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Martes 10.03.2020 - Última actualización - 17:38
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Por María Teresa Rearte

Cuaresma: al Señor tu Dios adorarás

 Crédito: Manuel Fabatía
Crédito: Manuel Fabatía

Crédito: Manuel Fabatía



Por María Teresa Rearte Cuaresma: al Señor tu Dios adorarás

Por María Teresa Rearte

 

El mensaje del Miserere, salmo penitencial que el Salterio pone en boca del rey David luego que el profeta Natán le visitó, después que se había unido con Betsabé, es la expresión penitencial por excelencia. Se eleva como un himno de pecado y perdón, que lleva a una honda meditación sobre la culpa y la gracia. “Piedad de mí, oh, Dios, según tu amor / por tu gran compasión borra mi delito, / lávame a fondo de mi culpa, / y de mi pecado purifícame. // (...) Contra ti, contra ti sólo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí.” (Sal 50, 3-6) Con esa perspectiva penitencial propongo esta reflexión.

 

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO Y EL SILENCIO

 

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc 4, 1). El desierto es el lugar de la soledad y el silencio. Es el alejamiento del griterío y los ruidos. Las grandes experiencias tienen lugar en el silencio. No se puede seguir a Jesús y su Evangelio si no se parte de la experiencia del desierto. ¿Cómo alcanzarla en el espacio conflictivo y altisonante, violento y distorsionado de las ciudades que habitamos? Hay que aprender a sufrir el hambre y la pobreza. Aquella bienaventurada hambre de justicia de la que habla el Señor en el Sermón de la Montaña (Cf Mt 5, 6), sin la cual no se puede hacer desierto si los hombres están llenos de todo. Hartos de vanidad y de lujuria. Aburridos por el vacío interior del que son presa. Hartos de la degeneración mundana a la que Santo Tomás hacía referencia cuando decía: “No se cometen muchos pecados porque los instintos naturales lleven a ello; la mayor parte de los pecados se producen por acción de los incentivos de fuera, que ha inventado la curiosidad morbosa del hombre y que ocasiona la sobreexcitación de las pasiones.” 

 

Pidamos la gracia de hacer desierto en medio del tráfago de ocupaciones que atrapan al hombre. Que nos conduzca a la profundidad de aquel silencio que a Él lleva. Dejemos que nos guíe la Escritura, para advertir que Dios mismo ha manifestado lo decisivo cuando llamó al monte sagrado Horeb al profeta Elías, considerado el profeta tempestuoso. Y le mostró quién era Él. Entonces mandó: “¡Sal fuera y sube a la montaña, ante el Señor! Y entonces pasó el Señor. Hubo un gran huracán, y tras el huracán un terremoto, y tras el terremoto un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego; y tras el fuego el ruido de una brisa ligera” (1 Re 19, 11-12). Allí estaba Dios. No en las imágenes de poderes destructores. Sino en la de una brisa ligera en la que se revelaba a su profeta.

 

Que la reflexión nos permita comprender que la vida de Dios es la de la infinita calma de un silencio que todo lo contiene. 

 

En el Nuevo Testamento encontramos una segunda imagen al comienzo del Evangelio de san Juan. El que dice: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y Dios era la Palabra.” (1, 1) Al término del Prólogo se retoma la idea. “A Dios nadie le ha visto. El Hijo único de Dios, que está en seno del Padre, es quien le ha manifestado.” (1, 18). La imagen es de la Palabra que sale del silencio. Es el Hijo.

 

AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS

 

El desierto no es sólo el lugar de la destrucción de las especies biológicas. Sino que lo es también de la tentación, donde se pone de manifiesto el poder del Maligno.

 

Jesús fue al desierto para ser tentado y tomar parte en las tentaciones de su pueblo. Vencerlas y abrir camino. A los cristianos corresponde hoy construir el camino del Señor en los nuevos desiertos de la historia. 

 

La respuesta que el Señor da al tentador es el primado de la palabra de Dios para la vida del hombre. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Lc 4, 4; Mt 4, 4). En la barahúnda actual es fácil desplazar a Dios a un segundo plano.

 

El primer mandamiento del Decálogo es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante de los mandamientos.” (Mt 22, 37-38) La Iglesia Católica recogió esta enseñanza e hizo de la adoración el culto de latría, reservado sólo a Dios. De lo cual da cuenta la respuesta de Jesús al tentador en el desierto. “Escrito está. Al Señor tu Dios adorarás.” (Mt 4, 10) Distinto es el culto de dulía dado a los santos. Y de hiperdulía reservado a la Virgen María. De donde se sigue la dignidad de la adoración a Dios, que la persona expresa con la genuflexión. Ante la Virgen María podemos arrodillarnos. Pero no hacemos genuflexión, como sí se hace ante el Santísimo Sacramento.

 

¿Cómo definir la adoración? Santa Angela de Foligno, mística y escritora medieval, decía que “es sumergirse en el abismo infinito de Dios.” La expresión más fiel de la adoración es el silencio. Por lo que para san Gregorio Nacianceno, Obispo y Doctor de la Iglesia, adorar significaba elevar a Dios un “himno de silencio”. Se enmudecen las palabras ante la percepción de la grandeza inconmensurable de Dios y nuestra pequeñez. Si adorar es reconocer que Dios es Dios y nosotros sus criaturas, la única palabra que corresponde pronunciar es “amén” como expresión de asentimiento. 

 

La contemplación cristiana no tiene un único sentido. Consiste en dos miradas que se cruzan como en la contemplación eucarística de aquel campesino de la parroquia de Ars, que pasaba horas mirando el sagrario. Interrogado por el Santo Cura del lugar acerca de qué hacía tanto tiempo, le respondió: “¡Nada, yo le miro y Él me mira!”. 

 

Por último dejo el testimonio de santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir, que afirmaba que “sólo quien valora su sitio en el Coro delante del Tabernáculo más que toda la gloria del mundo, puede vivir aquí y encuentra, desde luego, una felicidad como no la puede ofrecer gloria alguna del mundo.” 

 

Pidamos la gracia de hacer desierto en medio del tráfago de ocupaciones que atrapan al hombre. Que nos conduzca a la profundidad de aquel silencio que a Él lleva. Dejemos que nos guíe la Escritura, para advertir que Dios mismo ha manifestado lo decisivo.

Jesús fue al desierto para ser tentado y tomar parte en las tentaciones de su pueblo. Vencerlas y abrir camino. A los cristianos corresponde hoy construir el camino del Señor en los nuevos desiertos de la historia. 

 


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