Una historia de amor entre dos mundos

Pilar López de Ayala, la protagonista de la película dirigida por Manoel de Oliveira. Foto: Archivo El Litoral
Laura Osti
Manoel de Oliveira es un anciano venerado en el mundo cinéfilo. Con sus casi 103 años de vida, sigue filmando. Portugués, empezó a rodar cuando el cine era mudo, y aunque tuvo largos períodos de silencio, se considera que ha vivido y crecido con el cine, puesto que son prácticamente contemporáneos. Una historia viva del séptimo arte.
En “El extraño caso de Angélica”, rinde homenaje a toda esa trayectoria que ha recorrido la imagen en movimiento, desde los Lumière hasta nuestros días. Y utiliza un lenguaje entre mítico y poético, para crear una atmósfera atemporal, en la que se desarrolla una extraña historia de amor. Una de esas historias de amor que podrían haber surgido de la imaginación febril de un Edgar Alan Poe o un Gustavo Adolfo Bécquer.
En una pequeña ciudad portuguesa, rodeada de brumosas colinas, en una madrugada, ocurre lo imprevisible. Una joven mujer ha muerto en la finca de una familia importante y a pedido de su madre, acuden en busca de un fotógrafo para tomar imágenes de la muchacha muerta, como se acostumbraba antaño.
De este modo, Isaac, el joven fotógrafo que acude al llamado, toma contacto con un mundo que ya empieza a mostrar características que van de lo costumbrista a lo onírico y fantástico, con un marcado sesgo fantasmal.
Isaac usa una vieja cámara analógica, en la que debe ajustar de modo manual el objetivo, que en un primer momento se ve como “movido”. Mientras enfoca a la muerta, tiene una visión: la joven se despierta y le sonríe. Perturbado por esa experiencia, comienza una suerte de agonía espiritual para el muchacho, que se siente subyugado y seducido por la imagen de la mujer, que se le aparece de manera espectral en los lugares que suele frecuentar. La habitación de la pensión donde se aloja y tiene su laboratorio, los paseos por la campiña donde suele tomar fotografías a los campesinos durante sus labores, las calles de esa ciudad casi fantástica, donde el pasado y el presente conviven y se mezclan, crean una sensación de extrañeza, en donde sin embargo, persisten las grandes preguntas acerca de la vida, la muerte, la materia y el espíritu. Esos temas que la fotografía y el cine han puesto en primer plano, a través de la tecnología que permite captar eso que parece existir entre lo real y lo irreal, como queriendo, precisamente, superar los límites temporales.
Espíritu romántico
Con todas esas sugerencias trabaja De Oliveira, en un tono naif, con un ritmo lento, pausado, en el que abundan los planos fijos o generales, los cuadros teatrales y los paisajes, con algunos elementos tratados con categoría de símbolo, algunos trucos visuales muy artesanales y personajes fronterizos que parecen escapados de otras realidades.
Un espíritu romántico decimonónico parece perdurar en el alma de De Oliveira, aun cuando asume que hoy las preocupaciones del mundo afrontan desafíos muy materialistas que tienen que ver con los avances científicos tecnológicos y la economía, como disciplina vertebradora de la sociedad. De Oliveira aporta una mirada curiosa pero poderosamente nostálgica, en la que se percibe la búsqueda desesperada de un mundo perdido, muerto como Angélica, que de todos modos, no lo quiere abandonar.




