llegan cartas

Alfredo

Luis Carignano.

DNI. 20.765.931.

Señores directores: Vivíamos a una cuadra de distancia. Supe por los vecinos que ese otro vecino que caminaba apoyado en un bastón y que usaba unos anteojos casi nublados y que tenía en la pared de su casa una placa que anunciaba “Taller de poesía y cine documental” no era otro que el que escuchaba en la radio del colectivo cuando iba para el Industrial, con sus “Andando, simplemente andando”, como le gustaba remarcar.

El hombre hacía sonar una campanita estridente y se hacia llamar “pájaro carpintero y campanero”. Su nombre (si acaso no bastara) era Alfredo Ariel Carrió.

Un día, guiado por mi berretín y por la placa que había en la puerta, le toqué timbre para pedirle que me enseñara a escribir poesía. Él, tras una sonora aunque bonachona risotada, me enseñó que eso no se enseñaba. Fue su primera lección. Después generoso, me regaló su libro “Temeridad del Canto” y me prestó material de Torres Arias y de Carlos Mastronardi.

Con el tiempo, ya familiarizado un poco más el trato, me permitió hacer algunas pequeñas experiencias primerizas en radio, participando en un micro-programa dedicado al barrio. Mi madre lo recuerda cargando el baúl de su auto con árboles jóvenes y repartiéndolos entre la gente para que los transplantaran en sus veredas. Así era él: un poeta militante. Y no sólo por el detalle para algunos insignificante de los arbolitos. Hay, creo, muchas personas capaces de dar testimonios de su trabajo social ejercido a través del periodismo, el cine y (obviamente) la poesía.

Nunca dejaré de recordar la tarde en que, citando me parece que a Baldomero Fernández Moreno, soltó: “un pájaro dormido es un término medio entre una piedra y una estrella”. ¡Nunca lo dejaré de recordar por la belleza de la expresión y porque me estaba enseñando poesía!.

Un día se fue a vivir a las afueras de Paraná, más concretamente a Aldea Brasilera y le perdí el rastro. Pensé mucho en él cuando me enteré de la muerte de su compañera Isabel Palacios, otro ser tan querible. Hace un tiempo escuché en una entrevista que le hacían que planeaba sacar otro libro: “La memoria y sus gobiernos”.

Me hubiera gustado ser su amigo, pero aunque nunca estuve a la altura de esa tremenda palabra, siempre lo sentí cercano.

Ahora estará dormido, más estrella que piedra, iluminando a otros poetas y a otros amantes de la poesía. O se habrá reunido con Isabel y andará, simplemente andará, continuando su viaje por el cosmos haciendo madrugar a los ángeles con su aguda campanita... Yo sólo pido que nuestra memoria tenga buenos gobernantes que no lo dejen caer en la triste nada del olvido.

Y qué mejor manera de evocarlo que no sea a través de su palabra: “Valentía: Mientras todos trabajan / mientras todos se miran / mientras todos se acosan / un hombre allá muy lejos está solo.// Un hombre de camisa muy planchada / un hombre con zapatos / un hombre que parado / mientras todos trabajan / mientras todos se miran / mientras todos se acosan, / dibuja contra el aire / la muerte casi tierna de las hojas”.