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Jueves 12.03.2020 - Última actualización - 12:50
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Crónicas santafesinas

Los padres Ernesto L. y Atilio R. Crédito: Archivo El LitoralLos padres Ernesto L. y Atilio R.
Crédito: Archivo El Litoral

Los padres Ernesto L. y Atilio R. Crédito: Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas "Aquella noche más de quinientas personas discutíamos “gratis” las posibilidades o las contradicciones entre marxismo y cristianismo. Casi cincuenta años después recuerdo hasta en los detalles esa reunión y ese momento".

I

El aula Alberdi de la facultad de Derecho está desbordada de estudiantes y profesores. Conferencia publicitada desde hace por lo menos una semana El padre Ernesto L. discute con un dirigente de izquierda. Tema: marxismo o cristianismo. Yo tengo las peores referencias de ese sacerdote. Un amigo peronista me dice apenas entro a la facultad, que se trata de un cura “gorila” integrante de los comandos civiles en 1955. Otro, me advierte que no me deje seducir por su “labia”, porque es un cura reaccionario y el cabecilla de los grupos de choque en los años de la laica y la libre. Una profesora, con la que estoy cursando su materia, me recuerda que sus sermones en la Iglesia del Carmen de San Martín y La Rioja en la última época del peronismo convocaban a multitudes de creyentes y no creyentes. Un militante de izquierda, me informa que el cura es o fue el director de los Colegios Mayores, la cueva de los estudiantes clericales en la ciudad. No lo conozco al padre Ernesto, pero después de esas informaciones no estoy lo que se dice predispuesto a simpatizar con él.

 

II

Sin embargo, por esos misterios de la vida, toda la animosidad que guardo se disipa apenas lo oigo hablar. Es raro. Porque además no estoy muy de acuerdo con lo que dice. Pero lo dice con una convicción y un encanto que no me convence, pero me resulta muy interesante. Sin duda, es un excelente orador. Maneja con destreza la ironía, incluyendo una sonrisa que según el momento puede ser burlona o divertida. Vocaliza de una manera especial. Y si bien sus opiniones no me convencen, debo admitir que me dejan pensando. Habla de Carlos Marx con respeto. “Marxs”, dice con su particular tono de voz, pero se permite dudar de algunas de sus verdades en un tiempo y en una reunión donde todos o casi todos somos devotos de Marx. Su contrincante en “la mesa redonda”, no escatima críticas a la Iglesia Católica. Y él las escucha sin dejar de sonreír, aunque yo sospecho que esa sonrisa es una formidable refutación a lo que le dicen.

 

III

Después llega la hora del debate. Por supuesto, las legiones de izquierda y los peronistas se lanzan contra él buscándole el hígado. Nunca pierde el estilo ante personas y preguntas poco preocupadas por cuestiones de estilo. Él mismo admite que Perón lo mencionó en uno de sus últimos discursos de 1955: “Ese curita Ernesto L., amanuense del obispo”, dijo el general, sin mencionar a monseñor Fassolino. Y por algo el general le dedica una frase a un modesto cura párroco de Santa Fe. Es que sus sermones convocan a multitudes. Una amiga veterana me agrega en voz baja: “Llegaba a la misa con una capa azul... era tan buen mozo... y tan gorila...”. Años después me cuenta: “Yo antes de iniciar el sermón me decía a mí mismo: a esta misa la saco a la calle... y la sacaba”. 

 

IV

Cuando le preguntan si se arrepiente de haber fustigado al peronismo como lo hizo, responde casi sin vacilar: “Se diga lo que se diga, entonces no se podía desconocer que existía una lesión objetiva a la libertad”. Y enfatiza la palabra “objetiva”. Recuerdo aún el sonido de “objetiva”, cargando toda la fuerza en la letra B... o el vigor de la D al pronunciar la palabra libertad. Algunas tímidas señales de aprobación en el auditorio, pero lo que predominan son los rumores de descontento y fastidio. Enseguida le reprochan su militancia beligerante a favor de la enseñanza libre en 1958. Se hace cargo del reproche, pero adelanta que lo volvería a hacer, aunque se permite decir que para su pesar, la Universidad Católica hasta la fecha (1968) no ha cumplido con las expectativas de reformar la educación superior en términos de calidad de la enseñanza y ampliación de carreras necesarias para el país. También le pasan factura por dirigir los Colegios Mayores. “Siempre estaré orgulloso de ser el responsable de la pastoral de la inteligencia”. La asamblea concluye pasada la medianoche. Así eran las cosas en aquellos años. Más de quinientas personas discutíamos “gratis” las posibilidades o las contradicciones entre marxismo y cristianismo. De todos modos, no creo que nadie haya dejado de creer en Marx o haya decidido hacerse católico. Yo esa noche no descubrí la fe en Dios, pero algo me debe de haber pasado para que casi cincuenta años después recuerde casi hasta en los detalles esa reunión y ese momento.

 

V

Después, unos años después, el padre Atilio me lo presentó y de alguna manera nos hicimos amigos. Más de una vez almorzamos o cenamos en un bolichón de calle Rivadavia que ya no está. A veces estaba deprimido y tenía motivos par estarlo, pero por lo general era brillante y alegre. Pasaron los años, nos veíamos de vez en cuando. Siempre discutiendo, aunque sabíamos que en lo fundamental estábamos de acuerdo. Supe que luego estuvo entre los curas firmantes del manifiesto de constitución de “Sacerdotes para el Tercer Mundo”. Y también supe que se retiró cuando este grupo de curas decidió que la práctica del Evangelio en la Argentina debía expresarse a través del peronismo.

 

VI

En 1982, cuando se constituyó en Santa Fe la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), se sumó a la causa con la autorización expresa de monseñor Zazpe. Seguía siendo un excelente orador. Poseía, lo que se dice, el don de la palabra. Y el don de la ironía. No fue el único sacerdote que nos acompañó en esos tiempos difíciles, pero fue el más destacado. Algunas veces discutimos sobre el significado de los derechos humanos en la Argentina. Y debo admitir que algunas de sus observaciones fueron, como le hubiera gustado decir a él, proféticas. Criticaba la dictadura, repudiaba sus barbaridades, pero “miraba” más lejos. Todas sus observaciones y críticas podrían reproducirse hoy y mantendrían rigurosa actualidad. 

 

VII

Alguna vez le hice una entrevista por televisión en Canal Familiar. Y otra vez conversamos en El Litoral. Sin perder la línea, con discreción pero con claridad, me habló de la soledad de los sacerdotes. De su soledad. Se acordaba con afecto de monseñor Fassolino. Y no perdió la oportunidad de recordarme con su inefable sonrisa que monseñor era “boina blanca”, es decir, de la UCR. Terminada la entrevista, nos fuimos a tomar un vino a otro bodegón que también lo borró el progreso. Allí me contó detalles de un viaje que hicieron de Roma a Jerusalén, Él y tres sacerdotes santafesinos. Todos muy jovencitos y muy renovadores. Viajaron en una combi. Cocinaban y dormían allí. Cuando podían se alojaban en algún convento. El padre Atilio se encargaba de convencer a las monjas para que les permitieran descansar. Y las convencía, agregaba. “A las monjas dejámelas que yo las chamuyo”. 

 

VIII 

El padre Ernesto murió hace unos cuantos años. Sentí mucho su muerte y la soledad de su muerte. Alguna vez conversamos sobre el misterio de la muerte. Y señalo la palabra “misterio”, porque él la empleaba. Era un hombre de fe, pero se permitía la duda. Amaba a la Iglesia, pero a veces deslizaba algunas críticas. Murió en brazos de la iglesia y nunca se arrepintió de haberla servido “a pesar de mis debilidades”. “La pastoral de la inteligencia”. Esa me parece que fue la mejor definición que dio de él mismo. Ayudó a pensar y ayudó a ver más allá del presente. Sé que cometió errores y muchos lo criticaron, pero también sé que muchos lo respetaron y lo quisieron. Yo, lo respeté y lo quise. 

 

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