Paz está desapareciendo”.
—¿En Bolivia ocurre, como en otros países de Latinoamérica, donde la población más vulnerable es la que se ve más afectada ante un fenómeno climático inusual?
—Claro, porque los problemas estructurales son los mismos. Obviamente hay matices culturales que son significativos, pero es la historia de la humanidad. Los poderosos son los que han conservado las ruinas que nos enorgullecen, porque ellos han tenido acceso a los materiales que más soportan y han elegido los mejores terrenos. No vamos a saber con precisión cómo vivían el pueblo romano, el pueblo griego o el pueblo egipcio. Es lo que pasa con nuestra cultura. Las ruinas de Tiahuanaco representan el poder, la relación con los dioses. Pero, cómo vivían los tiahuanacotas o los aimarás, no lo sabemos. La ocupación indiscriminada de la tierra lleva a que sectores sociales con mayor ingreso también terminen habitando esos lugares porque son áreas que naturalmente eran para la producción. Soy arquitecto, tengo la suerte de tener esta profesión, pero además he aprendido que la arquitectura no tiene que ver solamente con el diseño y la construcción, sino que tiene que nutrirse del territorio, de la geografía y tiene que saber que el territorio no es solamente un hecho físico sino que es el albergue de la gente y hay que aprender a conocerla, a respetarla. No tendríamos que actuar como si lo que diseñamos fuera un obsequio o un monumento a nuestra genialidad, sino ser humildes y respetar lo que la gente quiere para vivir.
—Entonces, desde el espacio geográfico que conoce y su formación académica, ¿de qué hablamos cuando hablamos de hábitat social inclusivo?
—Pareciera una redundancia porque el hábitat obviamente es social. Pero lo que creo que es importante destacar es la palabra “inclusivo”, porque el crecimiento de nuestras ciudades cada vez es más excluyente. Esto significa que no todos los ciudadanos podemos disfrutar de la construcción colectiva. A veces la tarea de los arquitectos vinculada a un interés coyuntural de las autoridades hace que se empiecen a construir enormes dispositivos que pretenden asemejarse a un modelo de ciudad que normalmente suele ser la europea, la asiática y la del Medio Oriente; Dubai, por ejemplo. Eso hace que estas construcciones terminen siendo inaccesibles para la gente en dos sentidos: por un lado, porque serán lugares de alto consumo, almacenes en los cuales los productos serán más caros porque la inversión ha sido enorme y tiene que ser recuperada. Pero además porque hay una modalidad de consumo genérica que termina modificando nuestros hábitos y esto nos obliga a pensar más en el producto que debemos comprar que en la posibilidad de compartir con la gente. Por eso, el hábitat no debe ser visto desde la segmentación y la especialización, no puede ser excluyente, sino para el disfrute de todos. También significa que quienes, temporal o permanentemente, tenemos una capacidad diferente, terminamos siendo rechazados por la misma ciudad. Me refiero a quienes tenemos una forma distinta de caminar, usamos un bastón o una silla de ruedas. Hay espacios de la ciudad que terminan pensados en un prototipo de persona, una persona “normal” o dotada de cierto tipo de condiciones físicas que le permite superar todos los obstáculos, y eso no es así. Además, creo que cuando hablamos de hábitat debemos cuidarnos de que el diseño y la ocupación del territorio vaya en armonía con la naturaleza porque no tenemos necesidad de dominarla.
LOS MEDIOS, LOS JÓVENES Y NUEVAS FORMAS DE EXCLUSIÓN
“Esta sociedad -explica el docente-, muy vinculada a la tecnología de la información, construye verdades a partir de lo que está en los medios de comunicación: si algo está en el titular es cierto, si no lo publican los periódicos tenemos que dudar. Terminamos unificando conceptos como la inseguridad y en esta lógica empiezan los choques generacionales. Decimos: los jóvenes son amigos de la violencia, hay que cuidarnos de los jóvenes; los locales deben cerrar a las 7 de la noche porque después vienen las hordas juveniles y eso implica mucho riesgo”.
“No quiero santificar las conductas de los jóvenes, pero nosotros también lo fuimos, y esa lógica de decir que cuando nosotros éramos jóvenes la sociedad estaba mejor, es un error, una visión egoísta”, aclara. “Olvidamos que los jóvenes también tienen que equivocarse, pero la comunidad debe crear mecanismos en los cuales se vaya corrigiendo aquello que colectivamente fuera rechazado. En realidad los problemas son sociales, aunque tienen que ver con cuestiones individuales. Me refiero a sociedades que reivindican modelos económicos que definitivamente son excluyentes. Eso tiene que ver, incluso, con la monoproducción”.
En este punto, explica que “cuando un país privilegia una monoproducción porque tiene que estar vinculado al mundo, ya de por sí está siendo excluyente y está excluyendo a las personas. En el caso boliviano, todo el territorio donde están los yacimientos hidrocarburíferos aparecen sobredimensionados por la gente, que piensa que vive donde está la riqueza. Y aparecen diferenciaciones sociales, producto de una sociedad que excluye porque no ve la articulación, la integralidad en lo económico. Una consecuencia de privilegiar sectores económicos es estratificar socialmente y eso tiene su expresión espacial. Es ahí donde privilegiamos los espacios. Hay parques, espacios y edificios de primera y otros de segunda, como hay calles de primera y de segunda. Y en estas calles -ironiza-, para que sean de primera, se debe permitir el flujo de los vehículos y no de las personas, cuando las calles deberían estar al servicio de todos y el transporte público debiera ser privilegiado”.
—Las barreras, físicas o no, que se ponen en el espacio público también excluyen a los jóvenes.
—Seguramente van a sentirse, no sólo rechazados sino que en determinado momento van a desconocer su ciudadanía y aquello que no es ofrecido va a ser tomado. Es importante que los adultos no olvidemos que fuimos niños y jóvenes. Los adultos tenemos una necesidad de localización, empezamos a construir la idea de tener nuestro espacio vital entre cuatro paredes y el territorio entre tal y cual calle. Para los jóvenes, el espacio vital es el recorrido, el paseo, la calle, la esquina. Nosotros, los adultos, necesitamos el refugio, la cueva. Es importante destacarlo, porque cuando vemos a un grupo de jóvenes, lo primero que pensamos es que se están reuniendo para hacer algo malo, y no necesariamente es así; se están reuniendo para compartir y disfrutar de ese espacio vital que para ellos es el aire libre. Nuestras culturas originarias, por ser agrícolas, obviamente no pensaban en el templo, en la iglesia donde estaba el dios ermitaño; tenían en el cielo, en el sol y en los cerros a sus dioses, y obviamente no los podían encerrar. Ese contacto con el espacio público nos reclama estar siempre allí: la calle, la plaza son espacios públicos. Debiéramos seguir ratificando que los espacios democráticos son las calles: son el espacio de la protesta, de la concentración y también donde el poeta se inspira. Sin embargo, consciente o inconscientemente, se pretende ir poco a poco privatizando las calles. ¿Qué pasaría si la plaza poco a poco es entregada a los vecinos? Tengo la seguridad de que ese espacio va a terminar siendo preservado. No tendríamos que cortar la relación entre la ciudad y la sociedad.
He aprendido que la arquitectura no tiene que ver solamente con el diseño y la construcción, sino que tiene que nutrirse del territorio, de la geografía y tiene que saber que el territorio no es solamente un hecho físico sino que es el albergue de la gente”.
A veces la tarea de los arquitectos hace que se empiecen a construir enormes dispositivos que pretenden asemejarse a un modelo de ciudad que normalmente suele ser la europea, la asiática y la del Medio Oriente; Dubai, por ejemplo”.

“Para los jóvenes, el espacio vital es el aire libre. Allí se reúnen a compartir y disfrutar”, dice el experto. Foto: Flavio Raina/Archivo El Litoral
Cuando vemos a un grupo de jóvenes, lo primero que pensamos es que se están reuniendo para hacer algo malo, y no necesariamente es así; se están reuniendo para compartir y disfrutar de ese espacio vital que para ellos es el aire libre”.
Intervenir sin ofender
Alfonso David Barrientos Zapata contó que el día de la inauguración del congreso que lo trajo a Santa Fe, lo llevaron a conocer La Redonda y de su recorrido concluyó que “esa es la línea de intervención: recuperar los espacios sin mucha violencia, mantenerlos de acuerdo a lo que fueron en su cultura y cambiarle la función sin ofenderlos; los arquitectos deberíamos acostumbrarnos a ser más sutiles”, opinó. “Y lo que me alegró fue ver tanta actividad. Debieran haber ferias del libro más seguido y, cuando terminan, que haya otra feria. Vi a familias y parejas que mantienen el hábito de comprar el libro. Y la lectura es vital en la medida en que nos ayuda a inventar otras cosas. Para mí es un acierto. Seguramente la siguiente etapa será adecuar ese enorme espacio que tienen al exterior para que el disfrute sea mayor”.

“Las calles deberían estar al servicio de todos y el transporte público debiera ser privilegiado”, opina el docente y arquitecto de Bolivia, Barrientos Zapata. Foto: Archivo El Litoral
Perfil
Hace 29 años que Alfonso David Barrientos Zapata es docente universitario, pero admite que la arquitectura le permite combinar esa tarea con la práctica profesional. “La docencia, sin la práctica, a veces se queda en el limbo de lo teórico”, define, y sostiene que “soy de los docentes que siempre tienen tiempo para sus alumnos”.
Además, hasta mayo de 2010 fue concejal, de lo cual dice estar agradecido: “Tengo la impresión de haber pagado una parte de deuda con la sociedad y con la ciudad paceña”.