Tribuna ciudadana
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La moral de la psicología de masas

Zizí Bonazzola
Se puede definir a la Psicología Social como la consideración de las leyes que rigen la convivencia humana, como un enlace entre los campos de la psicología y la sociología. Pero el puente entre ambas ciencias ha sufrido en la realidad una inexplicable ruptura, que no alcanza a destruir las lógicas conexiones.
La psicología de masas, desde el trabajo de igual nombre de Gustav Le Bon, que influyera notoriamente en la formación del pensamiento del fascismo y el nazismo, pasando por la crítica de Sigmund Freud en su “Psicología de masas y el análisis del yo”, hasta desembocar en las teorías grupales de los autores norteamericanos posteriores, despierta inusitado interés.
Nos importa considerar, dentro de esta asignatura, lo que se ha dado en denominar “conformidad”, que es el grado de cambio de comportamiento, opiniones y actitudes de los individuos de un grupo social para llegar a confluir en una cohesión plural. Se debe analizar la extención de dicho cambio en la construcción de la escala de valores que adopta el grupo y su distanciamiento de la de cada uno de sus integrantes. Al concepto de conformidad se contrapone el de colisión entre ambos. Y en numerosas ocasiones, la variación, adaptación o choque depende de si se asume el concepto de que el fin justifica los medios. Por ejemplo, observemos el caso de la Revolución Rusa de 1917. La aparición del trostkismo, con su tesis de la revolución permanente, reinstalaba la violencia como denominador común de la lucha ideológica y se convertía en un valor grupal por encima del pensamiento de cada uno de los integrantes del movimiento.
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Frente a una circunstancia electoral como la que atraviesa nuestro país, importa apreciar qué es lo que prima a la hora de de emitir el voto. Sin ser letrados ni sociólogos, ni poseer algún título habilitante ad hoc, tenemos la osadía de opinar en este campo merced a que la mucha altura de nuestros años nos proporciona una percepción de la realidad inversa a la presbicia, que permite ver con mayor precisión lo que acontece.
De la consideración de ciertos ítems de la convivencia según la pauta que dicta la conciencia individual, se establece una relación férrea entre la persona y el grupo -en este caso, los compatriotas. Nos interesa en la presente oportunidad, analizar los temas de la vida en común que preocupan a la ciudadanía y condicionan la decisión de su voto. En modo particular, distinguiremos la corrupción imperante. No darle la debida importancia a tal desvío de la conducta es, no sólo permitirle que siga existiendo, sino alentar su crecimiento. Según cuánto preocupe a cada uno, de acuerdo con la propia ética, dependerá la orientación moral colectiva.
A todos nos espanta el volumen descomunal de los hechos de corrupción que aparecen a cada paso y enlodan, no sólo una gestión gubernamental, sino que también conforman la mancha negra que se expande y contamina hasta ciertos íconos que parecían inmaculados, intachables. El caso Schoklender alcanza hoy la cúspide detentada hasta hace poco por el affaire Jaime, que permanece incomprensiblemente sin sanción. Quienes sostienen que la valoración del conflicto con el administrador de las Madres de Plaza de Mayo y su Fundación compete a la Justicia, están por graduarse cum laureo en el Doctorado en Ingenuidad. Porque, ¿a qué Justicia se refieren: a la del juez Oyarbide; la del fiscal Di Lello? ¿A la que cuenta en su órgano supremo con un juez dueño de propiedades en las que funcionan prostíbulos y acude a explicaciones naif para despejar culpabilidades y el cuerpo no hace otra cosa que buscar formas de justificarlo? Hasta hay representantes legislativos que emiten un comunicado de apoyo al jurista de extraña conducta. ¿A una Justicia a la que le pasan bajo las narices valijas repletas de dólares de dudoso origen sin que su fino olfato detecte el olor nauseabundo? ¿La que considera legales declaraciones de bienes de cuestionable procedencia y ganancias rayanas con la usura? ¿La que acumula pirámides de escritos durante dieciseis años que prueban un delito, pero encuentra inocentes a quienes lo cometieron? Y por ese camino pretenden privar a las Cámaras Legislativas de una de sus obligaciones inherentes: la de controlar al Ejecutivo y su manejo de fondos.
El desgraciado asesinato de una niña, sacó a la luz un submundo despreciable -al que no se considera ajena una policía altamente corrupta-, que se desenvuelve a la vuelta de la esquina. Admitir la corrupción es un semáforo en verde para la pedofilia, la trata de personas, el narcotráfico, los delitos tumberos. Vale decir, incrementa el quehacer mafioso en el país.