Editorial
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Los desafíos de la Unión Europea
En el siglo XIX, y probablemente hasta la mitad del siglo XX, las grandes potencias cobraban sus deudas a los países coloniales o semicoloniales a través de la fuerza. Un ministro inglés calificó a este singular sistema de cobranzas con la frase “diplomacia de las cañoneras”, una clásica ironía británica para referirse al cobro por la fuerza.
Hoy esta metodología ha sido descartada y tal vez por eso llame la atención que un ministro alemán haya planteado que Grecia cediera el control de su presupuesto a un organismo externo, sugerencia que el gobierno de Papademus rechazó indignado. La iniciativa alemana no nos debería llamar la atención a los argentinos, porque durante la crisis de 2001/02 no faltaron algunos economistas norteamericanos que llamaron la atención con estos singulares reclamos. En su momento, nuestra clase dirigente respondió a estas iniciativas diciendo que ellos contaban con la responsabilidad necesaria para decidir cómo se cumplía con los compromisos internacionales, una reacción no diferente de la que ahora tiene el gobierno griego.
Los acreedores externos sospechan que los dirigentes de los países endeudados se resistirán, por razones políticas o clientelares, a aplicar las medidas de ordenamiento necesarias para salir de la crisis. Alguna verdad hay en esta consideración, pero no se debe perder de vista que muchas veces no es la irresponsabilidad la que impone límites al saneamiento, sino la responsabilidad social de quienes consideran que los costos a pagar por los ajustes son muy elevados.
Como se podrá apreciar, los dilemas que plantean estas crisis son de difícil resolución: por un lado, los gobiernos tienen un límite social para exigir ajustes, pero los países acreedores que han condonado parte de las deudas y han liberado préstamos millonarios también tienen derechos, y saben que sin disciplina solo cabe esperar la liberación de nuevos créditos para intentar sostener una economía inviable.
Ante el rigor de la crisis europea, pareciera que en el futuro inmediato no quedará más alternativa que constituir una unidad fiscal que aglutine a todos los países de la Eurozona. Dicho de modo simple: crear un control externo para las economías en crisis. La otra alternativa es abandonar el uso de la moneda común, una posibilidad que por el momento todos rechazan porque consideran que sus repercusiones serían catastróficas.
Lo que no se debe perder de vista es que el control externo también es una salida dura monitoreada de hecho por los alemanes. En cualquier caso, el horizonte que se abre hacia el futuro es escabroso y sus consecuencias afectarán al conjunto de la economía europea. Mantener la unidad o renunciar a ella representa costos altos en cualquiera de las hipótesis. Conviene recordar, por último, que la unidad europea no sólo se hizo por razones económicas sino para crear un sistema único de solidaridad y controles que impidan los desequilibrios que en el siglo XX dieron origen a dos guerras mundiales.