A la moda

Es un clásico de primavera: la Nosotros trae las claves de la nueva temporada en materia de modas. Y el Toco y Me Voy, advenediza sección, puente bailey permanente, lo atamo con alambre y seguimo, opina también sobre el tema.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

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La primera impresión es que la moda, que tracciona por la novedad, quiere instaurar seguridades: alguien que está “a la moda” no teme, pues lleva sobre sí lo que se acepta como correcto para cierto momento. Ahora, por ejemplo, se usan colores fuertes, definidos, estampados de gran volumen y eso, que en cualquier otro momento sería motivo de angustia y de temor al ridículo, pues, ahora, es lo que se usa, lo que corresponde, lo que se ve bien.

La otra cuestión derivada inmediatamente de la anterior tiene que ver con los sujetos sobre los que se aplica la novedad: en general las y los modelos son altos, muy flacos y un girasol en esa lánguida y esbelta belleza, no es lo mismo que un campo de girasoles en el cuerpo real y concreto de Doña Marcia: hectáreas de girasoles, ¡otra que Van Gogh!

Hay una primera incongruencia fundante: los diseñadores, los que piensan en la ropa que la gente va a ponerse, tienen ya una matriz atrofiada, por cuanto parten de cuerpos irreales, o -para no discriminar a los extremadamente flacos y altos-, minoritarios.

Yo, por ejemplo, lejos del bello Adonis que se desliza por la pasarela, tengo desplazamiento abdominal. Es una dolencia típica de quienes pasamos los cuarenta y vamos con fe ciega (ya tampoco veo bien) a los cincuenta: tenemos abdominales móviles, con ansias viajeras y tanto es así que ya no tengo idea de dónde están o qué cosa son o eran. Así, los estampados y la preferencia por el algodón son, lo digo sin resentimiento, incompatibles conmigo.

Lo siento: no es que no quiera ponerme lo que pensaron “para mí”, sino que no puedo, no entro allí, estoy decididamente mal confeccionado, le voy a distorsionar los girasoles que en mi ex zona abdominal tendrán una turgente redondez propia de las naranjas o, mejor, de los pomelos. Y mi vecino, anda por la forma zapallo. Cualquier diseño que caiga allí, se estampa, choca, se transforma, se estira, se redondea y perece miserablemente.

Luego, además del diseño, tenés las telas en sí, con avances increíbles: por ejemplo, parece que en materia de ropa interior el satén (nada que ver con el adminículo para hacer huevos fritos o bifes) y la seda le dejan paso al algodón y a los estampados, que son, perdón por decirlo así, más “ponibles”. Con lo bien que me quedaba a mí el satén.

Después, hay que tener cuerpo, cara y espíritu para usar una babucha en tela tecnopile (yo no pregunté, no pregunten ustedes tampoco), y remera de algodón mercerizado (yo no pregunté, no pregunten ustedes tampoco) y otras beldades.

Quiero decir con esto que me meto en el otro tópico importante de la moda: la gente, muchas gente, incluso la mayoría de la gente, no le presta atención a los mandatos, dictámenes, órdenes o alaridos de la moda.

En general, las personas pueden clasificarse -así se los digo- en especializados o entendidos, gente que está siempre bien vestida y a la moda o por lo menos lo intenta y que constituyen una ínfima minoría.

Después tenés los masomenos, entre cuya medianía me escondo, que más o menos aceptamos algo de “lo nuevo” pero no queremos tirar la vieja camisa o el jean (prometo no decir más “vaquero”) del año pasado, tenemos una pretensión de vestir armoniosamente pero no salimos a correr a comprar la última zapatilla de moda.

Y después tenés la inmensa mayoría que ni se entera ni le interesa absolutamente nada de la moda, tiene su propia moda. La ropa para ellos es apenas algo accesorio, coyuntural, de importancia relativa, que sirve para cubrirse y salir a la calle sin ser detenido por la policía... Demás está decir que los tres sectores descriptos con brocha gorda tienen razón.

Por último, yo, que apenas comprendo lo que es el broderie, no me atrevo ni a preguntar qué corno es el guipiur. Mirá si es contagioso...