La intolerancia de los diagnósticos

Luciano Lutereau (*)

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es el afán clasificatorio. En el mundo “psi” esta orientación se expresa en la propuesta cada vez más elaborada de diagnósticos. Esta observación concierne tanto a las teorías conductuales, o que se quieren descriptivas (como el DSM), como al psicoanálisis, que, en ciertos casos, se reduce a una mera psicopatología. Y, por cierto, no es cuestión de invalidar el recurso a categorías diagnósticas, siempre que tengan un valor para la dirección de un tratamiento, sino el uso indiscriminado y fuera de contexto.

A comienzos de este año, en cinco oportunidades me han pedido informes psicológicos de niños como condición para el ingreso a... ¡un jardín de infantes! En el último de ellos, no pude dejar de responder con un dejo de ironía: “Espero que ustedes no sean la causa de que esta niña encantadora requiera un tratamiento en el futuro”.

Para dar cuenta del carácter problemático de este aspecto, quisiera exponer una situación paradigmática: unos padres vienen a verme porque su hijo, de 14 años, se pelea con sus compañeros en la escuela y, por lo tanto, la profesora a cargo del curso indica la necesidad de una terapia. Frente a este pedido, no pude menos que proponer a esta pareja que yo me ocuparía de evaluar a su hijo y determinar la pertinencia, o no, de un tratamiento.

En el curso de unas pocas entrevistas con el joven pude notar que se trataba de un muchacho sano, que hablaba de sus conflictos con sus compañeros y que, en función a algunos breves consejos de mi parte, pudo resolver algunos problemas puntuales. Por lo tanto, me comuniqué con la profesora en cuestión para esclarecer qué es lo que ella había notado y que, quizá, yo no advertía. En este punto, se me indicó que el joven “no toleraba la frustración” y que por eso se ponía agresivo en el aula.

Por cierto, desde hace tiempo que vengo pensando en esta curiosa expresión: ¿cómo tolerar la frustración? ¿No es evidente que si la frustración fuese tolerable no sería “frustrante”? A decir verdad, creo que el gran inconveniente de este giro habitual, y para todo uso, es que invisibiliza una situación más concreta, dado que la frustración se produce menos en relación con una tarea que a partir de un vínculo con otra persona. Nunca nos frustramos solos, sino ante la mirada de alguien; y en el caso del joven en cuestión esto ocurría en relación con personas muy puntuales. A partir de las entrevistas siguientes pudo verse que sus enojos (y angustias) surgían en relación con figuras que encarnaban una posición de autoridad. ¿Cuándo es que los adultos hemos dejado de tener paciencia a los jóvenes y comenzamos a tildarlos de “intolerantes” cuando no se adaptan a nuestras expectativas?

Aquello que Freud llamaba “Complejo de Edipo” es menos el enamoramiento respecto de la madre (y el temor al padre) que la tensión asociada al surgimiento del deseo a través de una situación conflictiva que implica la puesta a prueba de las propias capacidades. En el caso del joven en cuestión, era notoria su actitud de tener que demostrar que estaba a la altura de los desafíos que se le imponían al medir fuerzas con la autoridad. Después de todo, así es que se constituye la figura del “otro varón” con el que se juega siempre la fantasía de feminización; ¡por eso es que los adolescentes se festejan los logros unos a otros (“se gozan”) mientras que los niños más pequeños no encuentran satisfacción en esta destreza! Dicho de otra manera, para convertirse en varón, a través del conflicto con la autoridad, un joven debe demostrar que “no es una niña”. He aquí por qué el hostigamiento habitual entre los jóvenes suele recaer en el término “maricón”.

Como decía al comienzo, uno de los grandes males de nuestro tiempo es la distribución indiscriminada de diagnósticos... que suele redundar en la pérdida del ojo clínico. Lo primero que evalúo cuando me encuentro con un niño o un joven es si está creciendo, no si tiene “problemas” a los que yo me encargaría de ponerles un nombre. Un psicoanalista debe intervenir cuando la vida misma no puede ofrecer la chance de elaborar las situaciones conflictivas intrínsecas a la vida misma. Cada vez que hoy en día me encuentro con un adolescente, recuerdo unas palabras que Freud pronunciara en 1910: “La escuela nunca debe olvidar que trata con individuos [...] a los cuales no se puede negar el derecho de detenerse en determinadas fases evolutivas, por ingratas que éstas sean”.

(*) Luciano Lutereau, psicoanalista. Lic. en Psicología y Filosofía. Autor de “Lacan y el Barroco. Hacia una estética de la mirada”, (2009) y “La caricia perdida. Cinco meditaciones sobre la experiencia sensible” (2011), entre otras obras.