La vuelta al mundo

La paz de la ETA

La paz de la ETA

Rogelio Alaniz

Tres encapuchados con el puño cerrado y en alto anuncian que dejan la lucha armada. ¿Usted les creería? Las imágenes de los personajes revelan exactamente lo opuesto de lo que sus palabras expresanan. Son imágenes cargadas de violencia, imágenes intimidantes. Alguien dirá que no tienen otra alternativa que encapucharse. Puede ser, pero tengo motivos para no creerles.

Tampoco son tranquilizadoras sus palabras. No lo dicen expresamente, pero de ellas se desprende que si no se aceptan sus condiciones vuelven a la lucha armada. El contenido del mensaje no es ambiguo. Los silencios son más importantes que las palabras. Reivindican la lucha armada, reivindican a sus muertos, pero no dicen una palabra sobre sus víctimas y por más esfuerzos que hagamos no encontramos una frase que permita pensar en algo así como una tímida autocrítica. Tampoco dicen nada de entregar las armas.

Sin embargo, tanto José Luis Zapatero como Alfredo Pérez Rubalcaba, es decir, los principales líderes socialistas, consideran que las promesas de la ETA son positivas. Algo parecido dijo el dirigente conservador Mariano Rajoy. Las complacencias de la dirigencia política chocan contra las opiniones de los familiares de los muertos por la ETA y fueron duramente impugnadas por intelectuales que advirtieron que la renuncia de la ETA a la lucha armada no puede ni debe incluir la libertad de sus dirigentes condenados.

El tema no es sencillo. La ETA está derrotada militarmente, pero no está claro que esa derrota también sea política, sobre todo entre la opinión pública vasca, porque si bien es verdad que los vascos han condenado al terrorismo, no se sabe con exactitud si la promesa de la ETA de no practicar la lucha armada no mejora la imagen de los terroristas. El nacionalismo vasco es popular en esas provincias y los gobernantes españoles deberán extremar recursos diplomáticos para arribar a un acuerdo entre las pretensiones de la ETA y las exigencias de los familiares de las víctimas del terrorismo.

¿Pero efectivamente la ETA quiere la paz? Yo diría que la ETA puede haber renunciado a la lucha armada, pero no ha renunciado a sus objetivos separatistas. Es más, su comunicado reclama negociar este tema con el gobierno español. Consideran que la lucha armada ya ha cumplido con sus objetivos y ahora llegó la hora de la lucha política. ¿Y mientras tanto qué se hace con los 829 muertos, la inmensa mayoría de ellos asesinados en tiempos democráticos? ¿Qué se hace con los dirigentes de la ETA encarcelados, muchos de ellos juzgados y condenados a cadena perpetua? ¿Una amnistía, un indulto? ¿Dar vuelta la página y empezar de nuevo como si nada hubiera pasado?

Supongamos que se arribara a un acuerdo y efectivamente el gobierno español ordenara abrir las puertas de las cárceles. ¿Y después qué se hace con el separatismo vasco? ¿Qué van a hacer los terroristas liberados cuando el gobierno español insista, que no hay lugar para la separación territorial ¿Regresarán a la lucha armada? Honestamente creo que sí. Y creo que si, porque es lo único que saben hacer, es lo que han aprendido a hacer durante décadas y, a esta altura del partido, para muchos de ellos es más importante la lucha armada que la reivindicación separatista.

Según se sabe, el anuncio de la ETA ha sido considerado por algunos como un recurso táctico, una maniobra propagandística para tomar aire y continuar con la lucha armada. Otros consideran que las declaraciones son sinceras. En cualquiera de los casos, lo aconsejable debería ser no apartarse de los principios rectores del Estado de derecho. Mientan o digan la verdad, un orden estatal no debe renunciar a sus principios e instituciones.

Si hoy la ETA negocia, no es porque sus dirigentes fueron atacados por un imprevisto sarampión pacifista, sino porque el Estado español los ha acorralado y derrotado militarmente. La derrota incluye el desmantelamiento militar y el corte de sus fuentes de financiamiento, además de operativos militares exitosos que permitieron que sus tres últimas cúpulas militares estén entre rejas.

En ese contexto, el Estado español, con independencia de sus ocasionales dirigencias políticas, no puede ni debe renunciar a su razón de ser como tal. La ETA le hizo mucho daño a España, a sus instituciones y a sus ciudadanos. Sembró el terror indiscriminado desde que se inició la democracia. Las amenazas de muerte alcanzaron a funcionarios, políticos, intelectuales y pacíficos vecinos. Extorsionaron a empresarios, organizaron secuestros y asaltaron bancos. Sus operativos terroristas no distinguieron entre la población civil y la militar, por ese motivo precisamente fueron terroristas.

En esas condiciones no hay mucho margen para negociar, entre otras cosas porque el gobierno español jamás le reconoció a la ETA condiciones de interlocutor político. Se sabe que un gobierno democrático puede y debe negociar con la oposición, incluidos los sectores más duros, pero lo que no se puede ni debe es darle entidad a organizaciones terroristas y, sobre todo, a organizaciones terroristas derrotadas, organizaciones que hablan de renunciar a la lucha armada porque ya no le quedan ni soldados ni armas.

Tal vez no sea casualidad que la propuesta negociadora de la ETA esté planteada un mes antes de las elecciones. Los terroristas han sido muy sagaces y astutos para aprovechar las diferencias y las contradicciones de los gobiernos democráticos. También sus debilidades. En sus buenos tiempos dispusieron de estructuras políticas legales, diarios y diferentes organizaciones de masas. Como corresponde a toda organización terrorista, exigían libertades, derechos y garantías, pero ellos no se sentían comprometidos con esas exigencias. Cuando ellos resultaban muertos calificaban el hecho como una flagrante violación de los derechos humanos, pero si los que mataban eran ellos, el acto se transformaba en una manifestación evidente de justicia popular.

Como se recordará, la ETA fue fundada en 1959 y se hizo popular durante los años de resistencia a la dictadura del general Francisco Franco. Por entonces, sus operativos militares eran aceptados por muchos porque atacaban a la dictadura. Cuando en diciembre de 1973 un cargamento explosivo colocado debajo de su auto hizo volar por los aires al almirante Luis Carrero Blanco, hasta los liberales más pacifistas manifestaron su satisfacción por lo sucedido. Como se sabe, Carrero Blanco era el delfín de Franco, el encargado de pilotear la transición del régimen con el objetivo expreso de que el régimen nunca perdiera su identidad. Un bombazo a la salida de misa puso punto final a las fantasías del Caudillo.

Los problemas se presentaron cuando murió Franco y la ETA persistió en su metodología militar. Al principio nadie los tomó demasiado en serio. Incluso, cuando cayeron las primeras víctimas, un sector de la izquierda consideró que si bien la metodología de lucha era incorrecta, los objetivos eran acertados.

Aquel cálculo oportunista desapareció cuando los terroristas pusieron bajo la mira de sus fusiles a dirigentes comunistas y socialistas. Fue allí cuando todos se dieron cuenta de que habían estado alimentando a un monstruo que se volvía contra ellos. Por su parte, los nacionalistas vascos del PNV se lavaron las manos. Por un lado expresaban que no tenían nada que ver con los terroristas, pero por el otro siempre había algún gesto o señal de comprensión hacia “nuestros compañeros honestos pero equivocados”.

Hasta el día de hoy, el nacionalismo vasco es un producto que se vende bien en las provincias vascas. A la ETA se le teme, se la repudia, pero no son pocos los que la admiran o los que con cierta culpa consideran que se trata de muchachos violentos pero honrados.

A ese consenso lo fueron perdiendo en los últimos años. Y ese consenso es el que quieren recuperar ahora. Por el momento, la clase dirigente española ha expresado su satisfacción respecto del anuncio, pero también su desconfianza. Más no han dicho porque falta un mes para las elecciones y será tarea del nuevo gobierno pilotear este conflicto.

No es la primera vez que la ETA ofrece una tregua, ni es la primera vez que maniobra aprovechando las contradicciones del Estado de derecho.

Dentro de un mes los españoles elegirán nuevas autoridades, y todo hace pensar que esta vez el turno de gobernar le corresponderá al Partido Popular. Mariano Rajoy en principio ha expresado su satisfacción por el anuncio etarra pero sus palabras tolerantes le han significado un costo político alto con la tradicional derecha española que es la base de sustentación social de su partido.

La leyenda dice que los vascos son porfiados, pero otra leyenda le atribuye esas virtudes a la derecha española. ¿Qué pasará cuando se encuentren frente a frente? No lo sabemos, y temo que tampoco Mariano Rajoy lo sabe.