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“París, 1919”

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David Lloyd George, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson en París, el 1º de junio de 1919, durante las conversaciones de paz al terminar la Primera Guerra Mundial.

En los primeros meses de 1919, en la cola de la primera guerra mundial, se realiza en París la Conferencia de Paz que debería ordenar un nuevo mundo. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña estaban al frente de ese acuerdo en el que discutían, se peleaban y volvían a reconciliarse con nuevas mociones de nuevos pactos y redacciones de nuevos tratados. “Creaban nuevos países y nuevas organizaciones. Cenaban juntos y juntos iban al teatro. Durante seis meses, entre enero y junio, París fue a la vez el gobierno del mundo, su tribunal de apelación y su parlamento, el lugar donde se centraban sus temores y sus esperanzas. Oficialmente la Conferencia de Paz duró todavía más, hasta 1920, pero aquellos primeros seis meses son los que cuentan, pues en ellos se tomaron las decisiones clave y se encadenaron crucialmente los acontecimientos. El mundo nunca ha visto nada parecido ni volverá a verlo”.

La reconocida historiadora Margaret MacMillan analiza esos seis meses que cambiaron el mundo en París, 1919, al terminar la guerra que había comenzado en 1914 a raíz de los conflictos en los Balcanes, que habían arrastrado en su contienda a todas las grandes potencias, “desde la Rusia zarista en el este hasta Gran Bretaña en el oeste, y a la mayoría de las potencias menores. Sólo España, Suiza, los Países Bajos y las naciones escandinavas habían logrado mantenerse al margen. Se había luchado en Asia, en África, en las islas del Pacífico y en Oriente Próximo, pero sobre todo en suelo europeo, a lo largo de la resquebrajada red de trincheras que se extendía desde Bélgica en el norte hasta los Alpes en el sur, a lo largo de las fronteras de Rusia con Alemania y su aliada Austria-Hungría, y por los mismos Balcanes”.

Las apasionantes negociaciones (levantar a Europa, obtener de Alemania reparaciones de guerra, detener el avance de la Revolución rusa y gestionar el surgimiento de nuevas entidades políticas como Iraq, Yugoslavia o Palestina) ocupan los distintos capítulos del libro, desde la preparación de la paz, la constitución de un nuevo orden mundial, el castigo y contención a Alemania a los problemas en el Oriente lejano y en el próximo.

Finalmente, se estudian los efectos de los acuerdos finales. Así, insiste McMillan, “Hitler no hizo la guerra debido al Tratado de Versalles, si bien su existencia fue como algo llovido del cielo para su propaganda. Aunque Alemania hubiera conservado sus antiguas fronteras, aunque se le hubiera autorizado a tener las fuerzas armadas que quisiese, aunque se le hubiera permitido la unión con Austria, Hitler hubiera seguido queriendo más: la destrucción de Polonia, el control de Checoslovaquia y, sobre todo, la conquista de la Unión Soviética. Hubiera exigido espacio para la expansión del pueblo alemán así como la destrucción de sus enemigos, ya fueran judíos o bolcheviques. En el Tratado de Versalles no había nada sobre eso”. Publicó Tusquets.