Un amigo de copas

Felizmente, por estos días entramos en territorio franco de asados postergados, encuentros, peñas que el frío si no eliminó por lo menos mermó. Y con ello, la posibilidad de tomar una copita de algo con un amigo. Porque una copita o un porrón no se le niega a nadie.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

Un amigo de copas

Puede ocurrir, ni dios lo permita, que alguien te prohiba beber siquiera una copa de alcohol. Ese tipo de prohibiciones, además de que no deberían durar mucho tiempo, pueden provenir de tu médico o de tu familia, gente que promueve que estés más sano, aunque ello conlleve la jodida idea de que seas menos feliz. Un infeliz, bah. Bueno, para quienes no tienen una enfermedad respecto del alcohol, está la amplia gama de racionalizaciones que imponen por ejemplo, estacionalmente, un doctor (la mayoría de los que conozco legisla fantástico sobre tu vida, pero los vagos fuman, chupan y morfan como para el campeonato), tu esposa (que es la única capaz de llevar la cuenta de cuánto tomaste) o incluso, ni dios lo permita, nuevamente, uno mismo, con una suerte de retiro voluntario de las grandes ligas, aunque sea por un rato...

Estamos en una época en que igualmente la bebida se filtrará por algún resquicio social: está el cumpleaños del Tonio y vos no vas a ser tan amargo de no compartir siquiera el brindis; está el aniversario de casados de tus suegros y vos tenés que participar de la alegría refulgente de tan grato acontecimiento; y está la pedestre visita de tu primo Bayo o de tu tía Catalina y vos algo tenés que ofrecer, ya se trate de un porrón o un licor de mandarina. O sea que tomar, uno toma, incluso cuando el organismo propio esté pasando por un tramo de abstención nominal.

Pero supongamos que la prohibición, que la ley seca esté vigente con mayor rigor. Hay en la vida de las personas, determinados amigos o parientes con los cuales se establece un tratado de mutua colaboración, tipos que nos están esperando para que ellos puedan abrir siquiera un cachito la canilla cerrada para que caiga un mínimo goteo salvador; tipos a los que cuales visitamos con alegría por cuanto descontamos que la veda en su presencia tendrá un afloje.

Puede ser que a tu viejo o a tu suegro lo tengan a rienda corta con el chupi, pero la visita del hijo o del yerno -por nombrar dos casos- habilita a la presentación en mesa de una botellita salvadora, que estaba oculta o retenida por las fuerzas policiales. Y ahora aflora con su promesa de buenos momentos compartidos, porque una botella es sinónimo de charla, don de gentes, guiño de buen anfitrión. Y quien abre una botellita no puede cortar abruptamente el buen momento y ya ni pregunta por la segunda, que viene de regalo y sacia al sediento que luego respetará en su casa la prohibición, hasta que venga por fin tu primo del campo, o la amiga de tu mujer, o tu hermana y vos debas romper la sequía que tan celosamente estás cumpliendo...

Hay, entonces, un código -y este sí que puede ser “de barras”- entre los sufrientes bebedores retenidos, una especie de cofradía, un encuentro de viejos bucaneros o mercenarios, sobrevivientes de mil batallas que se encuentran y necesariamente rememoran pasadas glorias. Y eso no hace en seco, carajo.

Sostengo que uno debe cuidar a esos amigos que nos sacan del ostracismo y a quienes nosotros mismos rescatamos de la austera dieta a la que están sometidos. Hay que saber distinguir al toque, en un guiño o en un saludo más caluroso del que esperábamos, al tácito pedido del amigo que te da la bienvenida y que te dice amable y “distraídamente” un “¿vas a tomar una cervecita?”. Es un clamor al que vos no podés responder con un amargo “no”, porque acaso eliminás con esa negativa la única posibilidad en dos o tres días que el señor tiene de libar una copita sentadora. Así que, muchachos, detecten rápido a esos amigos y atiéndalos como corresponde, ofreciendo o aceptando según los casos la invitación. Es una cuestión de salud, literalmente.